La pornografía política entra en el Parlamento

Lo pornográfico, es decir lo explícito sin matices, ha entrado como un obús en el Parlamento. Las miserias de la política salieron ayer a relucir. El reproche como arma política.

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

El portavoz del PNV, Aitor Esteban, a quien le gusta comenzar sus intervenciones con metáforas, mencionó en una ocasión una sentencia atribuida a Shakespeare, en la que el escritor británico recordaba algo obvio: si dos cabalgan juntos en un mismo caballo, uno de los dos debe ir montado delante y otro detrás.

Esteban, a lo mejor sin quererlo, dio en el clavo de la política española, y, en particular, de los dos principales partidos de izquierdas: todos quieren cabalgar el primero a lomos del jamelgo. Y el resultado no puede ser de otra manera que la montura tiende a descarrilar. Pasó en 2016 y ha vuelto a suceder ahora.

Esto no sería malo si, además, en plena caída los jinetes no comenzaran a insultarse sobre quién tiene la culpa de la desgracia, que evidentemente es de quienes pretenden saltarse a la torera uno de los principios esenciales de la física más elemental: dos no caben en un mismo espacio. El poder hay que compartirlo y el pez pequeño no se come al grande.

Eso es lo que ha sucedido, precisamente, este jueves en la carrera de San Jerónimo, donde no se vivía un ejercicio de pornografía política tan chabacano desde las Cortes de la II República, cuando sus señorías sacaban a relucir las miserias personales de sus rivales políticos para afearles la conducta en público, aunque con más finura.

La pornografía política entra en el Parlamento

En una ocasión, como recordaba Carandell, el diputado Balbontín, desde lo alto del hemiciclo, acusó a Gil-Robles de llevar calzoncillos de seda”, por lo que no era de fiar. Tras el consiguiente revuelo parlamentario, el líder de la CEDA le respondió: “No sabía que su mujer fuera tan indiscreta”. Hoy, todo es más bestia, como se vio en la sesión de ayer, como repetir de forma contumaz la ‘banda de Sánchez’, como hace Rivera; o querer hacer del Calvo Sotelo de la Cortes de la República, como pretendió ayer Abascal en un discurso más propio de los años 30 que del siglo XXI.

Filtraciones

Se supone que cuando dos negocian, y más durante un pleno de investidura, los concernidos guardan, por pura lealtad, el secreto de las deliberaciones, sin desvelar la ropa interior, aunque sea tan solo por respetar la confianza mostrada por tu interlocutor. Lo contrario es algo así como crear un ambiente hostil que necesariamente lleva al bloqueo. Por ejemplo, filtrando a la prensa, como hizo Carmen Calvo, documentos de UP cambiando el enunciado de la oferta sometida a discusión (cambiando el término ‘propuesta’ por ‘exigencia’), lo que necesariamente calienta (y arruina) las negociaciones.

Se ha impuesto, por lo tanto, lo pornográfico, en el sentido cinematográfico del término. Es decir, ser extremadamente explícito a la hora de rodar las escenas más escabrosas, lo que políticamente liquida una de las claves de cualquier negociación, que no es otra que mantener un espacio privado protegido de las animadversiones personales, que hoy son las que están envenenando la política española. Hasta el punto de que los programas son hoy irrelevantes.

Lo que prima es el interés en sacar provecho de la negociación de forma inmediata, algo que obviamente lleva a una campaña electoral permanente. Por eso, y no por otro motivo, todos quieren ir delante del caballo, para capitalizar lo antes posible lo que se pretende pactar. ¿Cómo es posible que Iglesias, en el momento más delicado del debate, le hiciera una propuesta a Sánchez simplemente porque alguien (al parecer un dirigente socialista) le recomendara a través de un wasap que tenía que cambiar Trabajo por políticas activas de empleo? ¿Es esto serio? ¿Cómo se puede negociar así en medio de una investidura y de forma tan obscena?

Es probable que el desastre en el procedimiento de negociación (como si no hubiera referentes en Europa) tenga que ver con la proliferación de asesores y gurús de medio pelo que han desplazado a los políticos profesionales en el mejor sentido del término, más acostumbrados a pactar con el adversario que a hacer teoría de juegos. Muy al contrario que los ‘ivanesredondo’ de turno, que creen que la política es lo más parecido al dilema del prisionero, lo que explica que se hayan perdido tres meses muy valiosos para pactar un Gobierno. Justamente, empezando la casa por el tejado: primero los nombres y los cargos y después el programa. ¿O es que alguien ha visto una foto de las dos comisiones negociadoras?

El colchón de Galapagar

Y el hecho de que en España se haya normalizado con una tranquilidad pasmosa la posibilidad de unas segundas elecciones (una especie de segunda vuelta por la puerta de atrás de la Constitución) no es más que la manifestación más clara de este despropósito. Como esa visión patrimonial de la cosa pública que consiste en creer que por el hecho de que alguien sea ministro o director general de Tributos (y no digamos el recaudador de las cotizaciones sociales) ya puede disponer libremente de miles y miles de millones de euros sin control alguno. “Usted, señor Iglesias, quiere controlar todos los ingresos públicos y la mitad de los gastos”, le dijo un malhumorado Sánchez al líder de UP, como si el dinero fuera a estar guardado bajo el colchón de Galapagar.

Todo es tan disparatado (en 48 horas se ha querido resolver lo que no se ha hecho en casi tres meses) que no hay duda de que Sánchez e Iglesias saben que hay una segunda oportunidad hasta el próximo 23 de septiembre, y eso explica que ambos busquen (el líder del PSOE al mismo tiempo haciendo guiños a la derecha) argumentos en una doble dirección: si hay acuerdo antes de esa fecha (todo es posible), cada uno habrá querido demostrar que ha defendido sus ‘principios’ hasta la extenuación, como dijo el presidente en funciones; y si no lo hay, ambos estarán cargados de argumentos, y de munición más o menos ideológica, para ir a una nuevas elecciones con ciertas dosis de victimismo, que tan bien le salió a Sánchez en su segundo asalto a Ferraz.

Al fin y al cabo, como sostiene Iglesias en privado, “si hay Gobierno nadie se acordará de los reproches”. El problema, sin embargo, es que tras el verano irrumpirá la sentencia del Supremo como un obús, y entonces el cándido y pacificador Rufián volverá a la gresca.

Por el momento, este comportamiento más propio de tahúres que de políticos profesionales con visión de Estado, hace que sea casi imposible alcanzar acuerdos, entre otras cosas porque de tanto buscar la polarización del voto (hasta llevar al extremo el eje izquierda-derecha) el país se ha quedado no solo sin bisagras, sino sin cintura política, que saltaron por los aires cuando el nacionalismo catalán se echó al monte. Desde entonces, como dice Felipe González, España se ha italianizado, pero sin contar con la célebre 'finezza' que siempre ha caracterizado a la política italiana para vivir en el alambre durante un tiempo prolongado. A este ritmo, la política italiana será un remanso de paz respecto a la española.

Y es que en España, por el contrario, desde el ocaso del bipartidismo imperfecto, se ha impuesto la política bizarra, lo que necesariamente lleva al colapso de las instituciones. Incluso, hasta hacer posible que Rufián pretenda hacer ahora de hombre de Estado, como si el independentismo fuera la solución y no el problema. Ver para creer.

Mientras Tanto
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