MIENTRAS TANTO

Por qué la derecha quiere liquidar hoy el liberalismo

La globalización ha generado soluciones, pero también problemas. La derecha lo ha entendido, mientras que la socialdemocracia sigue sin discurso. Vuelve el proteccionismo

Foto: Foto: Reuters.
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Thatcher ha muerto. Ronald Reagan, también. Y con ellos, 35 años de aquel atropellado capitalismo que significó la defunción de cinco décadas de keynesianismo. Claro vencedor en aquella batalla ideológica frente a Hayek. Lo paradójico, sin embargo, es que ahora son los partidos de centro derecha de los países avanzados quienes se alejan de aquel liberalismo 'salvador' que se enfrentó a los choques petrolíferos de los años setenta y a la atrofia del sistema económico.

Hoy está en marcha otra revolución conservadora. Mucho más silenciosa y sutil. Nacida para proteger el ecosistema electoral clásico de los partidos de derecha: clases medias, pequeños empresarios, núcleos rurales o profesionales hartos de pagar impuestos para sostener el Estado de bienestar. Y que ven en los inmigrantes —como se ha podido comprobar en el Reino Unido— un formidable competidor por los mismo salarios y empleos. Como en Francia o Finlandia o Hungría o Alemania o España.

Un reciente estudio estimaba que entre 2005 y 2014 el ingreso real de dos tercios de los hogares en 25 economías desarrolladas se mantuvo estable. O, incluso, disminuyó. Tan solo después de la agresiva intervención de los respectivos gobiernos, mediante impuestos y transferencias económicas, las familias de algunos países desarrollados han podido mantener su nivel de vida.

Está en marcha otra revolución conservadora. Más silenciosa y sutil. Nacida para proteger el ecosistema electoral clásico de los partidos de derecha

Algo que explica por qué hoy los partidos de centro derecha (unos más y otros menos) se han hecho cada vez más 'socialdemócratas'. Hasta el punto de que hoy disputan a la izquierda el discurso sobre la bondad del Estado de bienestar o compiten por ofrecer mayores prestaciones sociales a electores que viven en sociedades muy envejecidas, lo que les hace más dependientes de las políticas sociales. En el caso de España, más de 14 millones de ciudadanos viven de prestaciones públicas.La tercera parte de los electores tiene más de 60 años.

El hecho de que en la última reunión del G-20 en Hangzhou, China, se instara a revitalizar el comercio mundial no es más que el síntoma, el reconocimiento, de un fenómeno que hoy alarma: las transacciones de bienes y servicios y de flujos de capital tienen el menor crecimiento desde la Gran Recesión. Crecen la mitad que en las décadas de los ochenta y noventa.

No parece que el mundo se encuentre ante un fenómeno coyuntural, sino más bien de naturaleza estructural. Vinculado también a los escasos avances de la productividad y a las bajas tasas de inversión empresariales. En lo que influyen de forma decisiva las políticas ultraexpansivas de los bancos centrales. Las empresas no invierten —aunque no es la única razón— porque la tasa de retorno es mínima.

Muerte al liberalismo

Es en este contexto macroeconómico en el que se ha producido una extraña pinza entre la derecha que antes era liberal y mercantilista y los nuevos movimientos de izquierda, que siempre han detestado la globalización o el libre comercio, una especie de símbolo del capitalismo más despiadado. Tratados como el TTIP (EEUU-Unión Europea) o el CETA (Canadá-UE) están hoy congelados y nadie se jugaría un euro en ninguna casa de apuestas por que se vayan a rubricar en un periodo de tiempo razonable. De la Ronda de Doha nunca más se supo, y hasta Hillary Cinton o el vicepresidente alemán, Sigmar Gabriel, recelan de un nuevo desarme arancelario o de la supresión de barreras administrativas.

A la fuerza, y en vistas del auge del populismo y los nacionalismos, la derecha ha entendido que algo hay que hacer con la globalización

Recordaba hace unos días Federico Steinberg, investigador del Instituto Elcano, que el economista Dani Rodrik, probablemente quien mejor ha visto venir este proceso hace dos décadas con su famoso trilema, afirma que el capitalismo puede ser el mejor sistema para generar crecimiento e innovación, pero es incapaz de lograr legitimidad política si el Estado no protege a los perdedores y les da oportunidades y alternativas para reinventarse.

Ahora, a la fuerza, y en vistas del auge del populismo y los nacionalismos, la derecha ha entendido que algo hay que hacer con la globalización, lo que explica la desidia de Europa a la hora de acoger refugiados o los escasos acuerdos comerciales firmados en los últimos años. O el Brexit o el neonacionalismo autoritario en algunos países del Este. Un movimiento de pura salvación política, aunque sea a costa de sus principios, y que le ha permitido, en todo caso, ganar por la mano a los socialdemócratas, perdidos en su propio laberinto y atenazados por dos fuerzas centrífugas que empujan hacia los extremos.

En medio, como se ha dicho, se han quedado los viejos partidos socialdemócratas y los antiguos liberales centristas. Reivindicando para sus nacionales elevados sistemas de protección social difícilmente sostenibles si no se crea empleo suficiente. Algo extremadamente complicado en un contexto de progresiva robotización de los procesos industriales que afecta de manera intensa a actividades relacionadas con el sector servicios que hasta hace bien poco se consideraban inmunes a la competencia tecnológica.

Esos mismos partidos socialdemócratas que, paradójicamente, como sostenía un reciente comentario de FAES, son acusados de ser cómplices del capitalismo por sus hermanos menores (los Podemos o Syriza), y que no han sido capaces de reconfigurar su espacio ideológico.

El fracaso de la Tercera Vía

El último intento serio fue el de la Tercera Vía de Anthony Giddens, y hoy, dos décadas después de que la lanzara, el Partido Laborista es un hervidero sin esperanzas de volver al Gobierno a corto plazo. Por eso, y solo por eso, están hundidos los partidos socialdemócratas, porque se han quedado al margen de las nuevas inquietudes de las clases medias, que antes les votaban en la medida en que el centro izquierda era capaz de garantizar la construcción de un Estado de bienestar con sistemas fiscales equitativos.

La globalización tiene que estar controlada para asegurar que los gobiernos no hagan trampa o ignoren sus responsabilidades ante la sociedad

Hay evidencias científicas, sin embargo, de que la respuesta proteccionista que se dio en los años treinta fue un inmenso error del que han aprendido los gobiernos. De hecho, no ha habido guerras comerciales significativas desde 2008, pero también es un fracaso dramático permitir que después de los sacrificios derivados de la Gran Recesión de 2009 —y en medio del auge de la globalización—, no haya réditos para millones de ciudadanos que se sienten desprotegidos por un proceso cruel con los viejos derechos: el derecho a tener un trabajo digno o a procrear. Hoy, las relaciones laborales son una jungla que arrincona incluso valores tan tradicionales como la familia.

Como ha recordado la profesora Ngaire Woods, de la Universidad de Oxford, tras 1945 los gobiernos aprendieron la lección de 1929 e invirtieron en educación, atención médica y sistemas de asistencia social de buena calidad que beneficiaron a la mayoría. Pero en 2016, como sostiene Woods, lo relevante es ser conscientes de que, desde un punto de vista político, la globalización tiene que estar controlada, ordenada, no solo para permitir que los ganadores ganen, sino también para asegurar que los gobiernos no hagan trampa o ignoren sus responsabilidades ante la sociedad. No hay lugar para políticos ideológicamente corruptos que consientan todo a empresarios corruptos con la ayuda de anarco-liberales que, en realidad, son una rémora para el libre comercio.

Gordon Brown, el 'expremier' británico, lo expresó con lucidez hace algún tiempo: “Debemos comenzar por reconocer que en un mundo cada vez más integrado e interdependiente, cada país debe encontrar el equilibrio adecuado entre la autonomía nacional que desea y la cooperación internacional que necesita”. Las manifestaciones de Seattle en 1999, en este sentido, fueron la primera advertencia de que algo se estaba haciendo mal con un alocado proceso de globalización carente de gobernanza y de instituciones capaces de ordenar un fenómeno que supone una ingente transferencia de rentas de unas regiones a otras.

Donald Trump, en realidad, ya ha ganado. Aunque es muy probable que un majadero como él nunca sea presidente (los padres fundadores de EEUU fueron sabios cuando diseñaron el sistema de colegios electorales para elegir presidente), lo cierto es que, tras el triunfo del Brexit, las fuerzas contra la globalización emergen. Pero ahora no son los antisistema de Seattle o de Praga, durante la asamblea anual del FMI, quienes hostigan el comercio mundial, sino las clases medias burguesas que recelan de la inmigración y de la apertura del comercio mundial mediante tratados multilaterales que dejan desarmados a los pequeños negocios y a las pymes.

Son esos sectores más vulnerables a la globalización los que abrazan, con serias razones, los cantos de sirena populistas o del nacionalismo

Hoy, las calles del centro de las grandes ciudades se han llenado de marcas planetarias que han homogeneizado la cultura y desplazado al extrarradio a los viejos tenderos y al pequeño comercio que antes garantizaban un sistema homogéneo de clases medias. También los asalariados son hoy extremadamente vulnerables a los ciclos económicos y a la competencia exterior, lo que explica el éxito electoral de Le Pen en regiones que antes votaban al PCF. El caldo de cultivo está asegurado.

Y son esos sectores más vulnerables a la globalización los que abrazan, con serias razones, los cantos de sirena populistas o del nacionalismo. Máxime cuando el Estado-nación sucumbe ante el empuje de enormes corporaciones que hoy disponen de una capitalización bursátil superior al PIB de muchos países medianos.

Paradójicamente, aprovechándose de las líneas de liquidez de los bancos centrales, lo que contribuye a ensanchar las desigualdades, algo que ha abierto un vivo debate en Alemania, donde se acusa al BCE de apoyar a los ricos frente a esas clases medias ahorradores que viven, por ejemplo, de un seguro. El mundo al revés. Y la derecha ha entendido el mensaje. Por eso gana elecciones.

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