El gran problema de España: su clase media pollavieja

La clase media es todavía esencial en el mapa electoral de Occidente. Pero tanto las élites como la nueva izquierda cometen el mismo error que Clinton: la consideran lo peor

Foto: Ahí andan, gastando dinero en lugar de formarse. (Joaquín P. Reina)
Ahí andan, gastando dinero en lugar de formarse. (Joaquín P. Reina)

Joan C. Williams es profesora de derecho en UC Hastings. Ha trabajado toda su vida en temas de género, y acaba de publicar 'White Working Class', un libro que Arlie Hochschild califica como “un necesario 'Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus', pero referido a la clase social”. El texto es más que interesante, por su capacidad de observación, porque recoge apuntes incisivos sobre la mentalidad social más extendida, y porque señala los motivos de la debacle demócrata en las elecciones presidenciales. Su obra es una buena pista para entender por qué un presidente claramente inadecuado como Trump ha logrado llegar a la Casa Blanca y todo lo que hicieron sus oponentes para ayudarle en esa tarea.

Entre otras cosas, Williams describe cómo la élite estadounidense comenzó a diagnosticar a la mayoría de gente de su país como enferma de estupidez, vaguería y desidia. Eran como esos niños adictos a los videojuegos que un día se despiertan adultos: como no se prepararon, ahora se han quedado sin opción de futuro. Y los peores de todos eran los pertenecientes a la clase trabajadora blanca, personas de mente estrecha, sexista, racista e ignorante, ese tipo de lacra que avergüenza a un país moderno. El problema fue que los demócratas, cuyos dirigentes también pertenecen a la élite, se sinceraron en exceso y dijeron a la gente lo que pensaban de verdad: “¿Cómo no vais a votar a Trump, paletos? Si sois igual de patanes que él...”. Y efectivamente, les hicieron caso y “votaron con el dedo corazón”.

La clase media encarna valores caducos, su mentalidad es retrógrada y vota a la derecha; en síntesis, es una clase pollavieja

'White Working Class' traza un retrato penetrante de esa parte sustancial de la población cuyo capital electoral es decisivo. Sin embargo, Williams hace una puntualización importante al inicio del texto: cuando habla de 'clase trabajadora blanca' no se está refiriendo a los 'rednecks' ni a los 'hillbillies', sino a la clase media, a ese estrato que no pertenece al 20% que conforma la élite, ni tampoco a los estadounidenses pobres. La clase que ocupa el lugar más bajo de la pirámide social parece estar ausente del concepto que Williams tiene de la 'working class', aunque no de su aplicación práctica: muchos de los argumentos que emplea son parecidos a los que explicaban por qué los pobres estadounidenses habían votado a Trump.

Cada uno a lo suyo

El uso del concepto 'clase media' en nuestra época es peculiar porque, como demuestra el empleo que de él hace Williams, cada campo político lo sitúa en el terreno que más le conviene. La élite, cuando utiliza esta expresión es para referirse a la clase media alta. Un uso similar se da entre la prensa económica, especialmente la anglosajona. La izquierda, sin embargo, cuando se refiere a ella suele situarla del lado de las élites: su mentalidad es retrógrada, encarna valores caducos y es, por tanto, un reducto propio de la derecha. En síntesis, es una clase pollavieja.

Se quedan dormidos en el sofá con el Tour, les gustan la música y el cine de antes y odian a los emigrantes, a las mujeres y a los jóvenes

'Pollavieja' es un término despectivo que se puso relativamente de moda, al menos en las redes, a raíz de su utilización política. No designaba un tipo concreto de persona, sino más bien a toda una especie: son los favorecidos, los que tuvieron las cosas fáciles, los que hicieron fortuna cuando todo soplaba a favor y ahora se resisten a irse, los que ganan más dinero que tú, los que se quedan dormidos en el sofá con el Tour, a los que les gustan la música y las películas de antes, los que odian a los emigrantes, a las mujeres, a los jóvenes y a la España plurinacional. En definitiva, pollavieja y clase media blanca española son sinónimos si excluimos a los 'millennials'. Porque los hijos de las capas medias parecen no pertenecer a ningún estrato social: son precarios, investigadores que salen fuera porque España les expulsa o chicos brillantes que montan nuevos partidos políticos, pero no clase media.

El espejo de todos los males

Lo curioso es que las estrategias discursivas de los demócratas, de la nueva izquierda y de las élites coinciden. La clase media se ha convertido en un espejo que refleja y explica los defectos de una sociedad. Es el emblema de lo viejo, lo anticuado y lo obsoleto; es la responsable de que todo vaya mal porque en lugar de aprovechar las grandes opciones de nuestro tiempo prefiere seguir varada en una mentalidad estrecha que termina por frenar los indispensables avances sociales.

Esa es la clase media, un pozo del que ya no hay salida si se han cumplido los 40 años. Con esta gente es imposible construir una 'startup nation'

Las élites no solo se mofan de sus gustos, de su estilo a la hora de vestir o de que disfruten tomando cerveza acompañada de tapas grasientas en el bar de toda la vida, sino que la señalan como el mayor problema de nuestra época. Si un país como España o como Francia no cambia, no se pone a la altura de los tiempos, es porque sus nacionales se resisten a abandonar su caduca mentalidad. No quieren reformas, sino vivir del Estado. Pretenden que sus trabajos sean estables, que la Seguridad Social funcione y que sus hijos tengan mejor futuro que ellos. Y se niegan a actualizarse: no son tecnológicos, no son proactivos, insisten en atarse a sus raíces en lugar de probar suerte por el mundo, valoran la familia y tardan en asimilar la innovación. Esa es la clase media, un pozo del que ya no hay salida si se han cumplido los 40 años. Con esta gente es imposible construir una 'startup nation', ese pujante y refulgente Estado que destaque por su talento y su tecnología, como quiere Macron, un líder visionario.

El trap

La izquierda activista también reivindica la innovación (social), quiere una democracia verdaderamente horizontal y pretende un cambio cultural. Y ha empezado por las expresiones populares, esas que han sido sojuzgadas por el heteronormativismo blanco. Donde realmente hay que poner el acento, lo que hay que valorar, son las expresiones culturales de las clases populares y de las minorías. ¿Qué escuchan, trap y reguetón? Toda música que no sea esa es clasista. ¿Qué ven, 'MhyV'? ¿'Realities'? ¿'Sálvame'? Esos son los programas que deben reivindicarse frente a una clase media opresiva que los tacha de telebasura. ¿Qué comunicadores les gustan? ¿Pablo Motos, Cárdenas? Pues eso es lo que hay que buscar, una estrella de la tele que apueste por el pueblo.

Se meten con los 'canis' porque son las clases populares reales y porque saben que son el futuro político de la clase obrera

Esta deriva extraña se acentuó tras 'Chavs', de Owen Jones. Cuando el británico señaló a los 'canis' como el referente en el que se apoyaba la derecha para criminalizar a la clase obrera, los jóvenes intelectuales de izquierda actuaron reactivamente: si se metían con los 'chavs', es porque molaban. Los jóvenes de barrios deprimidos que ni estudiaban ni trabajaban, aficionados a las prendas de marcas falsas y a mostrar sus músculos, pasaron a ser la fuerza del futuro de la clase obrera. Pero esta glorificación de lo popular (y de lo popular tal y como había sido definido por las élites) no podía funcionar si no se troleaba al mismo tiempo a las clases medias, que son las que clamaban contra ellos, presas de su mentalidad pollavieja.

¿Algo que reprochar?

El problema es que esta visión del mundo no responde a la realidad. Gran parte de la clase obrera actual comparte mentalidad con la vieja clase media. Quieren un trabajo decentemente pagado, que sea estable, contar con opciones reales de establecer su propio proyecto vital. Les gustaría además que sus hijos, los que tienen o los que tendrán en el futuro, dispongan de un mejor nivel económico que el suyo. Su objetivo no es viajar a países lejanos para ganarse allí la vida, sino tener una buena aquí. Quieren algo de estabilidad en un mundo demasiado móvil e inseguro. ¿Algo que reprocharles? La cuestión es que el populismo de derechas ha entendido esto bastante bien y por eso se ha convertido en la fuerza que ha luchado con cierto éxito electoral contra el liberalismo globalizado.

Cualquier iniciativa política la necesita para provocar cambios. Y tratan de sumarla a sus filas con el desprecio, la condescendencia y el insulto

No es extraño: para conseguir esa estabilidad que anhelan deberían producirse grandes cambios económicos y sociales, y el futuro parece dirigirse a pasos acelerados hacia el aumento de diferencias sociales en lugar de hacia su reducción. De modo que, cada vez más, serán opciones poco amables con el sistema las que recojan estos deseos.

En todo caso, esta clase media, o media trabajadora, o trabajadora, o pollavieja, que es el problema para las élites y para la nueva izquierda, es también parte de la solución, desgraciadamente para ellos. Cualquier iniciativa política o sociopolítica necesita pasar por ella para contar con el apoyo imprescindible para generar cambios. Y ante este reto, no se les ocurre (a unos y a otros) mejores modos de sumarla a sus filas que el desprecio, la condescendencia y el insulto. Al final va a ser cierto y la clase media es el entorno en el que mejor se aprecian los vicios de la sociedad: pero porque reflejan los de aquellos que los enuncian.

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