Cs y el liberalismo de quita y pon
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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Cs y el liberalismo de quita y pon

El partido naranja nació antinacionalista, no liberal. Y cuando en 2019 le llegó su gran oportunidad, decidió ser anti todo

placeholder Foto:  Inés Arrimadas tras su intervención este domingo en Madrid en la clausura de la primera Convención política de Ciudadanos. (EFE)
Inés Arrimadas tras su intervención este domingo en Madrid en la clausura de la primera Convención política de Ciudadanos. (EFE)

Algo similar a la ley trans de la ministra Irene Montero, pero para escoger ideología en lugar de género, le vendría la mar de bien a Cs. Suena el despertador, siempre demasiado pronto, uno lo maldice, y tras desperezarse con el café decide qué es lo que quiere ser a partir de ese instante. Hoy liberal, mañana conservador, el otro socialdemócrata y el fin de semana ya se verá. Si para cambiar de género basta con ir al registro, para obtener un certificado ideológico es suficiente con montar un cónclave de fin de semana con 300 personas y afirmar con convicción que eres lo que dices ser. Yo mismo, por ejemplo, a partir de mañana seré guapo, atractivo, listo, inteligente e incluso delgado. Y a ver quién es el guapo que me dice que no.

Hace 15 años no nació un partido liberal, nació un partido antinacionalista catalán. Se unieron al nuevo artefacto gentes de diferente tradición política que compartían un enemigo común. Había que erosionar el 'régimen' montado por Jordi Pujol, que para los fundadores de Cs había sobrevivido al propio Pujol de la mano de los socialistas traidores del PSC, que seguían actuando como cómplices de la tiranía nacionalista, primero con Pasqual Maragall al frente de la Generalitat y luego con José Montilla.

Foto: Inés Arrimadas en la convención nacional del partido. (EFE)

La obsesión en ese momento de Cs era la lengua catalana y la inmersión lingüística. Albert Rivera consiguió que en España mucha gente hiciese suyas sus fantásticas teorías sobre una Cataluña en la que a los castellanoparlantes prácticamente se les obligaba a ir con un bozal hasta que aprendiesen a hablar catalán o donde los niños no podían jugar en el patio del colegio si no lo hacían en la lengua que marcaba la dictadura nacionalista. Todo esto era antes del proceso independentista y no era verdad, como tampoco lo es hoy, a pesar de lo que ha sucedido en los últimos años, y lo sabe perfectamente cualquier persona que conozca de cerca la realidad catalana. Cuando se recapitula la historia de Cs, hay que empezar por el principio. Y el inicio no fue liberal, aunque por supuesto los había también en su órbita en esos días de génesis. Si algo fueron los primeros pasos de Cs en Cataluña, el lugar en el que nació la criatura, fueron un experimento populista.

Cuando la crisis económica hizo entrar en crisis el bipartidismo español y se abrió la ventana de oportunidad para hacer crecer el partido fuera de Cataluña, Cs sí se esforzó por dotarse de un corpus ideológico de carácter liberal que sirviera para ir a competir en el resto de España los votos de la derecha y de la izquierda, sin renunciar a su apuesta claramente antinacionalista, siempre que el nacionalismo fuese periférico.

Foto: Convención Nacional de Ciudadanos. (EFE) Opinión

Los buenos resultados en las elecciones municipales y autonómicas de 2015 sentaron las bases para que Cs pudiera dar el salto definitivo al teatro de operaciones nacional. A partir de ahí la historia es conocida y está harto analizada. El liberalismo de Cs duró lo que tardaron en emborracharse de egolatría Albert Rivera y sus mariachis. Fue así porque su liberalismo era coyuntural y arrastraba en realidad poca convicción. Casa mal con la tradición liberal convertir a un líder político en un Dios en la tierra, como pasó con Rivera, y también cuesta referirse a un proyecto político liberal cuando desde este solo se ve en las demás formaciones políticas enemigos a los que abatir.

Casa mal con la tradición liberal convertir a un líder político en un Dios en la tierra

Cuando la gran oportunidad de influir y cambiar el curso de la política española con sus 63 diputados en las elecciones de 2019, quedó demostrado que el liberalismo de Cs era solo teórico, aunque fuera percibido como real por sus votantes. El encargo que el partido recibió de modular la política española desde la moderación y las nuevas formas fue interpretado por Albert Rivera como un cheque en blanco para impedir la gobernabilidad de España y convertir en enemigos a los que abatir al PP y al PSOE.

Pero hay más elementos que cercenan el liberalismo de Cs. La aceptación de los votos de la ultraderecha para la configuración de gobiernos autonómicos tras el último ciclo electoral demuestra que sus convicciones son ciertamente volátiles. Como tampoco casa muy bien con el liberalismo la facilidad con que el partido naranja convierte en enemiga de España a cualquier formación política que no comparta a pies juntillas su visión de la configuración territorial del Estado.

Foto: La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. (EFE) Opinión

La historia reciente demuestra que había espacio para un partido liberal en España. Ahora que de manera unánime se cantan las exequias de Cs, vale la pena recordar la alta volatilidad en que se mueve el mercado de la política y cuán atrevido resulta hacer pronósticos taxativos sobre el futuro. Pero al mismo tiempo hay que ser realistas y no andar con paños calientes para referirse al verdadero estado de salud de Cs: está con respiración asistida y no hay motivos para avalar una mirada optimista sobre su porvenir. La reivindicación liberal de Cs del fin de semana tiene un grave problema de credibilidad. Llega tarde y de la mano de personas amortizadas, como es el caso de Inés Arrimadas.

Si el liberalismo, de pobre tradición en España —al menos articulado políticamente de manera autónoma y no como familia integrante de un partido conservador o progresista—, ha de tener una nueva oportunidad algún día, es necesaria una puesta a punto más ambiciosa que no un encuentro de verano para soltar algunas proclamas y frases de telediario. Hasta ahora, el liberalismo de Cs ha sido de quita y pon. La formación nació antinacionalista para acabar siendo anti todo y finalmente dar tumbos por el tablero de la política sin ton ni son y sin saber exactamente en qué posición decidirse a jugar. Ahora juran lealtad eterna al liberalismo. Veremos cuánta verdad hay en la promesa y por cuánto tiempo.

Algo similar a la ley trans de la ministra Irene Montero, pero para escoger ideología en lugar de género, le vendría la mar de bien a Cs. Suena el despertador, siempre demasiado pronto, uno lo maldice, y tras desperezarse con el café decide qué es lo que quiere ser a partir de ese instante. Hoy liberal, mañana conservador, el otro socialdemócrata y el fin de semana ya se verá. Si para cambiar de género basta con ir al registro, para obtener un certificado ideológico es suficiente con montar un cónclave de fin de semana con 300 personas y afirmar con convicción que eres lo que dices ser. Yo mismo, por ejemplo, a partir de mañana seré guapo, atractivo, listo, inteligente e incluso delgado. Y a ver quién es el guapo que me dice que no.

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