Mi hermano vota a Vox

Es muy difícil que no conozcamos en nuestro entorno a alguien que, sorpresivamente, ha decidido votar a Vox

Foto: Santiago Abascal (2i), Iván Espinosa de los Monteros (i), Rocío Monasterio (2d), y el eurodiputado de Vox Jorge Buxade (2d), saludan a sus simpatizantes. (EFE)
Santiago Abascal (2i), Iván Espinosa de los Monteros (i), Rocío Monasterio (2d), y el eurodiputado de Vox Jorge Buxade (2d), saludan a sus simpatizantes. (EFE)

En algún momento de las pasadas cuarenta y ocho horas, varios millones de españoles han acabado confesando lo mismo: “Mi hermano vota a Vox”. Y su pareja, o su colega, ha abierto los ojos, redondos de incredulidad. “¿De verdad? ¡No jodas!”. En algún momento de estos dos últimos días, al llegar al trabajo, o de copas con sus amigos, mientras comentaban los resultados de las elecciones generales, varios millones de españoles han reaccionado como las dos amigas del vídeo que se hizo viral en estas elecciones, cuando una de ellas le respondió a un entrevistador en plena calle. “¿A quién vas a votar? A Vox”, y la amiga, estupefacta, votante de Podemos, solo exclama, “hostias, Lucía”.

Esa misma reacción de incredulidad, o de decepción inesperada, es la que comparten miles o millones de personas, cálculo impreciso que sale de multiplicar los tres millones y medio de votantes de ese partido por el círculo familiar, de trabajo o de amistad de cada uno de ellos. El hermano, el amigo, los padres o los hijos… Es muy difícil que no conozcamos en nuestro entorno a alguien que, sorpresivamente, ha decidido votar a Vox y, como los conocemos, como sabemos quiénes son, incluso lo que votaban, todos compartimos el mismo estupor. El auge de la extrema derecha tiene los nombres y los apellidos de gente que conoces que no son de extrema derecha. A ver cómo se digiere eso.

Lo más paradójico de todo es que el votante de Vox, al menos una buena parte de sus votantes, se siente ofendido cuando se le dice que está votado a la extrema derecha. Por supuesto, que en Vox hay mucho nostálgico del franquismo, mucho falangista y mucho facha, como aquel que, alborozado por los éxitos electorales, hablaba de sí mismo como si hubiera salido del armario, “ya no me avergüenza decir abiertamente que sí, que soy facha, y qué…”.

Pero, además de esos, hay mucho votante que se ofende, se ofende agriamente, cuando se dice que está votando a la extrema derecha. Con los hermanos, con los conocidos, ocurre mucho. Y muchas veces, hasta tienen razón, ellos no son de extrema derecha, pero quién es capaz de hacerles ver que lo fundamental no es cómo sean ellos, sino aquellos a quienes votan. Haber creado esa confusión es un éxito indiscutible de los dirigentes de este partido, han conseguido que sus votantes asuman como insultos a su libertad todas las críticas que se hacen a Vox por sus propuestas más radicales.

Es un arma muy eficaz, una especie de ‘cortafuego’ que impide que la conversación pueda desarrollarse más allá. Por ejemplo: mi hermano, el votante de Vox, o tu vecino, cualquiera de los que conocemos; todos aseguran que no hay derecho a que en España los inmigrantes ilegales cobren una pensión más alta que los españoles… Si se les replica que eso es mentira, que esa es la propaganda populista de la extrema derecha, reaccionarán con un silogismo elemental: "De la misma forma que él no es de extrema derecha, lo que dice Vox es cierto y se le califica de esa forma para desacreditar sus propuestas". Por ese aro han logrado introducir los mayores bulos, desde que los inmigrantes ilegales tienen prioridad en la Seguridad Social hasta que reciben gratis los pisos municipales para que se vengan a vivir con sus familias, pasando por el bulo surrealista que se extendió una vez por Sevilla: la Junta de Andalucía le regalaba a cada inmigrante un móvil y un jamón.

La "extrema derecha"… En realidad, a los dirigentes de Vox les da igual que se les califique como "extrema derecha", incluso les puede parecer un motivo de orgullo, porque no hay nada que les haya motivado tanto como aquella campaña contra “la derechita cobarde” con la que atosigaron al Partido Popular. “¿Me quedo corto si digo de derecha o tengo que decir de extrema derecha?”, le preguntaron una vez a Javier Ortega Smith en una televisión argentina. "Puede decirlo como quiera, me da igual. Somos lo que somos”.

En efecto, a los dirigentes de Vox les da igual la calificación de extrema derecha y si no lo admiten abiertamente en sus programas y en sus mítines es porque sobre esa controversia Vox ha sabido construir un discurso eficaz de comunicación directa con sus votantes. La calificación precisa del programa ideológico de un partido político se ha convertido en un agravio a sus votantes, que se enrocan en sí mismos como si se tratase de un desafío a su libertad individual.

La calificación de extrema derecha ha acabado convirtiéndose en España en un estímulo para los votantes de ese partido

¿Es todo eso lo que atrae a mi hermano de Vox? Ni mi hermano, ni tus padres, ni tu vecino se quedan ahí, evidentemente. Hay otras piezas del discurso de Vox, como la defensa de la unidad de España o la firmeza frente al independentismo, que han atraído a muchos miles votantes, por la torpeza evidente de quienes han desatendido esos valores. Pero ese ya sería otro debate. La cuestión ahora es pensar en el impacto que tiene en los votantes de Vox la calificación política de su programa. Se trata solo de constatar cómo la calificación de extrema derecha ha acabado convirtiéndose en España en un estímulo para los votantes de ese partido y, a la vez, en un camuflaje de lo que realmente se propone. Cada vez que Podemos lanza una ‘alerta antifascista’ está agitando más esas bases, motivándolas más. A ver cómo se lo explico a mi hermano. A tu primo, a tu vecino…

Matacán
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