Venezuela y una cierta izquierda: historia de un despropósito

¿Se puede querer democracia y libertad para España y no reivindicarla para Venezuela? Sí, se puede, y el mejor ejemplo es Alberto Garzón. El maniqueísmo alcanza su esplendor

Foto: Seguidores de Maduro durante una manifestación en Caracas. (Reuters)
Seguidores de Maduro durante una manifestación en Caracas. (Reuters)

Hace justamente una semana, durante el homenaje que se le dio a Enrique Ruano, asesinado por la policía política del franquismo hace ahora cincuenta años, uno de los oradores recordó algo que muchos, todavía hoy, desconocen. "La lucha contra el franquismo", dijo, "no tenía premio". Por el contrario, continuó, conllevaba riesgo físico, cárcel y, en el mejor de los casos, el repudio de ciertos sectores de la sociedad, además de la interrupción de brillantes carreras profesionales. No en vano, muchos de los que se enfrentaron al franquismo en los años 50 y 60 eran hijos de la burguesía. Hijos de quienes habían ganado la guerra, como el propio Ruano.

Decidieron, sin embargo, dar el paso adelante pese al riesgo evidente que se desprendía de la represión franquista en busca de democracia y libertad, dos conceptos que van unidos, pero, que, inexplicablemente, una cierta izquierda parece desconocer. No es posible la democracia sin libertad y la libertad solo es posible en democracia, que no es otra cosa que trasladar la soberanía al pueblo y no a las élites.

Venezuela y una cierta izquierda: historia de un despropósito

Son conceptos tan básicos que sorprende que haya que recordarlo cincuenta años después del asesinato de Ruano y del fin del franquismo. En particular, por las opiniones expresadas en los últimos días por Alberto Garzón, probablemente el peor dirigente que haya dado la izquierda desde 1977, y otros líderes de Unidos Podemos, que han salido en defensa del régimen de Maduro despreciando la memoria de gentes como Marcelino Camacho, Marcos Ana o Simón Sánchez Montero, que pasaron largos años de cárcel no solo defendiendo sus ideas políticas, sino también combatiendo por la llegada de la democracia y de la libertad. Alguien debería recordarle a Garzón, de hecho, que el lema del PCE en la transición era, precisamente, 'Socialismo en libertad', como cantó Víctor Manuel en aquellos años.

El hecho de que Garzón, y hasta hace bien poco Pablo Iglesias o Íñigo Errejón, reivindique al régimen corrupto de Maduro no tendría la menos importancia, sin embargo, si la situación de Venezuela no se tratara en España como un asunto de política interna con evidente interés propagandístico, y que ha tenido su máxima expresión en la visita que hizo hace unos días Pablo Casado a la Puerta del sol para celebrar la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela.

Rédito electoral

Puro oportunismo político, como ha sido la idea de llevar la compleja situación política del país al parlamento para que unos y otros se "retraten", como se ha llegado a decir, con el único objetivo de sacar rédito electoral de la dramática situación de millones de venezolanos, muchos de los cuales se han visto obligados a abandonar su país en busca de un futuro digno.

Afortunadamente, la decisión de Sánchez y de algunos gobiernos de la Unión Europea de dar ocho días al sátrapa para que convoque elecciones, puede resolver esa absurda situación de que querer convertir la desgracia venezolana en un asunto interno de la política española. ¿O es que Casado va a pedir también explicaciones a Macron, Merkel y May por dar un plazo de ocho días para que el régimen de Maduro convoque elecciones?

El espectáculo pone de relieve que, en realidad, ni a los unos ni a los otros les interesa realmente el problema de Venezuela, que tradicionalmente ha sido una cleptocracia desde que en los años 30 el país se convirtiera en el segundo productor de petróleo del mundo, solo por detrás de EEUU, lo que llevó a caer en eso que los economistas llaman enfermedad holandesa, que se produce cuando un país sufre una súbita apreciación de su moneda como consecuencia de un aumento extraordinario de los ingresos.

Alguien debería recordarle a Garzón que el lema del PCE en la transición era, precisamente, 'Socialismo en libertad'

España, en el siglo XVI, y Australia, por la fiebre del oro en el XIX, son ejemplos de esa calamidad que los noruegos, por el contrario, han sabido gestionar creando el mayor fondo de pensiones del mundo con los dividendos de los hidrocarburos.

La maldición del petróleo

Ya en 1936, Arturo Uslar Pietri publicó un artículo en el diario caraqueño 'Ahora' en el que alertaba sobre la dependencia del petróleo. Decía el escritor venezolano: "Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales". Ahí está, en efecto, el problema de Venezuela y de los venezolanos.

Más allá de las miserias que supone la instrumentalización de los problemas del país para consumo interno, sí es relevante la 'modernidad' que sigue teniendo para una cierta izquierda la célebre pregunta de Lenin: ¿Libertad para qué?

Como se sabe, el socialista Fernando de los Ríos visitó Rusia en 1920 para sopesar la idea de que el PSOE de Pablo Iglesias se pudiera integrar en la Tercera Internacional. Fruto de ese viaje nació un extraordinario opúsculo ('Mi viaje a la Rusia sovietista'), publicado un año después, y en cuya dedicatoria se puede leer: 'Al Partido Socialista Español, con el más profundo respeto'.

No es casualidad, de hecho, que entre los países que todavía respaldan a Maduro se encuentren China, Rusia o Turquía, como se sabe, espejos en los que se debe mirar cualquier democracia

Aquel viaje le enseñó a De los Ríos que la revolución estaba empapada de una "emoción religiosa". Hasta el punto de que millones de rusos eran capaces de sacrificar su libertad en aras de la dictadura del proletariado. Y es muy conocido que cuando Fernando de los Ríos se entrevistó con Lenin, éste le dijo que el periodo de transición hacia el comunismo sería muy largo "cuarenta o cincuenta años", y a continuación le espetó: "Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de esta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?".

Garzón y compañía, un siglo después, siguen dándole vueltas a esa pregunta. Probablemente, para hacer suya la vieja idea de que la ideología permite actuar sin necesidad de entender la complejidad del mundo, toda vez que el fin justifica los medios. No es casualidad, de hecho, que entre los países que todavía respaldan a Maduro se encuentren China, Rusia o Turquía, como se sabe, espejos en los que se debe mirar cualquier democracia.

Punta de lanza

Lo paradójico es que es probable que su partido sería la punta de lanza —como lo fue en el franquismo— si un régimen como el de Maduro, que ha llevado a la ruina económica al país, se instalara en España, lo cual solo lleva a pensar que, en determinadas ocasiones algunos líderes políticos ponen la moral o la ética, como se prefiera, al servicio de una idea, lo cual es justamente lo contrario a la política, que es la gestión de la cosa pública. ¿O es que hay mirar hacia otro lado cuando más de tres millones de venezolanos se han visto obligados a abandonar su país?

Ni a unos ni a otros les interesa realmente el problema de Venezuela, que tradicionalmente ha sido una cleptocracia

La actitud de esa cierta izquierda sobre Venezuela es posible que tenga que ver con esa plaga que inunda la vida política llamada maniqueísmo. Es decir, que si alguien cuestiona el régimen bolivariano no es más que un esbirro de Trump o un seguidor de ese personaje chusco que es Bolsonaro.

El maniqueísmo, sin embargo, el bien y el mal llevados a sus últimas consecuencias, deja escaso margen a la inteligencia política, no a la emocional, y lo que es peor, al sentido común; pero sí que es útil para construir falsas trincheras ideológicas que en realidad esconden miseria intelectual. Un maniqueísmo que, desde luego, no es monopolio de esa cierta izquierda, sino de amplios sectores de la derecha que consideran que el problema de Venezuela han sido solo Chávez o Maduro.

Jair Bolsonaro. (Reuters)
Jair Bolsonaro. (Reuters)

El problema de Venezuela, como han escrito hasta la saciedad los mejores analistas, tiene que ver con la existencia de un sistema político corrupto que ha procreado líderes mesiánicos que siempre han pensado que tras ellos vendría el diluvio, cuando ellos eran el diluvio. Pérez Giménez, Carlos Andrés Pérez o el propio Hugo Chávez, no son más que el fruto de una frágil democracia. Sin olvidar a Rafael Caldera, que puso las vías para que Chávez llegará al poder. Veremos si Guaidó está a la altura de las circunstancias. Lo que sabemos es que Venezuela puede presumir de tener unos de los sistemas políticos más corruptos del mundo.

A lo mejor a Garzón le sucede lo que decía Tom Wolfe de Chomsky, como contaba Alberto Olmos en este periódico, que nunca ha estado en un lugar donde no hubiera aire acondicionado. Si hubiera conocido el franquismo, es probable que pensaría otra cosa.

Mientras Tanto
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