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¿Y si Yolanda Díaz fuera un bluf?
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Rubén Amón

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¿Y si Yolanda Díaz fuera un bluf?

Quienes 'apostolaron' por la causa de Díaz Susana se encuentran con la sorpresiva pujanza de Díaz Yolanda. Y la imaginan como una aguerrida combatiente del sanchismo

Foto: Pedro Sánchez y Yolanda Díaz. (EFE)
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz. (EFE)
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Hay que reconocerle a Sánchez la capacidad para reanimar a sus propios rivales. El caso más elocuente es el de Isabel Díaz Ayuso, aunque el más reciente consiste en el 'fenómeno político' de Yolanda Díaz, cuyos rapsodas ya la convierten en la primera jefa de Gobierno española de la historia. Tiene muchas más probabilidades Leonor de convertirse en la primera jefa del Estado contemporánea, otra cuestión es que Yolanda Díaz haya logrado protagonizar una suerte de categoría presidenciable sin otros argumentos que la correlación con el ejemplo madrileño de Mónica García, la pasión mediática, los humores demoscópicos y el sabotaje al socio socialista.

Cae bien la vicepresidenta y ha logrado adquirir una reputación que sobrepasa los méritos estrictos y que estimula el juego de los apellidos. Quienes 'apostolaron' por la causa de Díaz Susana se encuentran con la sorpresiva pujanza de Díaz Yolanda. Y la imaginan como una aguerrida combatiente del sanchismo, precisamente porque el folclore de la militancia en el PCE y la aclamación de los depauperados sindicatos precipitan una suerte de fervor proletario e identifican a la propia vicepresidenta como garante de las batallas ideológicas: la subida del salario mínimo, la causa de los pensionistas y el anatema de la reforma laboral. Yolanda Díaz la ha convertido en el argumento de colisión con la vicepresidenta Calviño. Y es verdad que los antagonismos perfectos que las enfrentan —generacionales, políticos, estéticos— sobrentienden una trifulca sensacional y sensacionalista, pero carece de sentido sustraer a Sánchez de la contienda. Porque la responsabilidad última es suya. Y porque el verdadero desafío de Yolanda Díaz consiste en cuestionar el hiperliderazgo de Sánchez, retratarlo en la 'vergüenza' del viaje al centro, abrumarlo con anacronismos y teorema; y asumir ella misma la hegemonía de la izquierda de la izquierda, más aún cuando la decadencia electoral de Podemos le despeja el camino de la sucesión a Pablo Iglesias. Fue Iglesias quien la designó sucesora a dedo.

Foto: La vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz. (EFE) Opinión

Es a Iglesias, por tanto, a quien se le deberían reconocer ciertas dotes proféticas e intuiciones clarividentes. El problema radica en que el fenómeno Yolanda Díaz amenaza con llevar a la formación morada a una crisis irreparable, bien por el estado de gracia mediático de la diva roja o bien porque ella misma se perfila como timonel de las mareas desalentadas. Lo demuestra la adhesión de Carmena, de Colau, de Mónica Oltra. Y lo acredita la repercusión que han adquirido sus golpes de timón contra el sistema, incluida la denuncia de las afinidades bruselenses de Nadia Calviño y el exorcismo que ha organizado a los oligarcas de la energía. Yolanda Díaz gobierna desde el dogma y desde la teoría. Muy lejos de la realidad, pero muy cerca del populismo y de las inquietudes sociales.

El gran enigma consiste en conocer la verdadera envergadura política de Yolanda Díaz. ¿Podría ser un bluf? ¿Hasta qué extremo responde a la fragilidad de una construcción improvisada? ¿Cuánta propaganda y posibilismo enmascaran las opciones de la vicepresidenta?

Tienen sentido las preguntas porque alertan sobre los riesgos de un misterio político difícil de graduar y de codificar. La vicepresidenta nunca se ha expuesto al veredicto de las urnas en un ámbito nacional. Ni tendrá ocasión de medirse ni exponerse en el calendario que se avecina —autonómicas, municipales—, aunque tampoco deberían subestimarse el púlpito que le proporcionan los dogmas ideológicos de la izquierda ni la negligencia que Sánchez es capaz de multiplicar para estimular el antagonismo. Debería escarmentarle la estrategia de tensión con que reavivó a Ayuso. Incluso podría concebir el 'caso Yolanda Díaz' no exactamente como un problema, sino como una virtud.

Foto: Pedro Sánchez, junto a Calviño y Díaz, en el Congreso. (EFE)

En primer lugar, porque la polarización de las elecciones urge a la movilización del electorado pasivo. Las razones para echar a Sánchez estimulan más que los motivos para votarlo, de tal manera que a la izquierda le conviene disponer de un foco de atracción diferente.

Y en segundo término, porque la fuerza de Yolanda Díaz implica la debilidad de Podemos. Y la agonía de un partido político en liquidación que Ione Belarra y Pablo Echenique intentan reflotar desde el antisistema mientras el mesías que los trajo al mundo comenta la jugada en sus columnas y en sus intervenciones de tertuliano.

Hay que reconocerle a Sánchez la capacidad para reanimar a sus propios rivales. El caso más elocuente es el de Isabel Díaz Ayuso, aunque el más reciente consiste en el 'fenómeno político' de Yolanda Díaz, cuyos rapsodas ya la convierten en la primera jefa de Gobierno española de la historia. Tiene muchas más probabilidades Leonor de convertirse en la primera jefa del Estado contemporánea, otra cuestión es que Yolanda Díaz haya logrado protagonizar una suerte de categoría presidenciable sin otros argumentos que la correlación con el ejemplo madrileño de Mónica García, la pasión mediática, los humores demoscópicos y el sabotaje al socio socialista.

Yolanda Díaz Nadia Calviño