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Rubén Amón

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El muro que erigió Sánchez... lo ha sepultado

La normalización del pacto PP-Vox malogra la doctrina de la polarización al tiempo que asistimos a la implosión de la ultraizquierda

Foto: El presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control al Gobierno. (EFE/Mariscal)
El presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control al Gobierno. (EFE/Mariscal)
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Pedro Sánchez contempla más o menos atónito el derrumbe del muro con el que pretendió dividir España entre el bien y su intemperie. Lo levantó para defendernos de la derechona. Y ha terminado cayéndole encima. El problema no es que la derecha y sus terminales reaccionarias hayan dejado de asustar. El problema es que Sánchez ha dejado de asustar con la ultraderecha. "El que da miedo a los españoles es usted", le dijo este miércoles Núñez Feijóo en el estéril duelo de las sesiones de control (a la oposición).

La analogía más precisa acaso no sea histórica, sino literaria. La Moncloa empieza a parecerse a la Casa Usher de Poe, una mansión todavía erguida, pero ya vencida por sus grietas, por la enfermedad moral de quienes la habitan, por el aislamiento de un poder que confunde su propia continuidad con la salud del edificio. No hace falta un ejército enemigo para derribarla. Basta con escuchar cómo cruje y cómo se han corrompido sus estructuras.

La operación del muro era tan sencilla como eficaz e irresponsable. Identificar al Partido Popular y a Vox en una misma amenaza, en un bloque indistinto, de manera que el miedo mantuviera cohesionada a la frágil constelación del sanchismo. No importaban tanto las diferencias entre Feijóo y Abascal como la utilidad política de confundirlas y de polarizar a la sociedad. El muro no separaba solo a la izquierda de la derecha. Separaba a Sánchez de la realidad.

Las elecciones de Castilla y León han actuado como una sacudida sísmica. Han formalizado la alianza entre PP y Vox sin el apocalipsis anunciado y, al hacerlo, han desacreditado el principal dispositivo retórico del sanchismo. La opinión pública ha amortizado la dimensión incendiaria del maridaje, ya sea porque prevalece el rechazo a Sánchez, ya sea porque nadie ha desautorizado tanto sus propias convicciones como él mismo. Se puede pedir coherencia al adversario o se puede cambiar de opinión cada semana. Lo difícil es hacer las dos cosas a la vez sin que el muro se resquebraje.

Ya sea porque prevalece el rechazo a Sánchez, ya sea porque nadie ha desautorizado tanto sus propias convicciones como él mismo

Castilla y León ha desmontado, además, la fantasía del sorpaso de Vox. Durante meses se ha alimentado la hipótesis de un Abascal devorando al Partido Popular, como si la derecha española estuviera condenada a su radicalización terminal. Ha ocurrido lo contrario. Vox no ha desbordado el sistema, sino que pretende reconciliarse con él. Quiere Abascal entrar en los gobiernos regionales y ha descubierto que la moqueta disciplina mejor que la barricada. El tránsito deja en su camino parte de su condición monstruosa. Gobernar doméstica.

Sánchez se queda sin el espantajo y sin la alarma. Si Vox ya no comparece como la bestia exterior que justifica el muro, el muro pierde sentido. El rechazo a Sánchez es hoy un argumento aglutinador más potente que el miedo a la derecha. El electorado ha decidido que prefiere un gobierno de coalición explícito y transparente antes que un gobierno que sobrevive desautorizando sus propias convicciones cada lunes por la mañana.

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La ironía más afilada de la crisis no reside solo en la normalización de la derecha, sino en la degeneración paralela de la ultraizquierda que había servido de acompañamiento —de comparsa— al sanchismo. Porque mientras Sánchez se esforzaba en presentar a sus adversarios como un bloque compacto, su propio campo se llenaba de facciones, siglas efímeras, querellas narcisistas y pequeñas guerras civiles libradas con una mezcla de dogmatismo de asamblea y rencor de camarote. La izquierda a la izquierda del PSOE ya no comparece como vanguardia moral, sino como una ruina sentimental, un paisaje de escisiones, personalismos y purezas incompatibles. Cada cual administra su minúsculo catecismo, su indignación portátil, su superioridad retórica. Nadie construye nada duradero. Todos compiten por la última hoguera.

Sánchez supo aprovechar esa fragmentación mientras le resultó útil. La absorbió, la ordeñó, la neutralizó, la fue dejando sin aire. Pero el canibalismo tiene un límite. Cuando terminas de devorar a tus socios, te quedas sin aliados y sin coartada. Los satélites del sanchismo se extinguen porque nunca tuvieron luz propia y porque el sol que los mantenía en órbita ya no calienta igual.

Es la soledad del búnker. Y el muro ya no es una defensa, es un mausoleo. Pedro Sánchez ha quedado atrapado en el castillo que él mismo diseñó para excluir a media España. Se creía arquitecto de una nueva era y ha resultado ser el último habitante de una ruina.

Pedro Sánchez contempla más o menos atónito el derrumbe del muro con el que pretendió dividir España entre el bien y su intemperie. Lo levantó para defendernos de la derechona. Y ha terminado cayéndole encima. El problema no es que la derecha y sus terminales reaccionarias hayan dejado de asustar. El problema es que Sánchez ha dejado de asustar con la ultraderecha. "El que da miedo a los españoles es usted", le dijo este miércoles Núñez Feijóo en el estéril duelo de las sesiones de control (a la oposición).

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