La era de las pequeñas victorias y las grandes tragedias

A pesar de que ha sido un año fatal, muchos han terminado reconociendo que no ha sido tan malo. En 2020 han colisionado la historia objetiva y las biografías subjetivas

Foto: Foto: Reuters/Jon Nazca
Foto: Reuters/Jon Nazca

Los finales de año obligan a hacer cuentas aunque uno no quiera, porque todos tenemos que pagar nuestras deudas con nosotros mismos. La Navidad propicia reencuentros, como bien saben los epidemiólogos y los tertulianos. Una tormenta perfecta para preguntarse si estamos fatal o simplemente mal. O nada de eso. En estos días navideños, he asistido con cada vez menos sorpresa a cómo una conversación con un viejo amigo (o joven conocido) terminaba fluyendo hasta el mismo destino. El de "¿sabes?, a mí no me ha ido tan mal este año".

Es una declaración realizada con cierta vergüenza, porque es difícil reconocerlo cuando tanta gente lo ha pasado tan mal. Es el punto en el que los individuos chocamos con la historia: ¿quién pudo ser feliz durante el Holocausto? Es una valoración más relativa que absoluta que este año he oído con una extraña frecuencia. Al fin y al cabo, supongo que en un año tan terrible hayamos sobrevivido (literal y figuradamente) es un motivo de orgullo.

En la crisis sentíamos culpa, este año perder el control ha sido un alivio

Sobrevivir es una de esas pequeñas victorias que cualquier otro año habríamos dado por hechas, una muesca en un revólver de plástico. Muchos se han encontrado en los últimos días del año ante una cuenta final menos morosa de lo esperado, en la disyuntiva de reconocer que ha sido un mal año objetivo y un buen año subjetivo, y que tal vez una cosa sea la consecuencia de la otra. Un amigo se mostraba calladamente eufórico por haber conseguido que su negocio se haya mantenido. "Veremos cómo va esto cuando llegue la hostia", dejaba en suspenso. "Pero por ahora ni tan mal". La filosofía del "ni tan mal", si uno se la puede permitir, no está mal frente a la del "todo mal".

Como treinteañero, me he acostumbrado desde hace más de una década, justo desde que la crisis económica cambiase las expectativas de todo un país, a repetir el 'leit motiv' generacional que decía "a ver si el próximo año es un poco mejor". El propio de la generación que pensaba que todos los años iban a ser siempre buenos, por los siglos de los siglos. Cuando hemos alzado la copa para desear un 2021 más venturoso, lo hemos hecho con la tranquilidad de espíritu del que dice "a ver si mañana no llueve". Hay algo en la inevitabilidad de la pandemia que ha aliviado la carga histórica del paso de los años, una experiencia de caos compartido como la de los pasajeros del Titanic. Crisis de muchos, consuelo de tontos, especialmente si el naufragio se contempla desde el bote.

Cena de Nochevieja en la Nostromo.
Cena de Nochevieja en la Nostromo.

Este año hemos sido como marineros abandonados a la deriva, como la tripulación del Nostromo de 'Alien'. Este año, ir peor nos ha hecho sentir mejor con nuestras pequeñas victorias mediocres, pero victorias al fin y al cabo. Haber perdido el control sobre nuestras vidas nos ha librado de gran parte de responsabilidad, ha aliviado esa sensación de que somos un poco inútiles. A veces está bien perder el control, como saben los aficionados al sadomasoquismo. Mientras que en la crisis la decepción con la que abandonábamos el año estaba imbuido de cierto sentimiento de culpa ('¿y si soy yo?', '¿he hecho lo suficiente?'), la catástrofe sin fisuras que ha supuesto 2020 nos ha librado de capacidad de agencia y nos ha permitido recordar que, en pandemia, estar aquí sigue siendo una victoria.

Los héroes que no necesitábamos

2020 ha terminado siendo un año de grandes tragedias y de pequeñas victorias, reversos de una misma moneda que ha unido el ajuste de expectativas y la revisión de prioridades. Nadie ha alcanzado metas lejanas ni realizado grandes proyectos porque nadie se lo ha propuesto. Nos hemos sentido liberados de las grandes obras y las hazañas heroicas. Con levantarnos de la cama ya nos ha dado.

Nadie puede luchar contra la historia, así que mejor dedicarse a hacer puzles

Ha sido el año de la pausa, el año de dejar de convertirnos en otras personas para ser nosotros. Incluso esa versión sosa pero cariñosa de nosotros mismos que ha sido este año. Perdón si suena a autoayuda, pero hasta los relojes rotos dan bien la hora dos veces al día. Hemos sido héroes de 50 metros cuadrados, cuya única hazaña épica ha sido reencontrarse con los seres queridos —con distancia y con mascarilla— como el retorno a una Ítaca que en un momento u otro todos pensamos que habíamos perdido. Y que, muchos, en el proceso, perdieron. Vigilar el horizonte del balcón, culminar la épica de quedarse parado.

No hemos echado de menos nada eso que pensábamos que nos haría felices. Nos hemos sorprendido de que ni viajar, ni ir a conciertos, ni ir al cine, ni al teatro, ni salir de bares era lo que daba sentido a nuestras vidas. Nuestros pequeños triunfos han sido los mismos que los del árbol que estás viendo por la ventana: mantenerse firme, dejar que pase el tiempo. Hemos descartado lo imposible y hemos abrazado tan solo lo difícil: comer un poco mejor, leer, llamar a tu familia, pasear; básicamente, no ser un capullo. No sé a vosotros, pero esas cosas tan sencillas son muy difíciles cualquier otro año. Las tragedias ayudan a cuidar el menú, a deshacerse de nuestro orgullo tonto, a no inventarse dramas para ser infeliz.

Unos de repente se muestran maravillados de que el teletrabajo haya llegado para quedarse. "Si me dicen hace un año que estaría currando en casa, no me lo habría creído". Otros han descubierto la luz del sol. De repente, el toque de queda ha revelado un mágico universo sin garrafón ni días consumidos por la resaca. Los treintañeros han descubierto los domingos por la mañana. Es una pequeña victoria en un año en el que nadie ha salido derrotado, porque no se puede luchar contra la historia, salvo que uno sea Napoleón o Hitler. Y mejor que ser Napoleón o Hitler es ser un héroe en batín, campeón de pequeñas batallas, que por fin ha terminado el puzle que le regalaron hace 20 años, que ha conseguido que la vida siga igual. Ha habido una pandemia, han sido padres, la vida ha seguido. La derrota de otros años ha sido la victoria en este. Una buena lección para 2021.

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