Por qué Madrid es fea... y me gusta
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Rubén Amón

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Por qué Madrid es fea... y me gusta

La virtud de la capital consiste en la ausencia de identidad. Tan madrileño es un chino de Usera, como un estudiante foráneo de Erasmus y como un ecuatoriano de Tetuán

Foto: La plaza Mayor de Madrid. (EFE/Emilio Naranjo)
La plaza Mayor de Madrid. (EFE/Emilio Naranjo)

No ha terminado de convencer entre algunos lectores y activistas mi propuesta de dinamitar la catedral de la Almudena. Se me ha identificado como un yihadista, como el artífice virulento de una guerra de religión, ignorándose al mismo tiempo que la propuesta incendiaria no tenía nada que ver con Dios sino con el despropósito estético perpetrado por los hombres.

Es la razón que urgía la idea de adoptar soluciones drásticas. Y extirpar a la capital una aberración arquitectónica y urbanística que radicaliza la mala relación de Madrid con la belleza. Quiero decir que Madrid es una ciudad fea.

Lo planteé hace unas semanas delante de las cámaras de 'El Hormiguero'. Y se originó un revuelo pintoresco del que formó parte la invitación a marcharme. No exactamente con buenos modales.

Foto: José Luis Martínez-Almeida e Isabel Díaz Ayuso, frente a la Almudena. (EFE)

No me retracto. Menos aún si comparo la capital del reino con las homólogas europeas. Y no hablo de Tirana ni de Bucarest, claro, sino de Lisboa, de Roma, de París, de Londres, de Atenas, de Viena, de Budapest, de Praga. Y de Estambul, pues Estambul también se aferra a Europa con la mirada visionaria de Constantino.

Madrid es una ciudad fea, insisto. Y añado, como dije también en 'El Hormiguero', que es una ciudad magnífica para vivir. No hay contradicción. Madrid es una ciudad abierta. Y desprovista de la pesadumbre identitaria.

Porque la virtud de Madrid consiste en la ausencia de identidad. Tan madrileño es un chino de Usera, como un estudiante foráneo de Erasmus y como un ecuatoriano de Tetuán. Ya decía Andrés Trapiello, cronista de la villa, que nadie hay más madrileño que él porque nació en un pueblo de León, concretamente de Manzaneda de Torío.

Lo que tiene el madrileño es chulería y una mentalidad tolerante, integradora, generosa

Me sucede lo mismo respecto a la distorsión del linaje. Madre de Lanzarote y padre de Baracaldo. Los madrileños somos así, de orígenes difusos y procedencias arbitrarias. Madrid no tiene idioma propio al que aferrarse ni leyendas remotas, ni mitos fundacionales porque es una ciudad demasiado contemporánea. Hasta el chotis lo importamos de Centroeuropa en el siglo XIX.

Lo que tiene el madrileño es chulería. Hacer las cosas un poco por cojones. Y una mentalidad tolerante, integradora, abierta, generosa, precisamente porque una ciudad abierta y desprovista de infantilismos identitarios contradice, como muchas veces trata de hacer Ayuso, el artificio de un modelo nacionalista-populista-victimista.

El Partido Nacionalista de Madrid solo podría observarse como una parodia. Nadie sabe tararear el himno de Madrid ni conoce la letra. Y puede que nuestro mejor recurso de resistencia radique, es verdad, en la bandera. Sé de lo que hablo porque la diseñó conceptualmente mi padre, Santiago Amón.

Foto: Imagen orientativa de las zonas afectadas por Madrid Nuevo Sur.

Y porque su iconografía de estrellas de cinco puntas sobre fondo rojo —la que Martínez Novillo plasmó en la imagen definitiva— produjo cierta inquietud a Joaquín Leguina cuando le correspondió bendecirla y autorizarla: "¿No os parece que os ha quedado una cosa un poco vietnamita?".

No voy a decir que los madrileños no tengan conciencia de la estética de la ciudad que los rodea. Hay evidencias de fealdad inequívocas, de la Almudena a la Plaza de Castilla, de Colón a Santo Domingo, por no hablar del complejo fálico de los nuevos rascacielos y de las horrendas entradas a la ciudad. Se me ocurre la de La Coruña. Y el shock urbanístico del Arco de Triunfo como premonición del dislate megalómano del Ejército del Aire. Puede que Carlos III fuera un buen alcalde, pero no lo hubo peor que Franco en las grotescas iniciativas grandilocuentes.

No reparamos necesariamente en la estética del lugar donde vivimos. Lo damos por hecho, todo lo que contrario de lo que nos sucede cuando visitamos otras ciudades con los ojos abiertos. Son más los madrileños que no conocen el Museo del Prado de cuantos han visitado la pinacoteca.

placeholder Museo Nacional del Prado. (EFE/Mariscal)
Museo Nacional del Prado. (EFE/Mariscal)

Claro que la ciudad tiene sitios bonitos, rincones hermosos, calles pintorescas, pero la idiosincrasia de Madrid no se define en la belleza, sino en el reflejo de un río modesto, el Manzanares, cuyas aguas desdibujan el espejo de una capital a la que dan verdadera fama el fútbol y los toros.

Hagan la prueba, si es que no lo han hecho ya. Me refiero al tiempo que requiere enseñarle la Madrid “monumental” a un foráneo. Y analicen no ya los obstáculos estéticos del recorrido, sino en la brevedad de la experiencia. Puede visitarse en una mañana, para entendernos.

Me lo decía un amigo músico "emigrante" de Cataluña y cuyas hijas ya nacieron en Chamberí

Semejante evidencia no contradice, insisto, la idoneidad de Madrid para vivirla y disfrutarla. De hecho, una de las ciudades que más me fascinan del mundo, Los Ángeles, no se caracteriza por su belleza, sino por la idiosincrasia de un lugar extremo y culturalmente promiscuo.

Madrid me gusta. La considero extraordinaria para desaparecer dentro de ella. Me lo decía un amigo músico “emigrante” de Cataluña y cuyas hijas ya nacieron en Chamberí. “Cada vez que me viene una crisis nacionalista, me doy un paseo por Madrid y se me quita”.

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