El espectáculo excita el segundo funeral de Franco

Tanto Pedro Sánchez como Santiago Abascal han sacado partido electoral de una ceremonia entre lo solemne y lo berlanguiano

Foto: Llegada del helicóptero al Valle de los Caídos. (EFE)
Llegada del helicóptero al Valle de los Caídos. (EFE)

Decía Alfredo Pérez Rubalcaba que en España enterramos muy bien, ahora bien, ¿qué tal desenterramos? Nadie mejor para establecer doctrina y jurisprudencia que el expediente de Francisco Franco, aunque la paradoja de la exhumación consiste en que se le ha concedido al propio caudillo un segundo funeral.

Así lo demuestran las coronas de flores, el convoy de vehículos oscuros, el ajetreo de autoridades, la cobertura policial, la solemnidad solanesca de los monjes benedictinos, los corresponsales de ultramar, el luto predominante. Ni siquiera se abstuvo de vestir de negro Dolores Delgado, la notaria mayor del Reino.

La intervención de un helicóptero de la Fuerza Aérea en el cielo añil de la sierra madrileña redundaba en la grandilocuencia del acontecimiento.Ya les hubiera gustado a los familiares del tirano la escolta de la guardia mora y el vuelo rasante de los aguiluchos, pero tuvieron que resignarse al aplauso de los nostálgicos en el tosco cementerio de Mingorrubio. Allí esperaba el golpista Tejero, congratulado y aclamado por el fervor de los lugareños. Se levanten, coño. Todo el mundo al cielo.

Un grupo de personas se concentra frente al cementerio de El Pardo-Mingorrubio. (EFE)
Un grupo de personas se concentra frente al cementerio de El Pardo-Mingorrubio. (EFE)

Era el desenlace íntimo y berlanguiano de una 'matinée' siniestro-espectacular. No iba a desaprovechar Sánchez la sesión de espiritismo electoral, pero no se explica la repercusión del acontecimiento sin la implicación de las grandes cadenas y emisoras. No ya por el interés objetivo que reviste una exhumación histórica, sino por los pormenores siniestros, morbosos y estrafalarios que se han ido incorporando a la crónica de ultratumba semanal.

Los hermanos Verdugo, por ejemplo, son los marmolistas implicados en la operación, del mismo modo que el tanatopractor, más que una especie de dinosaurio, es el oficio que desempeña Asdrúbal Humberto Sepúlveda: dominicano de origen, aspirante a un papel en una novela de García Márquez y coordinador de la exhumación por su experiencia en asuntos fúnebres.

No se trata de frivolizar con la gravedad del trance, sino de significar la estupefacción de la audiencia respecto a la resurrección y entierro del generalísimo —suele ser al revés, primero el entierro, luego se resucita—, más todavía cuando los Franco representan un accidente darwinista ubicado entre el hedonismo y el duelo. Motivos tienen para compungirse.

Llegada de la familia Franco a la basílica del Valle. (Reuters)
Llegada de la familia Franco a la basílica del Valle. (Reuters)

Para ellos, Francisco Franco es papá o el abuelito. Sienten que se ha profanado la tumba del patriarca, aspiran a la venganza de Dios, pero no han logrado demasiada adhesión ni empatía entre los compatriotas. Acaso se las ha concedido el manto púrpura de Santiago Abascal, porque la ultratumba y la ultraderecha formalizan una conexión electoral muy atractiva para el granero de Vox.

El partido 'verde' marca el paso de la oca a expensas del silencio de Casado y de Rivera, víctimas de su abstención parlamentaria y espectadores del No-Do que ha preparado el Gobierno en flagrante contradicción con las expectativas iniciales. Fue Carmen Calvo quien nos prometió que Franco sería trasladado sin darnos cuenta, quizá porque no había unas elecciones en el horizonte y porque al líder del PSOE no le urgía marcar paquete ante Pablo Iglesias.

Los Franco sienten que han profanado la tumba del patriarca, aspiran a la venganza de Dios, pero no han logrado mucha adhesión ni empatía

Es verdad. La primera promesa electoral de Sánchez fue la exhumación de Franco. La anunció en su discurso introductorio de la moción de censura en junio de 2018, pero nunca hubiera sospechado que el rito necrófilo le proporcionaría un estímulo electoral en unos insólitos comicios posteriores. Se trata de una carambola providencial cuyo oportunismo no se le puede reprochar del todo al instintivo timonel socialista.

Vista general del Valle de los Caídos. (EFE)
Vista general del Valle de los Caídos. (EFE)

La obstrucción judicial de la familia y los tiempos del Supremo han precipitado la fecha. Y la han situado supersticiosamente en la lanzadera de la campaña electoral. No iba a desaprovechar Sánchez la ocasión de escenificar el cumplimiento de la promesa. Ni iban a escatimarse esfuerzos dramatúrgicos ni consideraciones mediáticas en la traslación aérea y felliniana de la momia.

Podía haberse concebido un ceremonial más sobrio y discreto, aunque la hipótesis de la clandestinidad o nocturnidad contraindicaría el mensaje ejemplarizante. La ceremonia es un merecido acto de degradación, un oprobio a la totalidad del franquismo, un escarmiento póstumo que Sánchez ha elevado a una categoría histórica para revestirse de estadista: la Transición se cierra con la evacuación del caudillo.

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