Los empresarios, Pablo Iglesias y la sombra de la II República

El alarmismo económico no es una buena idea. Castiga, precisamente, a los empresarios, como sucedió en la II República. Bien haría CEOE en ser prudente ante el nuevo Gobierno

Foto: Pablo Iglesias, Irene Montero e Íñigo Errejón junto a Antonio Garamendi y Juan Rossel en una reunión en 2015. (Reuters)
Pablo Iglesias, Irene Montero e Íñigo Errejón junto a Antonio Garamendi y Juan Rossel en una reunión en 2015. (Reuters)
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Hace unos días, 'Nada es Gratis', una de esas publicaciones que hay que leer, publicó un artículo del historiador económico Enrique Jorge-Sotelo en el que respondía a una sugerente pregunta: ¿Cómo afectó la Gran Depresión, iniciada en 1929, a la economía española? En particular, a los años de la II República.

La pregunta puede parecer ociosa a los ojos de hoy, pero merece la pena leer la respuesta de Jorge-Sotelo por su enorme sentido de la oportunidad. Sobre todo, en unos momentos en los que desde diversos sectores empresariales (CEOE, Círculo de Empresarios…) se alarma -no hay otra forma de describirlo- sobre las consecuencias que tendría para la economía un pacto de gobierno entre el Partido Socialista y Unidas Podemos. Y que inevitablemente recuerda a aquella campaña de la patronal andaluza en 1982, cuando bajo una imagen del puño y la rosa socialista (convertido en una manzana de la que emergía un gusano) se podía leer: ‘Se fingen moderados’.

La gente pide dinero en las calles de EEUU, tras el 'crack' del 29. (Wikipedia)
La gente pide dinero en las calles de EEUU, tras el 'crack' del 29. (Wikipedia)

El artículo de 'Nada es Gratis' recuerda que históricamente ha habido consenso entre los historiadores económicos en que España “salió prácticamente ilesa” de la Gran Depresión respecto de los desastres deflacionarios y las quiebras bancarias que se produjeron en EEUU, Alemania o Austria. Esta interpretación se basa en que, al contrario que otros países, España pudo disponer de autonomía monetaria, ya que no estaba atada a un tipo de cambio fijo y, por lo tanto, podía dejar fluctuar la moneda al no depender de una cantidad física de oro.

Como consecuencia de ello, cuando a finales de los años 20 empezaron a revertirse los flujos internacionales de capital, la respuesta de la mayoría de los países fue aplicar políticas monetarias restrictivas (altos tipos de interés) para evitar fuga de capitales y garantizar la convertibilidad de sus billetes en oro. España, por el contrario, se benefició de la depreciación de la peseta, lo que, además, evitó la deflación.

Miedo: "La mayoría de las fuentes connfirman que los depositantes retiraron los depósitos por motivos ajenos a la salud del sistema bancario"

Lo que ha constatado Jorge-Sotelo es que, pese a la existencia de una situación de relativa ventaja comparativa respecto de otros países, entre abril y septiembre de 1931, es decir, en los primeros seis meses de la república, el sistema bancario español perdió nada menos que el 20% de sus depósitos “hundiendo rápidamente el valor exterior de la peseta, que ya llevaba tres años cayendo”. Muchos historiadores lo han achacado a la actividad proselitista de quienes conspiraron contra la República, incluso antes de nacer.

El corralito de la República

Ante el riesgo de un desplome de la peseta y la aceleración de las salidas de capital, asegura el economista, Indalecio Prieto, por entonces ministro de Hacienda, se encontró entre la espada y la pared. Debía autorizar al Banco de España para que aumentara la cantidad de pesetas en circulación, y así acomodar la demanda de una banca asfixiada por las retiradas de depósitos, o cerrar la puerta a la fuga capitales mediante lo que hoy se llamaría un ‘corralito’. Se optó por ambas soluciones.

A finales de mayo, cuando la banca llevaba un mes y medio perdiendo depósitos y contrayendo el crédito, Prieto autorizó aumentar la circulación fiduciaria y al mismo tiempo introdujo fuertes controles de capital. España, de hecho, fue el primer país que lo hizo de los muchos que se vieron forzados a introducir controles en la Gran Depresión.

Fachada del Banco de España, en Madrid. (EFE)
Fachada del Banco de España, en Madrid. (EFE)

Lejos de calmar a los mercados de divisas y a los tenedores de pesetas, recuerda Jorge-Sotelo, y a pesar de ser una decisión acertada y necesaria para garantizar la liquidez del sistema bancario, el anuncio del aumento de la circulación de dinero fue recibido como una señal de debilidad. La prensa de la época avivó el problema en un contexto extremadamente complejo y las consecuencias se hicieron notar.

Como sostiene el artículo, la retirada de depósitos fue inmediata, sin que pudiera responder a ninguna de las medidas comunes de solvencia o liquidez bancaria observables por un depositante. Es decir, no había razones para tanto alarmismo. La conclusión que saca Jorge-Sotelo es clarificadora sobre lo que sucedió en 1931: “La mayoría de las fuentes periodísticas, bancarias y académicas de la época confirman que los depositantes retiraron los depósitos por motivos ajenos a la salud del sistema bancario”, que obviamente no era la mejor habida cuenta del 'crack' del 29. Pero tampoco era desesperada.

Beligerancia

En definitiva, se produjo lo célebre ‘profecía autocumplida’ que popularizó el economista Robert K. Merton para definir aquellas situaciones en las que se presenta como real algo que en ese momento no lo es, pero que con el tiempo acaba siéndolo.

La beligerancia de CEOE y del Círculo de Empresarios puede tener que ver con esa tendencia de CEOE de convertirse en un 'lobby' empresarial

Se verá cuál es el programa económico del próximo Gobierno, si lo hay, pero sorprende la beligerancia de las patronales con un Ejecutivo ‘non nato’, tanto en declaraciones públicas como privadas. El presidente de CEOE, Antonio Garamendi, incluso, ha llegado a pedir que se exploren nuevas opciones de Gobierno, como si la patronal no representara a miles y miles de empresarios españoles, cada uno con su legítima opinión política. Su posición contrasta con la que han mantenido los grandes directivos del Ibex, que, por el contrario, han optado por un prudente silencio. En parte, obviamente, porque a ningún ejecutivo de la gran empresa le interesa ponerle la proa a quien maneja el BOE, pero también por puro sentido de la realidad.

La beligerancia de CEOE y del Círculo de Empresarios (un club que se representa a sí mismo pero con un gran eco mediático) puede tener que ver con esa tendencia insana de CEOE de convertirse en un 'lobby' empresarial, muy distinto de la época de Cuevas o, incluso, de Juan Rosell, cuando la gran patronal tenía un carácter transversal y buscaba la capilaridad en el tejido productivo del país.

El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi. (EFE)
El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi. (EFE)

A la CEOE se le olvida, de hecho, que lo mismo que la capacidad del Gobierno para romper España es nula si pacta con ERC o, incluso, con otros partidos independentistas (ahí están los tribunales y el propio Tribunal Constitucional para marcar el perímetro del terreno de juego); el marco europeo, como se demostró en los años posteriores a la Gran Recesión, es suficientemente fuerte para evitar veleidades izquierdistas que, en realidad, serían fruto de un cierto infantilismo político.

CEOE tiene perfecto y legítimo derecho a criticar al nuevo Gobierno, y Garamendi, en este sentido, está haciendo un buen trabajo al frente de la patronal facilitando el diálogo social, pero su opinión será más fundada cuando se conozcan las medidas concretas que pueda aprobar el próximo Ejecutivo. No antes, porque eso tiene más que ver con un grupo de presión que con una gran confederación empresarial. Yolanda Díaz, la futura ministra de Trabajo, por decirlo de alguna manera, no es el Largo Caballero de aquel consejo de ministros de 1931. Podemos se ha hecho tan mayor que ya tiene su propia escandalera interna.

Líneas rojas

La cúpula empresarial, por el contrario, debería celebrar que en el parlamento español no haya ningún partido que reclame la salida del euro, lo cual sí que sería una línea roja en cuanto a política económica. Esos son los límites en política fiscal, toda vez que España pertenece a una zona monetaria que tiene sus reglas y sus compromisos a cambio de la solidaridad de sus socios (ahí está el BCE comprando la cuarta parte de la deuda pública).

Ni la Grecia de Tsipras pudo escapar del control de Bruselas ni de la fiscalización de los mercados, que castigan a quien se aleja de la ortodoxia

Ni la Grecia de Tsipras pudo escapar del control de Bruselas ni de la fiscalización de los mercados, que castiga sin piedad a quien pide prestado y se aleja de la ortodoxia. Tampoco el gobierno de izquierdas portugués ha hecho algo muy distinto a una política fiscal convencional. Podemos, es más, incluso saca pecho de haber sido el campeón de la reducción de la deuda del ayuntamiento de Madrid, lo que indica que no caben esperar grandes revoluciones. Al contrario, es probable que el nuevo Gobierno, si lo hay, sea más papista que el papa, al margen de la retórica política. Como decía Cuevas, no hay negociación sin su liturgia previa.

Poco se sabe de lo que hará el próximo Ejecutivo (y, de hecho, ya ha renunciado a algunas de sus propuestas electorales). Entre otras cosas, porque hay variables (como el contexto económico exterior) que se le escapan a cualquier Gobierno nacional, pero lo que sí se conoce es que, como sucedió en la República, cuando se mete miedo injustificado la economía se resiente. Y bien habría la CEOE en no ser procíclica con el fin de evitar daños irreparables a sus afiliados y a la economía en general.

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