La inteligencia de Pedro Sánchez

Pedro Sánchez dice cosas y hace cosas que, si se analizan de forma desapasionada, pueden ser fruto de una gran astucia, una genialidad, o de todo lo contrario

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante su intervención en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante su intervención en la primera jornada del debate de investidura. (EFE)

La duda mayor con Pedro Sánchez consiste en averiguar si existe vida inteligente. Como si fuera un planeta o un ente. Porque dice cosas y hace cosas que, si se analizan de forma desapasionada, pueden ser fruto de una gran astucia, una genialidad, o de todo lo contrario, la consecuencia de una impresionante frivolidad. ¿Hay o no hay? En España el tremendismo siempre tiene más adeptos, pero aunque sólo sea por el interés egoísta de no flagelarnos, deberíamos darle una oportunidad a la hipótesis de que, en efecto, en Pedro Sánchez exista vida inteligente y de que todo está meditado para encauzar problemas que parecían irresolubles.

En esta ocasión, no se trata de valorar su capacidad de supervivencia en política para imponerse a sus rivales y derrotarlos, porque esa faceta la tiene aprendida, asumida, por su pertenencia al PSOE, que es el partido que mejor ha sabido ejecutar sus estrategias desde el principio de la Transición. Obviada esa habilidad táctica propia de los dirigentes socialistas, se trataría de dilucidar si cuando Pedro Sánchez habla, por ejemplo, del gravísimo problema separatista de Cataluña está utilizando una novedosa estrategia de desgaste del independentismo o si, en realidad, ni siquiera sabe a dónde va.

La inteligencia de Pedro Sánchez

Ayer, por ejemplo, en la primera jornada del debate de investidura; llega el momento estelar de su discurso y, durante las casi dos horas que duró su intervención, no hizo ni una sola mención a lo que, desde 2017, se ha considerado por todos como la crisis institucional más importante de España desde el intento de Golpe de Estado de Tejero en 1981.

Es evidente, para empezar, que cuando un candidato a la presidencia del Gobierno omite algo así de su discurso de investidura, en el que se repasa hasta el último guiño, se trata de una decisión consciente, premeditada, que persigue un efecto. Y siempre suele ser el mismo: dejar en fuera de juego al resto de dirigentes con sus reacciones, que suelen ser inmediatas.

Las explicaciones más evidentes, las más previsibles, fueron las de quienes acusan al líder socialista de no hablar de Cataluña por tener un ‘pacto secreto’ con el independentismo, ¡otra vez un pacto secreto!, como vienen reiterando en el PP y en Ciudadanos desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa. El problema de esa versión es que, a continuación, es el propio portavoz de Esquerra Republicana, Gabriel Rufián, el que se siente ofendido por la omisión, y hasta lo acusa de “negligente e irresponsable”, por hablar “cero veces” del “conflicto político más importante”. Con lo cual, si se unen esas dos reacciones, ya se le puede encontrar un sentido -acertado, atinado- a la omisión consciente del problema catalán. ‘Dime de qué te quejas y te diré de qué adoleces’, que es una de las versiones del refrán.

Muchas veces parece, como si fuera una inercia corrosiva y exasperante de España, que es obligado que el debate catalán lo inunde todo, con independencia absoluta de la verdadera relevancia de lo que allí suceda y, por supuesto, de los problemas de todas las demás comunidades autónomas. ¿No parece saludable que, por una vez, Cataluña aparezca de la misma forma que el resto de comunidades autónomas? Cuando el presidente del PP, Pablo Casado, le reprochó a Pedro Sánchez su silencio sobre Cataluña, fue, precisamente, lo que le contestó: “He hablado de Cataluña de la misma forma que del resto de comunidades autónomas al referirme a las pensiones, la sanidad o la educación”, vino a decir Sánchez.

¿Por qué habría que reprocharle al presidente del Gobierno que no le conceda al independentismo catalán el protagonismo que exige en todos los debates en los que interviene? Ya tenemos experimentado que el independentismo vive de la confrontación y del agravio, de forma que las estrategias que más lo engordan son aquellas que le sirven para retroalimentar su discurso. Desde ese punto de vista, la gran virtud de Pedro Sánchez como líder político ha sido la de ir arrebatándole al independentismo, poco a poco, el discurso que utilizaban contra Mariano Rajoy cuando distorsionaban cada acto suyo y lo exhibían como un ogro anticatalán con el que no se podía dialogar.

Ya se ha apuntado aquí otras veces que la revuelta catalana solo comenzará a encauzarse cuando el globo independentista se desinfle en las calles; nunca se va a convencer a los líderes de Esquerra, pero si se hace dudar a los votantes menos fanatizados, en problema empezará a resolverse. Y eso es lo que puede conseguir Pedro Sánchez con su estrategia.

¿Pero podemos estar seguros de que esa es su intención, que lo que intenta el presidente es debilitar al independentismo pero que en ningún momento va a aceptar que Cataluña obtenga un nuevo privilegio en ‘recompensa’ por la grave deslealtad e ilegalidad de los independentistas? Esa es la pregunta que nos devuelve al principio; la gran duda, que a veces pasa por inquietud y hasta angustia, es determinar con precisión si hay vida inteligente en Pedro Sánchez. Como ya hay fatalistas y derrotistas suficientes en España, por ahora es aconsejable pensar que sí. Y eso de no mencionar a Cataluña fue una idea genial.

Matacán
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