Cataluña, el Supremo y Sánchez exhuman a Vox

Las carambolas judiciales y las barricadas de Barcelona proyectan la campaña de Santiago Abascal. Se explica así la reanimación demoscópica de Vox (ya veremos si las urnas lo confirman)

Foto: Santiago Abascal en un acto en Almería. (EFE)
Santiago Abascal en un acto en Almería. (EFE)

Pedro Sánchez declinó convocar a Santiago Abascal en las rondas de emergencia de Cataluña. Convenía a ambos la discriminación. Porque el líder socialista necesita estimular a la ultraderecha en la debilitación del PP. Y porque al condotiero de Vox le beneficia presentarse ante la opinión pública como un represaliado del sistema. Sería él la expresión más genuina de la antipolítica y del hartazgo ciudadano frente a la docilidad y negligencia de los partidos convencionales, más todavía cuando se han incendiado las barricadas de Barcelona.

Se explica así la reanimación demoscópica de Abascal —ya veremos si las urnas lo confirman— y se comprenden aún mejor las carambolas providenciales que le ha proporcionado el Tribunal Supremo, tanto por la sentencia que habilita la exhumación de Franco, como por la condescendencia que Vox le atribuye en relación con los artífices del 'procés'.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, ofrece un discurso durante un acto público celebrado el sábado en Burgos. (EFE)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, ofrece un discurso durante un acto público celebrado el sábado en Burgos. (EFE)

Urge recordar que el capitán Ortega Smith representaba en el juicio a la acusación popular. Y que el lugarteniente de Abascal había exigido penas ejemplares —74 años— contra los "golpistas". La rebaja de la sedición ha provocado una indignación calculada. Se trata de aglutinar el calentón de la opinión pública y manejar electoralmente los instintos de incredulidad y de venganza.

Vox es un partido de orden y de autoridad cuyos mensajes laminan la credibilidad del sistema. Por esa razón, se exterioriza la aversión al Tribunal Supremo. O se lo convierte en un instrumento servil de la partitocracia. Y por la misma razón exigía Abascal la proclamación del estado de alarma, excepción y sitio en Cataluña. Le gustaría a Santiago Matamoros que los tanques atravesaran la Diagonal para sofocar el 'tsunami'. Le conviene una reacción moderada del Gobierno y del constitucionalismo, para exagerar así la necesidad de la mano dura.

Vox es un partido de orden y de autoridad cuyos mensajes laminan la credibilidad del sistema

El adelanto de las elecciones no formaba parte de los intereses de Vox hasta que la coyuntura ha transformado las expectativas. Lejos de moderarse o de someterse al sistema, la primera iniciativa relevante de Abascal consistió en abrazarse con Matteo Salvini. Se desacomplejaba el líder ultra. Y celebraba en Roma la coincidencia programática con la Liga: eurofobia, xenofobia, población armada, psicosis migratoria y hasta confesionalidad.

El mayor acierto de Santiago Abascal está siendo mostrarse como es: testosterona y carisma. De otro modo no hubiera tenido tanto éxito en El Hormiguero ni le habría resultado tan sencillo reconocer ante la audiencia su oposición a los derechos de los homosexuales en la adopción y el matrimonio. Los políticos se travisten, especulan. Abascal permanece e incomoda.

Matteo Salvini y Santiago Abascal. (Twitter)
Matteo Salvini y Santiago Abascal. (Twitter)

Lo demuestra la beligerancia de la campaña contra la exhumación del caudillo. La cuadrilla de Abascal tanto denunciaba la profanación del cadáver del generalísimo como exponía la nostalgia del nacional-catolicismo. Una España de orden y disciplina. Ni globalizada ni cosmopolita. Un país inexistente e imposible, pero verosímil en el imaginario electoral-militante, no digamos cuando las imágenes de Barcelona trasladan la necesidad de una respuesta elocuente.

Lejos de moderarse o de someterse al sistema, la primera iniciativa relevante de Abascal consistió en abrazarse con Matteo Salvini

Otorgan las encuestas a Vox una subida considerable en los sondeos. Y no terminan de explicarse las razones demoscópicas o sociológicas. Subiendo tanto como sube el PPen el umbral de los 100 diputados—, cuesta trabajo entender que también ascienda mucho el partido de Abascal. O que lo haga a expensas de Ciudadanos, cuyos votantes, se supone, representa las franjas menos ideologizada del espectro nacional o la menos sensible al mesianismo.

Puede que Vox haya logrado adquirir un prestigio y una aceptación que ya no requiere avergonzarse. O puede suceder lo que ocurrió en los últimos comicios: las expectativas de 60-80 diputados se redujeron a 23 porque se impuso un ejercicio de madurez entre los votantes.

Vox es un partido de calentón. Cuanto más inflamado esté el terreno de juego respecto a Cataluña, la unidad territorial y la nostalgia de la disciplina, más propicio le resultará colocarse en la tercera plaza que le atribuyen las encuestas. Un escarmiento a la política convencional cuyo revanchismo no puede encubrir los problemas de convivencia que implica la normalización de la extrema derecha.

Abascal no ha cambiado. Ha consolidado los presupuestos más inquietantes de su partido. Y Vox es un partido peligroso. Al menos, por cinco razones: combate el nacionalismo catalán desde un nacionalismo español, excluyente y hasta folclórico; cuestiona el consenso sobre la violencia de género y discute los progresos de igualdad bajo la caricatura del antifeminismo; inculca un modelo confesional, inspirado en el catecismo que neutraliza el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay y otros derechos de los homosexuales; propaga un discurso eurófobo en colusión con los países del Este, rechazando el principio comunitario de la cesión de soberanía; ceba la xenofobia, la islamofobia y la gran amenaza del inmigrante, del extranjero, blandiendo en estandarte de la Reconquista.

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