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El increíble caso de Fernández de la Vega
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Javier Caraballo

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El increíble caso de Fernández de la Vega

La singular trayectoria de esta superviviente de los tres periodos de gobierno del Partido Socialista bien podría interpretarse como el anuncio de un final

Foto: María Teresa Fernández de la Vega. (EFE/Pablo Martín)
María Teresa Fernández de la Vega. (EFE/Pablo Martín)
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María Teresa Fernández de la Vega. No se está prestando la debida atención a la escandalosa peripecia de esta mujer que representa fielmente el proceso de vampirización de la política más espectacular que se pueda conocer. Fernández de la Vega ha sido tan coherente con su inmensa trayectoria de despachos oficiales distintos, uno tras otro, desde hace 40 años, que ha hecho lo que a nadie se le hubiera ocurrido, cambiar de aspecto físico hasta hacerse irreconocible, como si fuera otra persona. Como esas películas en las que el capo o el arrepentido deciden cambiar de aspecto, un rostro nuevo, para no ser jamás reconocidos y poder pasear a gusto por la ciudad sin que nadie pueda señalarlos. Pues lo mismo, pero para cambiar de despacho. Una de las últimas veces que se la pudo ver fue hace un par de años, en un acto público en Letonia, y en las crónicas que se publicaron aquel día, también en El Confidencial, podía intuirse a los redactores restregándose los ojos, incrédulos ante las fotografías que tenían delante de esa mujer de pelo corto, la piel tersa, los ojos achinados y la nariz pequeña. Quizás ella no lo sepa, pero ese es un ejercicio de honestidad impuesto por su subconsciente, para dejarle constancia cada día frente al espejo de los muchos cambios que ha tenido que dar para seguir viviendo de un sueldo público, casi medio siglo después de haber cobrado la primera nómina.

El currículo diverso, que tiene un broche fastuoso en la pirueta del último capítulo, comienza en el celebrado mes de octubre de 1982, fecha del triunfo apoteósico de Felipe González, cuyo aniversario, precisamente, se celebra estos días, el 28 de octubre, con una exposición en la sede central socialista, de la calle Ferraz de Madrid, y distintos actos. ¿Quién queda en cargos públicos de aquellos hombres y mujeres que entraron en el Gobierno hace 40 años? Es probable que nadie como Fernández de la Vega y, desde luego, nadie en su alto nivel de representación. Pues en aquel Gobierno bisoño de Felipe González, que tanta ilusión despertó en España y con el que se asentó definitivamente la democracia, ya estaba María Teresa Fernández de la Vega como jefa de Gabinete del ministro de Justicia. En la siguiente legislatura, ascendió a directora general de ese mismo ministerio y, cuando lo abandonó, se produce su primer cambio repentino y radical: pasa del poder ejecutivo al poder judicial. Aprobó las oposiciones a magistrada en 1989 y tan solo un año después ya estaba en lo más alto, en la misma cúpula del Consejo General del Poder Judicial, donde se mantuvo como vocal hasta 1994.

Foto: La ‘nueva’ De la Vega se reinventa como miembro muy activa del Consejo de Estado

En los estertores de los gobiernos de Felipe González, la agónica legislatura que fue de 1994 a 1996, entró de nuevo en el Gabinete como secretaria de Estado de Justicia. El paréntesis de ocho años que se abre es el que corresponde a la legislatura de José María Aznar, con lo que nada más llegar al Gobierno otro presidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, regresa al primer plano como vicepresidenta primera del Gobierno de España, ministra de la Presidencia y portavoz del Ejecutivo. Quizá muchos la recuerden de aquella etapa porque su presencia en todos los foros era constante. La recordarán, pero no la reconocerán, por lo que se decía antes.

¿Qué ocurrió luego? Pues que, de nuevo, su instinto de supervivencia la hizo cambiar por completo de despacho. Dejó todo lo conocido, nada de volver al pasado, ni el poder ejecutivo, ni el poder legislativo ni el poder judicial: se pidió un puesto apartado, que la mantuviese blindada de los vaivenes políticos que, sobre todo en su partido, iban a ser terremotos tras la caída de Rodríguez Zapatero. En el año 2010, un año antes de la hecatombe socialista, es nombrada consejera permanente del Consejo de Estado y presidenta de una sección de ese órgano. (En ese año, por cierto, es cuando comienzan a detectarse sus profundos cambios faciales). Estaba en el lugar adecuado para poder esperar que llegaran tiempos mejores: en junio de 2018, recién llegado a la Moncloa, el presidente Pedro Sánchez la nombró presidenta del Consejo de Estado.

Foto: María Teresa Fernández de la Vega presidirá el Consejo de Estado. (EFE) Opinión

Y en ese puesto ha permanecido hasta ahora que, sorpresivamente, ha decidido abandonar el cargo. De modo que, atención, porque este último cambio es espectacular. Abandonar la presidencia del Consejo de Estado, que es el máximo órgano consultivo del Gobierno de España, supone renunciar en el aspecto meramente crematístico a un sueldo de 85.196 euros anuales, y María Teresa Fernández de la Vega lo hace para volver a su puesto anterior de consejera permanente por el que fue nombrada por Rodríguez Zapatero. Curiosamente, su decisión coincide con la renuncia de Victoria Camps, que dimitió en los mismos días de su puesto de consejera vitalicia. No existen otros cargos de designación vitalicia en toda la Administración del Estado y, ahora, Fernández de la Vega aspira a ese puesto único que ha quedado vacante con un sueldo muy superior al que tenía como presidenta, por encima de los 115.000 euros anuales.

En este último cambio, es de suponer que María Teresa Fernández de la Vega (Valencia, junio de 1949) esté ya pensando en el final reposado de sus días. La sucederá en la presidencia otra mujer, la exministra Magdalena Valerio, que, aunque está muy alejada de los perfiles profesionales de otros miembros de ese Consejo, porque también ella ha dedicado casi toda su vida a la política con el Partido Socialista, le sirve al presidente Pedro Sánchez para completar la renovación forzada por la salida de Fernández de la Vega. En todo caso, lo que todos deberían observar a partir de ahora es lo que pueda suceder en la política española. La singular trayectoria de esta superviviente de los tres periodos de gobierno del Partido Socialista bien podría interpretarse como el anuncio de un final. Igual que le pasó a Rodríguez Zapatero. Como unas cabañuelas políticas inspiradas por la mujer que metabolizó en su propio rostro su increíble capacidad para cambiar de despachos. María Teresa Fernández de la Vega.

María Teresa Fernández de la Vega. No se está prestando la debida atención a la escandalosa peripecia de esta mujer que representa fielmente el proceso de vampirización de la política más espectacular que se pueda conocer. Fernández de la Vega ha sido tan coherente con su inmensa trayectoria de despachos oficiales distintos, uno tras otro, desde hace 40 años, que ha hecho lo que a nadie se le hubiera ocurrido, cambiar de aspecto físico hasta hacerse irreconocible, como si fuera otra persona. Como esas películas en las que el capo o el arrepentido deciden cambiar de aspecto, un rostro nuevo, para no ser jamás reconocidos y poder pasear a gusto por la ciudad sin que nadie pueda señalarlos. Pues lo mismo, pero para cambiar de despacho. Una de las últimas veces que se la pudo ver fue hace un par de años, en un acto público en Letonia, y en las crónicas que se publicaron aquel día, también en El Confidencial, podía intuirse a los redactores restregándose los ojos, incrédulos ante las fotografías que tenían delante de esa mujer de pelo corto, la piel tersa, los ojos achinados y la nariz pequeña. Quizás ella no lo sepa, pero ese es un ejercicio de honestidad impuesto por su subconsciente, para dejarle constancia cada día frente al espejo de los muchos cambios que ha tenido que dar para seguir viviendo de un sueldo público, casi medio siglo después de haber cobrado la primera nómina.

Consejo de Estado José Luis Rodríguez Zapatero
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