El pecado de ser de clase media en España: si no vivimos en el PAU, ¿dónde vamos?
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Héctor G. Barnés

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El pecado de ser de clase media en España: si no vivimos en el PAU, ¿dónde vamos?

En 'La España de las piscinas', Jorge Dioni describe el urbanismo individualista de los nuevos desarrollos urbanos. La gran pregunta es: ¿acaso queda alguna alternativa?

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Foto: Susana Vera.

Esta semana se ha publicado ‘La España de las piscinas’ (Arpa) de Jorge Dioni López, uno de los ensayos del año. No solo por tratar con inteligencia y perspicacia un tema clave, la producción de ideología a través del urbanismo (en este caso, el de esos desarrollos urbanos en el extrarradio de las ciudades, provistos de piscinas e individualidad y desprovistos de servicios y solidaridad), sino también porque, para cambiar en el redundante mundo del ensayo, está escrito que da gusto.

La tesis es relativamente conocida, porque el propio Dioni la ha contado en estas páginas: durante los años del boom inmobilario se favoreció un tipo de dispersión urbana configurada por urbanizaciones, chalets, colegios concertados, SUV, seguro privado y centros comerciales que favorece el individualismo y la desconexión y del cual, para más inri, emana hoy el voto conservador. Primero, el afín a Ciudadanos. Tras las últimas elecciones, el del PP. El pauerismo, como denomina el autor a sus habitantes, es el caldo de cultivo del ayusismo.

El otro lado del mito del PAU es el de "vivís por encima de vuestras posibilidades"

El libro se anticipa hábilmente a la mayoría de críticas que ya están esgrimiendo los que ni siquiera han abierto el libro. Principalmente, a la que le podría achacar al autor cierta condescendencia, una mirada por encima del hombro hacia los pauers. Nada de eso, recuerda Dioni. Él mismo es un pauer del Parque Oeste de Madrid. Para los que conocemos la zona, se lo garantizo, eso es ser mucho pauer. Es normal; como le ha ocurrido a Sergio del Molino hasta tener que reescribir su España vacía, se le van a atribuir muchas cosas que no llega a decir.

Las reacciones que ha generado, no obstante, dicen mucho acerca de un tipo de malestar creciente en la sociedad española. La principal, bastante patente en algunas respuestas en redes sociales, es hasta qué punto se puede reprochar a cualquiera que viva donde viva, algo a lo que el periodista se adelanta recordando que “la confusión entre descripción y toma de postura suele ser bastante habitual, ya que una manera de eludir el debate es considerar que todo el mundo es un activista”.

Foto: Vista de un bloque en construcción en El Cañaveral. (EFE) Opinión

Pero la inquietud resulta razonable como síntoma de una tendencia, porque aunque Dioni argumente contra el vicio de convertir la vivencia en categoría, no son ni uno ni dos ni tres los que comentando el libro han mostrado temor a encontrarse ante una entrega más del “vivieron por encima de sus posibilidades”. En realidad, y aunque Dioni lo refleje de forma más implícita que explícita, el mito del PAU es el del arribismo de los años 90, el modelo de “propiedad, deuda y herencia” que él mismo describe y que se traduciría, tras la crisis de 2008, en esa clase de discursos culpabilizadores.

Resulta oportuno realizar tal aclaración porque uno de los ángulos muertos de ‘La España de las piscinas’ es la relación que mantiene con uno de sus modelos ideales, que no son tan solo los suburbios de EEUU, como Dioni recuerda con frecuencia, sino la vivienda de la alta burguesía y las élites españolas del franquismo. Estoy pensando, por ejemplo, en las urbanizaciones de lujo de Puerta de Hierro, La Moraleja, Somosaguas o Pozuelo, los verdaderos padres espirituales de la España de las piscinas. Desarrollos realizados entre los 40 y los 80 para albergar a las clases altísimas en viviendas de lujo, a veces ideadas por nombres tan propios como José Antonio Cordech o Javier Carvajal, y que fueron una de las primeras muestras de ese linaje de “urbanismo neoliberal”.

Mudarse a un barrio agradable en lugar de quedarse en uno degradado es una traición

No se puede entender la España de las piscinas sin entender el modelo en el que anhela reflejarse, de igual manera que no puede entenderse a la clase media española sin el acceso masivo a la universidad, las vacaciones en la playa o en el extranjero o los colegios concertados, que a su vez son versiones económicas, “democratizadas” de las universidades internacionales, las vacaciones en Suiza o el colegio privado tope gama. En otras palabras, el acceso a una versión barata, ‘low cost’, de la vida de la élite. Sin ellos no existirían esos advenedizos, esos nuevos ricos que huyen de la subida de precios y empeoramiento de la calidad de vida de los centros urbanos.

Casualidades de la vida, una de las personas con las que he comentado el libro ha sido el sociólogo Sergio Andrés Cabello, que acaba de publicar ‘La España en la que nunca pasa nada’. Una observación recurrente en su defensa de la clase media y las capitales de provincia es la llamativa culpabilización de una clase media (o trabajadora venida a más, que cada cual elija) que demostró en los años 70, 80 o 90 que la movilidad social ascendente era posible. Mudarse a un barrio agradable en lugar de quedarse en los que se degradaban paulatinamente, ser la primera generación familiar en estudiar en la universidad o disponer de un nuevo tipo de ocio que incluía nuevas posibilidades gastronómicas, viajeras y culturales. Aunque sea a través de Canal+, Círculo de Lectores y Ryanair.

La ilusión del estatus

Resulta oportuno porque Andrés publicó hace unos años ‘Sociedad outlet-sociedad low cost: la clase media vuelve a casa’, en el que recordaba cómo la clase media se había visto forzada a reconvertirse en clase ‘low cost’ después de que la crisis le obligase a consumir las versiones devaluadas, de bolsillo, de los símbolos de estatus de las clases altas. “El outlet y el low cost mantienen, en la medida de lo posible, esa ilusión del estatus a través del consumo, accediendo una parte significativa de la sociedad a esos productos y servicios que, tiempo atrás, solo estaban al alcance de las clases acomodadas: los trabajadores mileuristas fueron unas de las grandes víctimas de esa ilusión del estatus, convirtiéndose en un segmento de consumidores muy importante”. En definitiva, casas con piscina pero sin piscina.

Las alternativas como las supermanzanas siempre brotan en zonas de mayor renta

Detrás de los análisis sobre la clase media se encuentra siempre la misma tentación (y sensación): la de acusar a la clase media de haberse engañado y de haber engañado a los demás porque nunca dejó de ser una clase trabajadora venida a más, la de no saber ocupar su lugar y usurpar el que no le corresponde a través del endeudamiento, haberse metido en el ascensor social a codazos. De comprarse su estatus en hipotecas a 40 años. Sin embargo, esas mismas acusaciones no se repiten en el caso de las clases altas establecidas, de las familias de abolengo o de los nuevos ricos (pero ricos de verdad). Lo que molesta de los pauers es fingir lo que no son, no conformarse. Por eso molesta el chalet en Galapagar y no el chalet en La Moraleja. El pecado no es estar, es llegar.

Se preguntaba Andrés, a este propósito, cuál es el modelo de ciudad ideal si los pauers son individualistas, egoístas, asociales. Lo responde indirectamente Dioni citando a Juvenal: quién quiere pagar una fortuna por un piso en un barrio que se cae a trozos si puede vivir bien en el ‘far west’ de Arroyomolinos. “Comprad una casa en el campo cuya renta no ascenderá a más de lo que pagáis en Roma por una miserable buhardilla”. La gente no se va a los PAU por egoísmo, estupidez o maldad, sino por lo que la gente suele tomar las decisiones, que es porque le sale más a cuenta que hacerlo en otro sitio. Como decía Macron, no puedes empujar a la gente a que se marche de las ciudades para vivir en los ‘suburbs’ y luego quejarte de que contaminan porque necesitan el coche para ir a trabajar.

placeholder Las superislas de Barcelona. (iStock)
Las superislas de Barcelona. (iStock)

Todo aquello que el urbanismo identifica como bueno, saludable y progresista, todo lo que hemos aprendido de los libros de Jane Jacobs, Henri Lefevbre o Mike Davis, tiene la fea manía de implantarse siempre en lugares de rentas altas y con frecuencia con fines comerciales, como la peatonalización de los centros urbanos. Las superislas de Barcelona se montaron en Poble Nou y, más tarde, el Eixample. El plan de supermanzanas de Madrid se desarrollará en la almendra central, es decir, justo aquella zona que está expulsando a la parte de la población con menos recursos al otro lado del río. Por mucho que quisieran, tampoco podrían. El azaroso y angosto trazado de barrios como Usera, Carabanchel o Vallecas dificulta esa clase de redistribución urbana. Los vecinos de esas zonas escuchan “supermanzanas” o “ciudad de quince minutos” y piensan “con que amplíen un metro la acera me conformo”.

Es también peculiar que muchas de las cosas que se elogian de los barrios en la definición clásica de Jacobs en ‘Muerte y vida de las grandes ciudades’ (ya saben: esas manzanas no muy grandes con muchas esquinas y cruces, con balcones orientados hacia las calles y no hacia la piscina, donde la solidaridad vecinal está favorecida por una alta densidad) hace tiempo que dejó de ser evidente en los barrios españoles. La sensación, de hecho, es la opuesta, que frente al modelo de PAU la alternativa es la de una creciente despersonalización a través de la gentrificación, empobrecimiento o simple atomización, en la que las comunidades que las habitaban se han dinamitado y donde todo el mundo mira hacia la calle, pero nadie movería un dedo por el otro.

Los PAU generan comunidades más fuertes que los barrios anónimos

Así visto, esos PAU donde uno saltaría a la piscina para salvarle la vida al hijo del vecino no parecen tan malos. No se trata tan solo de la ideología que promueven unos modelos urbanísticos, sino también, de qué otras alternativas existen y cuál es la accesibilidad a las mismas. Los PAU están configurados para dejar fuera al extraño, pero siguen creando comunidades más fuertes (por los hijos, por el colegio, por la ideología, por lo que sea) que en el creciente anonimato de los barrios o la rotación extrema de los centros urbanos. Como me planteaba Andrés, si ningún modelo es bueno, si no hay alternativa más que para unos pocos privilegiados, ¿a qué podemos aspirar? La clase media puede tener muchos defectos, pero al menos una cosa buena: sabía dónde iba, aunque a veces olvidase de dónde venía.

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