Pablo Casado destripa a Sánchez

La durísima intervención del líder del PP y las 'boutades' de Abascal devuelven la crispación al Congreso, aunque ambos líderes concedieron la prórroga del estado de alarma

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, durante el pleno del Congreso. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, durante el pleno del Congreso. (EFE)

Pedro Sánchez escogió la hora de los telediarios nocturnos para subirse a la tribuna del Congreso. Y para relamerse de su eficacia y de su vanagloria en horarios de máxima audiencia. Daban ganas de adherirse a su percepción edulcorada de la realidad. Una vacuna en ciernes llegó a anunciar. Una gestión modélica defendió el líder socialista, abstrayéndose de las evidencias que la cuestionan. La desesperación de los sanitarios por la falta de medios. La angustia de las residencias de ancianos. La morgue hiperbólica de Madrid. Más muertos que en China. El desgobierno en el caos autonómico. Y la falta de mando... del mando único.

Lo conserva Sánchez porque las señorías le concedieron la prórroga del estado de alarma hasta el 11 de abril, pero el evidente consenso aritmético no pudo encubrir los reproches de la oposición en un debate durísimo. Empezando por Pablo Casado, cuya intervención despiadada adquirió el aspecto de una enmienda a la totalidad. Le recordó la negligencia del 8-M. Y le pareció “imperdonable” el desamparo con que los profesionales combaten la epidemia.

"¿Qué está haciendo usted?", le inquirió en el vacío de un hemiciclo deshabitado. "Poderes máximos y resultados mínimos", terminó objetándole el líder del PP.

Se preguntaba el filósofo Sócrates si convenía o no convenía despertar a un esclavo que está soñando con la libertad. Casado despertó a Sánchez de la realidad paralela en que se encuentra. Le hizo aterrizar. “No defraude a los españoles una vez más, no se lo merecen”.

Quedaba abonado el terreno al escarmiento de Santiago Abascal. No ya líder de Vox sino superviviente de la enfermedad que concitaba el debate. Porque padeció él mismo el coronavirus. Y porque lo exorcizó en el hemiciclo acusando a Sánchez e Iglesias de haberlo hecho todo tarde y todo mal. Mentirosos y sectarios, dijo. Y pidió la cabeza de Fernando Simón como si fuera la de Juan el Bautista. Y la cabeza de Iglesias. Y la de Illa. Y la de Torra.

Casado había diseccionado a Sánchez con un bisturí. Abascal utilizó el picahielos, el hacha. Y derivó la sesión nocturna del miércoles a la crispación y controversia de antaño, cuando los problemas eran el soberanismo, los tractores y la vicepresidenta de Venezuela.

La sesión parlamentaria había empezado a las tres de la tarde, pero fue a medianoche cuando Sánchez obtuvo el respaldo mayoritario de la Cámara a los decretos excepcionales. Incluida la prórroga del estado de alarma, con el visto bueno de Vox. Casi todas las fuerzas opositoras le habían garantizado la lealtad aritmética, pero también le reprocharon la negligencia de la gestión. Y le afearon la vergüenza de haber escondido, encubierto, en uno de los decretos de emergencia la disposición transitoria que entroniza a Pablo Iglesias entre los halcones del CNI.

Estaba el vicepresidente taciturno en el hemiciclo. Y le hicieron compañía otras 43 señorías. El resto permaneció en casa y se avino a votar telemáticamente, de tal manera que la sesión volvió a resentirse de una atmósfera espectral y epidémica. La mayor ovación correspondió a la ujier que limpiaba el micrófono y el atril. Y el momento más emotivo probablemente sobrevino cuando la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, interrumpió la intervención de Íñigo Errejón a las 20:00 para rendir el homenaje a los artífices de la lucha contra la pandemia.

Pablo Casado destripa a Sánchez

Prevalecían las buenas maneras tanto como se recrudecían las diferencias ideológicas de extremo (Vox) a extremo (ERC) y como se deslucía el voluntarista introito de Nadia Calviño. “Hemos actuado con rapidez, eficacia y contundencia”, sostenía la vicepresidenta económica. Decía exactamente lo mismo Pedro Sánchez en su turno jerárquico, pero el mensaje propagandístico no conmovió a sus adversarios más feroces. Empezando por Santiago Abascal, cuya reaparición en la Cámara Baja le permitía pavonearse como un renacido e invocar al mismo tiempo la ayuda de Dios y de la ciencia en socorro del coronavirus.

Los primeros espadas se incorporaron al debate en horario nocturno y cuando ya se habían consumido unas cuantas horas. Sirvieron para exhumar el decreto que deroga el despido por bajas médicas y el decreto que promueve las ayudas al sector agrícola.

La emergencia del coronavirus los ha destronado de la actualidad. Y los terminó subordinando al gran debate de la crisis sanitaria y económica. La corrección de la sesión no contradijo los exabruptos conceptuales, por ejemplo cuando la portavoz de la CUP, Mireia Vehí, sostuvo que la emergencia obliga a elegir entre la vida o el capitalismo. No la desmintió la camarada de EH-Bildu, ni la desdijo demasiado Gabriel Rufián, cuyo dedo acusador responsabilizó a la derecha de haber depauperado el tejido sanitario y social de la nación a fuerza de los recortes pretéritos.

Eran unos y otros los teloneros del espectáculo. Calentaron las sillas y las palabras hasta que comparecieron los adultos. Y hasta que se descompuso el compromiso de la lealtad y de la unidad. Bien porque Casado no está dispuesto a darlas. O bien porque Sánchez no las merece.

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