Cuando Portugal es el modelo de Sánchez

En Portugal gobierna el socialismo, con el apoyo de los comunistas. Y funciona, al menos y que sepamos, en sus principales inputs macroeconómicos

Foto: Pedro Sánchez junto a la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo. (EFE)
Pedro Sánchez junto a la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo. (EFE)
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Está empeñada la muchachada gubernamental en culpar a los demás de la inexistencia de un gobierno. Bien analizada, la estrategia comunicativa de Moncloa&Ferraz es pura filfa en la creencia que los que pagamos sus sueldos y sus prebendas somos un atajo de imbéciles. Una orgía de lugares comunes y contradictorios.

Si Tezanos lleva razón —yo personalmente no lo dudo, salvo algunas triquiñuelas de viejo 'aparatchik' agradecido— no puedo entender la razón por qué el presidente Sánchez —escribo de paso que para mí cualquier persona por abyecta que resulte si es presidente del Gobierno merece un respeto— no se deja de zarandajas y llama al pueblo de nuevo para que deshaga un entuerto carísimo e irresoluble en su actual coyuntura.

En Portugal gobierna el socialismo, con el apoyo de los comunistas. Y funciona, al menos y que sepamos, en sus principales inputs macroeconómicos. No me parecería mal que copiemos, por una vez, al país vecino, salvo que aquí es esencialmente imposible. Es verdad que el centro derecha luso apoya las principales medidas económicas del 'premier' Costa. ¿Por qué? Porque se inscriben dentro del marco social/liberal y no ponen en riesgo ninguna de las libertades económicas y de emprendimiento con escaso intervencionismo. Aquí el asunto es semi radicalmente distinto. El centro derecha no está dispuesto a dar ni un grano de alpiste al jefe de los que pactan con los herederos de ETA. Punto. Paso de página.

Los primos hermanos del Partido Comunista Portugués —antes estalinista— en España es Podemos. Y estos no están dispuestos a vender su piel sin que haya contrapartidas de por medio, esto es, cargos y coches oficiales. Punto. Paso de página.

Además, una cosa fuera investir a un presidente y, por ende, levantar un gobierno y otra muy distinta poder gobernar, encarar reformas, aprobar Presupuestos, transmitir confianza, apuntalar la seguridad, encarar el futuro con una mínima ascética de supervivencia.

Presidente, elecciones. Y que el pueblo decida.

PD. No tengo espacio para comentar que en Barcelona, los ciudadanos se han apuntado a una táctica muy peligrosa: garantizar su seguridad en las calles. Recuerda en demasía tiempos pasados. Es lo que tiene cuando el Estado no existe y el territorio se convierte en un mero asentamiento.

Palo Alto
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