No era la libertad, era la soledad: España tiene un problema al que aún no sabe enfrentarse
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Héctor G. Barnés

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No era la libertad, era la soledad: España tiene un problema al que aún no sabe enfrentarse

La mayor parte de problemáticas sociales terminan remitiéndose de una forma u otra a la soledad y los sentimientos que esta provoca, que van desde la tristeza hasta la humillación

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Foto: Reuters/Susana Vera.

Interior, día. Aunque nadie lo diría por la oscuridad producida por las persianas bajadas para evitar que la luz del patio interior se refleje en el televisor. Suena el teléfono, un Forma de los años 90. Mujer viuda, 75 años, coge el teléfono. Al otro lado, José Félix Tezanos en persona (al menos, persona electromagnética) se interesa por sus preferencias políticas. ¿Partido al que va a votar? Ajá. ¿Valoración de Pedro Sánchez? Ajá. ¿Seguro? Ajá.

De lo que tal vez no le pregunte es de aquello de lo que podrían hablar largo y tendido. De que es muy probable que Tezanos haya sido la primera persona con la que habla en todo el día. Esta semana, un estudio realizado por el Instituto de Medios Regionales y Metropolitanos de Barcelona (IERMB) mostraba que el índice de soledad relacional en el área metropolitana de la capital catalana había aumentado desde el 5-6% de 2019 al 16,2% del año pasado. En otras palabras, se ha triplicado el número de personas que no tienen con quién hablar. A pesar de la pandemia, no es nada nuevo, han recordado las autoras, sino el paso más en una tendencia continua desde hace años.

Cada vez hay más gente que puede levantarse y acostarse sin hablar con nadie

No es solo gente mayor, como suele imaginarse. El informe ‘La soledad del siglo XXI’ mostraba que en el último año se han sentido solos el 14,7% de los mayores de 60, el 18% de los que tienen entre 30 y 60 y el 31% de los menores de 30. El aislamiento de una parte importante de la población es cada vez mayor, y lo más importante, es que es una parte muy heterogénea y, por lo tanto, difícil de identificar. Desde el joven protohikikomori al anciano que se despierta cada día sospechando que si muere nadie encontrará su cadáver en semanas.

Es posible, incluso, que hablemos de una soledad compartida, como la de esta pareja de ancianos que se tienen el uno al otro pero no tienen a nadie más. El confinamiento, el imperativo de dejar de socializar, el miedo, el comercio ‘online’, la educación a distancia y el ocio de plataformas son ingredientes de un mismo cóctel molotov, el de un país con cada vez más vecinos que pueden levantarse y acostarse sin haber intercambiado palabra con nadie. Para muchos, ha desaparecido hasta la banal conversación de descansillo de dos minutos que emocionalmente se siente como una confesión de cinco horas. Un país condenado a la incomunicación.

Foto: Es Valdeluz, pero podría ser cualquier lugar: todos los desarrollos urbanísticos se parecen. (Reuters/Susana Vera) Opinión

¿Qué piensan, con qué sueñan y qué sienten? Es difícil de saber, porque la soledad es bastante silenciosa, y los medios escuchamos a los ruidosos. Quizá lo mejor para entenderlo sea encender la tele y tragarse 24 horas seguidas de programación, con lo cual uno no sabrá únicamente qué se siente al estar solo, sino también, al vivir en un país de políticos degenerados donde todo el mundo es un corrupto, las calles están anegadas de jóvenes irresponsables haciendo botellón y una variante de Kuala Lumpur va a acabar con nuestras vidas la semana que viene. Estás solo, pero es mejor así porque el mundo exterior es peor aún.

Si se les preguntase, ¿qué dirían? Lo más probable es que no hablasen de su soledad, porque no hay nada más difícil que reconocer que uno está solo. Eso implica admitir que nadie desea estar contigo, que tus familiares o amigos no se han quedado a tu lado, que hay algo en ti que aparta a los demás. Es un fracaso implícito que resultaría más tolerable si recordásemos que es producto de la progresiva individualización urbanística y social que se vive en estratos muy diferentes: en el campo porque la gente se marcha, en los barrios porque se llenan de extraños, en los PAU porque todo el mundo lo que desea es ser anónimo y en las ciudades porque son ciudades. La tendencia de nuestra era es la progresiva alienación de los ciudadanos de sus entornos inmediatos y el reto es la reintegración en los mismos.

Si estás solo pensarás que no necesitas a esa comunidad que te ha dado la espalda

Para entender muchos de los movimientos políticos de nuestros días conviene entender qué piensa la gente que está sola. La 'mayoría silenciosa' siempre es un terreno de disputa política, como bien sabían Mariano Rajoy y David Cameron, y no hay mayor hazaña política que convertir lo heterogéneo en electorado. Es electoralmente crítica porque si es silenciosa, y está sola, lo que necesita es alguien que le dé voz. Por eso apelar a la sensación de olvido es esencial. No es que uno esté solo, sino que nadie se ha parado a escucharle.

Desde aquí solo caben hipótesis, pero la sensación que tengo es que quien está solo lo que busca no es necesariamente comunidad sino redención. A simple vista, uno diría que la apelación a lo público y comunitario de la izquierda progresista sería la mejor solución ante los procesos de aislamiento. El proceso suele ser al revés, como nos muestran las derivas recientes: si estás solo no pensarás que necesitas más comunidad, sino más bien pensarás que no necesitas a esa comunidad te ha dado la espalda. El individualismo es un círculo que se retroalimenta y que provoca que quien está aislado tal vez prefiera más aislamiento al sentirse traicionado por su entorno.

placeholder Estamos solos, pero el mundo allá afuera es aún peor. (EFE/Luca Piergiovanni)
Estamos solos, pero el mundo allá afuera es aún peor. (EFE/Luca Piergiovanni)

La izquierda necesita partir de la comunidad para generar más comunidad, lo que a menudo provoca el efecto de dejar fuera a todos aquellos que no se identifican con esos grupos (algo que ocurre en ocasiones con el activismo, que genera movilizaciones muy intensas pero limitadas mientras deja fuera a grandes grupos). La clave electoral para la derecha, tanto en España como en otros países, parece encontrarse en canalizar esa soledad en forma de cierto individualismo identitario. Si estás solo, es mucho más fácil creer en que no existe la sociedad, como decía Margaret Thatcher. Claro que no. Solo existen muchas personas en muchas casas.

Las apelaciones a la “libertad” de Ayuso pueden tener mucho de significante vacío, pero no deja de ser otra forma de nombrar, eufemísticamente, una visión positiva e identitaria de esa soledad. Para muchos votantes, la libertad no se traducía solo en ocio y despendole en terrazas, sino en un alivio de esa humillación que se percibe cuando las cosas no son como uno las recordaba, una sensación eminentemente conservadora alimentada por los mensajes de amenaza que llegan desde el televisor. La 'libertad' es estar solo, pero sentirse unido a otros millones de personas que son como tú. Una identidad construida alrededor de un concepto intercambiable, pero que le permite a uno estar menos solo.

La humillación del solitario

La mayor parte de problemáticas sociales terminan remitiéndose de una forma u otra a la soledad y los sentimientos que esta provoca, que van desde la tristeza hasta la humillación. O depresión, o contraataques violentos. Los ‘preppers’, los 'survivalistas', como el que acaba de acabar con la vida de dos personas en las Cevenas, tiene una visión ‘hobessiana’ del mundo donde la catástrofe está a la vuelta de la esquina y lo mejor que podemos hacernos es prepararnos por nuestra cuenta. Comunidades invisibles de solitarios que se forman alrededor de la idea de que todos estamos solos.

Estigmatizar a los solitarios como potenciales peligros es caer en un círculo vicioso

Cuando hace unos años se empezó a hablar de los 'incel', esos célibes involuntarios que en algunos casos llegaron a cometer algún atentado, el acento se puso en el lugar equivocado: hoy en día ha pasado a ser un término despectivo, cuando en realidad era un concepto humillante autoimpuesto. Si los 'incel' pensaban que el mundo les había dado la espalda, ridiculizarlos les reafirma en su opinión como una profecía autocumplida. Por supuesto que muchos eran machistas por venganza, pero lo que les unía era su incapacidad de encajar en el mundo. La estigmatización de la soledad como generadora en serie de perturbados crea un círculo vicioso del que es difícil escapar.

La soledad genera monstruos, pero no hay que acabar con los monstruos, sino acabar con la soledad. La soledad es como una frecuencia mal sintonizada, un infrasonido que no oímos pero que penetra en nuestras comunidades de vecinos, en los pueblos abandonados y en las ciudades populosas, al otro lado de una fina pared donde ya no se oye a nadie al otro lado. Es un zumbido difícil de descodificar, porque no utiliza términos explícitos ni tiene reivindicaciones claras, y raramente se expresa en voz alta con una voz única. Una vaga sensación de hastío, de haber sido dejado de lado, de haberse quedado solo, a oscuras, con la única luz de la tele para guiarle. Eslóganes vagos para problemas inconfesables: ¿cómo se escucha a quien no tiene con quien hablar?

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