La única verdad que funciona hoy en la política o Artur Mas después del 27-S

Las campañas electorales contemporáneas están construidas a partir de un eje central, el que dibuja el riesgo. La catalana no es una excepción, y por eso se parece cada vez más a la situación griega

Foto: El presidente de la Comisión se reúne con la directora del FMI, el presidente del BCE y el presidente del Eurogrupo. (Reuters)
El presidente de la Comisión se reúne con la directora del FMI, el presidente del BCE y el presidente del Eurogrupo. (Reuters)

Debemos entender las campañas de otro modo. Reparamos en exceso en los mensajes, en las emociones, en los argumentos (o en su falta), pero los ejes reales, en torno a los cuales se rearticulan los elementos que las componen los solemos tomar como un añadido, y el caso catalán es un buen ejemplo. Ocurrió antes con Grecia, y ocurrirá en futuros comicios, empezando por las elecciones generales.

Semanas antes de que, en enero de 2015, las papeletas se depositaran en las urnas griegas, las advertencias de la Unión Europea, de la Comisión, de los partidos de derecha helenos y extranjeros a Syriza se fueron sucediendo: “Estáis prometiendo algo que no vais a poder cumplir”; “Lleváis al país a la catástrofe”; “Abocáis a Grecia a la ruina económica”. La idea de que la fuerza de la democracia sería suficiente para dar un giro a la política económica del país, que fue defendida por Tsipras hasta la saciedad, era el contrapunto a las proclamas europeas que les advertían de que, fuera quien fuese el elegido por las urnas, había una serie de condiciones que cumplir y que serían inevitables. Ese eje, el de lo que es posible y no es posible hacer, definió las sucesivas consultas, y fue paradójicamente útil para Tsipras, no sólo en esos comicios, sino en el posterior referéndum e incluso en la reelección del pasado domingo.

La catástrofe como telón de fondo

La política contemporánea lleva años regida por el riesgo, esto es, por las advertencias de que determinadas ideas, programas y visiones del mundo resultarían catastróficas si fueran aplicadas (como argumento en el libro Nosotros o el caos). En España hemos vivido estas situaciones con mucha frecuencia, como con el "España se rompe" o durante la crisis o con la llegada de Podemos. Las alarmas que desde actores políticos, institucionales o económicos se lanzaban acerca de que algunos programas políticos debían ser relegados a los márgenes del sistema bajo pena de cataclismo han sido moneda común en el debate social y lo continuarán siendo durante mucho tiempo.

El ejemplo de Tsipras es muy pertinente para saber cómo puede acabar esta confrontación

Lo que está ocurriendo en Cataluña estos días tiene que ver con esta tendencia y recuerda mucho aquellas campañas lanzadas para advertir a Tsipras de las consecuencias de sus promesas. Merkel, Obama o Cameron desde el exterior, y los bancos, la patronal y el presidente del Banco de España desde el interior, han señalado a los independentistas que su apuesta es ilusoria, puesto que carecen de margen de acción para llevar a cabo lo que están proponiendo.

Esta estrategia de presión, cuando el entorno está polarizado, no suele ser demasiado efectiva. Es cierto que las encuestas suelen equivocarse, y que en el caso catalán es probable que así esté siendo, pero el aumento de intención de voto que están viviendo esta semana los independentistas tiene que ver con esta presión exterior que pueden canalizar interiormente como intolerable intromisión de la España rancia y caduca en los deseos de liberación de Cataluña. Pero, al mismo tiempo, supone un marco que no puede ser pasado por alto. Eso es lo que está tejiendo verdaderamente la campaña, porque es el suelo en el que se asientan razones, sentimientos y posiciones: no le viene mal a Mas, y tampoco a Rajoy, ya que lo que pierde en Cataluña lo gana en España.

Alexis Tsiripas y Artur Mas. (Reuters)
Alexis Tsiripas y Artur Mas. (Reuters)

Los discursos y el poder

Pero confundimos a menudo los discursos y la realidad. Eso le pasó a Tsipras. En el terreno puramente técnico, es evidente que la posición que defendía junto con Varoufakis tenía buenas dosis de lógica. La Unión Europea había implantado sucesivos programas de rescate que cada vez arrojaban peores resultados, tanto en lo que se refiere a las condiciones de vida de los griegos como a la misma deuda, que no paraba de aumentar. Es evidente que había que hacer otra cosa, intentar otras fórmulas, en lugar de seguir por el camino que llevaría a un nuevo rescate dentro de otro par de años.

Pero el problema es que, por mucha razón que tuviera Tsipras, carecía del poder necesario para negociar a partir de términos racionales con sus interlocutores, que no sólo se negaron a escucharle sino que terminaron por castigarle por su desafío. Tsipras, con el disgusto de Varoufakis, que apostaba por continuar con el pulso cuando les cerraron el grifo del crédito, se encontró con que él seguía ganando en términos discursivos, donde contaba con argumentos, mientras que sus oponentes utilizaron medios de fuerza, de los que él carecía. El resultado es ya bien conocido: la izquierda europea deprimida, la derecha alterada, la situación política revuelta y los bancos satisfechos.

La realidad no tiene mucho que ver con los deseos de España y de Cataluña, sino con los aliados económicos y políticos internacionales con que se cuenta

Este es también el problema de Mas. Puede convencer a los catalanes de lo que quiera, incluso forzando los términos y realizando afirmaciones extrañas a derecho como que seguirán formando parte de la UE si se independizan, algo que otra voz más de la UE, el presidente de la Comisión Jean Claude Juncker, negó ayer. Mas puede señalar que económicamente las cosas irán mucho mejor sin España, que tienen inmensas posibilidades de desarrollo como país nuevo o lo que quiera proponer. Pero el terreno discursivo es una cosa, y el real, el del poder, es otra. Es importante entender que la realidad no tiene mucho que ver con los deseos de España y de Cataluña, sino con la clase de aliados económicos y políticos internacionales que podrían respaldar la aventura secesionista. Hoy el independentismo no cuenta con ellos, y mañana tendrá aún menos. No nos engañemos: si la comunidad internacional, y especialmente la europea, dieran su apoyo a Cataluña como país independiente, los españoles tendríamos poco que decir. Pero no es el caso: Mas no tiene ningún poder real, más que el del discurso y el de los votos que pueda conseguir en las urnas, que pueda oponer a sus adversarios. La cuestión no es qué propones, sino quién te respalda, y ahí el secesionismo tiene amigos poco importantes.

Sobre cómo puede acabar esta situación, Tsipras nos ofrece una buena pista. Ha ganado de nuevo en las elecciones, con bastante más holgura de la que aventuraban las encuestas, gracias a varios factores. Uno de ellos, quizá el decisivo, es que ha sabido aparecer ante sus conciudadanos como alguien honesto, sincero y auténtico que ha defendido a su patria hasta donde ha podido. Es alguien que cumplirá con lo ordenado por Europa y tratará de hacerlo del modo menos perjudicial posible, si es que ambas opciones caben en el mismo enunciado. Al igual que las democracias europeas consisten hoy en la gestión de la escasez de recursos, Tsipras se ha mostrado como un buen gestor de la derrota. Probablemente eso sea lo que le ocurra a Mas. Aparecerá ante los suyos como un hombre que se enfrentó a los poderes establecidos, con honestidad y valor, y que defendió la dignidad nacional, aunque no lograse su objetivo. Y eso puede servirle, si los suyos le dejan, para seguir al frente de Cataluña.

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