El precio de la energía, el poder y tu posición como pardillo

El control de la necesidad es un mecanismo habitual para ganar dinero en nuestro sistema. Es el momento de que se ponga coto a estas prácticas lesivas

Foto: Bajan las temperaturas, suben los precios. (EFE)
Bajan las temperaturas, suben los precios. (EFE)

Hace un par de días se generó (en las redes, por supuesto) una polémica simpática entre partidarios de los nuevos y los viejos columnistas, a raíz de una entrevista con Quique Peinado en que atacaba el 'statu quo' imperante. El periodista criticaba a esa gente a quien, como Marías, nadie lee pero tiene mucho prestigio, mientras que sus seguidores alababan a un figura emergente, la del columnista joven, que tiene seguidores en la red y que, al trabajar en la prensa digital, sabe positivamente que lo que hace es aceptado por el público. Unos dirigen sus columnas, que no interesan a nadie, al 'establishment' periodístico, cultural y político, y los otros, libres de esas deudas, cuentan cosas que de verdad atrapan al lector: algo así como “mis columnas se leen”.

[Lavadora, vitro, radiador... lo que le costará utilizarlos con el precio de la luz disparado]

Este planteamiento, que tiene parte de razón, probablemente pone el acento en el lugar equivocado. Sin duda, es un argumento que a los dueños de las empresas periodísticas les puede agradar, pero si echamos un vistazo a la lista de noticias más leídas en todos los medios, quizá lo más interesante no sea lo más popular. “Lo mío vende más” no es un argumento definitivo cuando se trata de valorar la calidad o la relevancia de lo que se produce.

Los nuevos columnistas están virando hacia un divertido pero inane costumbrismo que es útil para que sus escritos circulen a través de las redes

Pero, en segundo lugar, y esto es lo importante, el giro que está en marcha no es el más recomendable socialmente. Porque es cierto que muchos de los columnistas con prestigio lo único que hacían era ratificar lo que el poder quería que se contase, pero los nuevos están virando hacia un costumbrismo polemista que es útil para que sus escritos circulen a través de las redes, pero que tampoco sobrepasa ese ámbito. Y el asunto de la subida de los precios de la energía en días de frío es un buen ejemplo.

Justificaciones y anécdotas

Normalmente, los columnistas antiguos solían justificar esas decisiones señalando que quizá podían darse excesos, pero que el sistema era el más apropiado y, en última instancia, el más justo y mejor para todos. Los nuevos se mueven más en el mundo de las anécdotas, ya sean divertidas o trágicas, y evitan la reflexión de fondo. Pueden atacar al Gobierno de turno o incluso a las eléctricas, pero lo que suele faltar es lo esencial: el contexto en el que estos hechos se producen, las lógicas que los animan y las consecuencias que nos generan.

Nuestro sistema parece una versión a gran escala del tipo que te vende agua en el desierto a precios estratosféricos cuando te mueres de sed

El capitalismo actual (que es diferente de los capitalismos del pasado, pero también del que nos espera a la vuelta de la esquina) es en muchas de sus prácticas una versión a gran escala del tipo que te vende agua en el desierto, cuando estás sediento, a precios estratosféricos. Ese es el sentido último de una lógica que lleva a que el precio de abril del año pasado por Kw/h fuera de algo más de 20 euros y ayer haya alcanzado más de 90. Cuando un bien es necesario, y por tanto se tiene la certeza de que la gente va a pagarlo, y que además se consumirá en mayores cantidades, se cobra mucho más caro. Como la energía es un oligopolio, al igual que ocurre en la mayoría de los sectores económicos de nuestra sociedad, tampoco se encuentran opciones alternativas disponibles. El negocio es siempre rentable: un público cautivo al que se le fijan los precios.

No es un mecanismo que quede restringido a un ámbito concreto. Anteayer, publicábamos un informe de la OCDE acerca de los precios de las medicinas en el que se detallaban prácticas tejidas por el mismo patrón. Si un medicamento para la leucemia funciona, se cobra carísimo, aunque cueste muy poco fabricarlo. Al fin y al cabo, si estás enfermo, pagarás lo que sea por curarte, ¿no? El aumento de los precios en salud tiene que ver con esta lógica, que desvincula por completo el coste y el precio final y atiende mucho más al grado de necesidad del demandante y al grado de control sobre la solución.

Un poder muy desigual

Esta disparidad de poder es la que está constituyendo gran parte de los beneficios de las empresas concentradas del capitalismo contemporáneo. Es simplemente eso, poder: tienen los recursos, tú los necesitas, y no puedes discutir sobre el precio. Eso es también lo que ocurre con las comisiones bancarias y tantas otras cosas, entre ellas la bajada de los salarios de los últimos años.

Deberíamos tomarnos mucho más en serio estas cosas, empezar a considerar el consumo como un hecho político y poner coto a estas prácticas

Esto no tiene que ver con la oferta y la demanda, algo que solo puede funcionar en condiciones de negociación relativamente libres, y tampoco con esa retórica según la cual al existir bienes escasos y una solicitud elevada de ellos los precios suben. Muchos de estos bienes no son escasos en absoluto, y producir más no incrementa automáticamente sus costes, a menudo incluso los rebaja. Tiene que ver con algo muy distinto, con el poder del que se dispone y con la posición que se ocupa, que es a menudo monopolística u oligopolística.

Deberíamos, pues, tomarnos mucho más en serio estas cosas, empezar a considerar el consumo como un hecho político y poner coto a estas prácticas. Al igual que sigue vigente una Ley contra la Usura en nuestro ordenamiento jurídico, cuyo objetivo era frenar este tipo de abusos ligados a la necesidad y a las posiciones desiguales, deberían implantarse normas que controlasen, suprimiesen y sancionasen este tipo de prácticas. Y cuando estas cosas pasan, echo de menos que viejos y nuevos columnistas ofrezcan algo de contexto real, se lea mucho o poco, agrade o disguste al 'establishment' o divierta poco o mucho al lector.

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