Los nuevos intelectuales de Prisa y el peligro que encierran para el PP

En los últimos años, los pensadores no han instigado los cambios sociales. Los polos de influencia son otros. Pero hay una excepción que puede ser importante a medio plazo

Foto: El editor de 'Politikon', Pablo Simón. (E. M./EFE)
El editor de 'Politikon', Pablo Simón. (E. M./EFE)

El poder en España está recomponiéndose. Quizá no se hayan producido cambios significativos en su estructura en los últimos años, pero sí se ha visto obligado a hacer algunos ajustes. La irrupción de Podemos significó un aldabonazo que activó al 'establishment', y la aparición de Ciudadanos hizo pensar a las élites que otros actores podrían sustituir a los que hasta entonces habían gestionado el poder político. En Europa está ocurriendo algo similar, solo que aquí llegó antes, y quizás ahora estemos en la segunda fase.

Afirmaba Dani Rodrik que políticamente habían existido dos corrientes en Occidente: la derecha abogaba por el libre comercio, la reducción de impuestos, la concentración de empresas y la bajada de salarios, y la izquierda también, solo que añadía que debía invertirse en educación, habilidades e infraestructuras. Así fue hasta que llegaron los populismos, que han mezclado elementos de procedencia diversa y que ofrecen prácticas proteccionistas y más seguridad a sus nacionales, y la extrema derecha, estilo Tea Party, que es ultraliberal y xenófoba. También han existido otras combinaciones, como la de Portugal, pero no son mayoritarias. Lo que sí es probable es que veamos nuevas opciones, como la de Chequia, en el futuro cercano.

En España, los intelectuales oficiales, desde Muñoz Molina a Vargas Llosa, siguen estando ahí y copan actos oficiales, premios y demás

Hasta ahora, los cambios han sido notables. Ha habido muchos líderes políticos que han dejado su carrera por el camino, así como viejas formaciones. Partidos socialistas como el francés o el alemán están desaparecidos o perdidos (“tenemos que pensar qué hemos hecho en los últimos 15 años”), y Clinton, Miliband y tantos otros han sido arrastrados por los vientos de la historia.

Los viejos cascarrabias

Pero en todos estos procesos, los intelectuales han estado desaparecidos. En un momento de grandes transformaciones, en que tradicionalmente han florecido, su presencia ha sido entre escasa y nula. En España, los intelectuales oficiales, esos que cobijaba Prisa, desde Savater a Muñoz Molina pasando por Vargas Llosa, siguen estando ahí y copan actos oficiales, premios y demás. Pero están lejos del nivel de influencia social del que gozaron, y son mucho más citados por sus troles de Twitter que por sus seguidores. Algunos, como Pérez-Reverte o Marías, son considerados como los perfectos representantes de los 'grumpy old men', los viejos cascarrabias.

Firman manifiestos y escriben artículos que son alabados en su círculo y criticados en redes, pero ya no son influyentes socialmente

En realidad, y este es un gran problema español y europeo, estamos dominados por una intelectualidad oficial anquilosada, viejay no solo por edad—, cuya función consiste en ratificar las posiciones del poder de una manera más o menos lustrosa. Se les invita a actos, hacen algún artículo que es alabado en su círculo y criticado en redes y reciben atención de los medios oficiales, pero han perdido el contacto con la sociedad y el ascendente que se les suponía. Existen otros intelectuales, pero son poco visibles, y la falta de recepción los suele llevar a refugiarse en ámbitos reducidos, pequeños nichos que tienden a cerrarse sobre sí mismos. Sus ideas tampoco conectan con la sociedad, entre otras cosas porque no se conocen.

Los intelectuales reales

Eso no significa que no existan figuras que condicionen la opinión pública. Los centros de influencia real en los últimos años han sido los consultores, que tenían conexión directa con los núcleos de poder, los economistas y algunos periodistas, con los tertulianos entre ellos. Los intelectuales universitarios se pasaron a la política, ese fue el caso de Podemos, y eligieron operar a través de los medios de masas. Y después están las redes: importa mucho más en el 'procés' lo que diga Rufián en Twitter que cualquier otra cosa.

Los intelectuales salidos de la Juan March son más técnicos que pensadores y representan una expresión más moderna del 'establishment'

En estos años, ni la cultura ni la universidad han producido figuras de referencia para el debate público, salvo una excepción, que es muy reveladora. Hay un núcleo de expertos ligados a la Fundación Juan March y a su Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales, ahora recolocado en la Carlos III, que está cobrando un curioso peso. Es el caso de José Ignacio Torreblanca, jefe de opinión de 'El País', Víctor Lapuente, Lluís Orriols y Jorge Galindo, el de 'Politikon', ese grupo de politólogos en el que estaban Pablo Simón, Kiko Llaneras o Jorge San Miguel, con los que han establecido fuertes vínculos a través del Carlos III-Juan March Institute of Social Sciences.

Los números, no las palabras

Más que un modelo de pensamiento, proponen una forma de abordar los problemas. Salieron de una fundación que se jactaba de ser la más rigurosa en ciencias sociales por estar ligada a la cuantificación, al uso de gráficos y mediciones y a los números más que a las palabras. Ocupan ese espectro de ciencias estandarizadas que ha tomado el individualismo metodológico como su guía y que conecta con la ortodoxia internacional. Son más técnicos que pensadores y representan una expresión más moderna del 'establishment'. Son su 'think tank'.

No es extraño que el grupo de la March haya encontrado acomodo en un medio tradicionalmente socialdemócrata que ha girado hacia la derecha

Su espacio político, en el que nacieron, era el de la socialdemocracia centrista, la de Solana, Almunia y demás, pero ahora tampoco encuentran demasiado hueco en un espectro ideológico que, sometido a tensiones, está muy débil o girando hacia la izquierda: dado que aquí y en Europa han aparecido nuevas formaciones que les estaban quitando sus votantes, se han visto obligados a dar un volantazo para no caer en la irrelevancia o desaparecer. No es extraño, pues, que el grupo de la March haya encontrado acomodo en un medio tradicionalmente socialdemócrata que ha girado hacia la derecha: son su complemento. Y tampoco lo es que alguno de sus integrantes abandonase 'Politikon' para trabajar en Ciudadanos.

El centro y la derecha

El espacio que representan, el que está un poco más al centro del PP y a la derecha del actual PSOE, puede ser una fuente de votos, porque permite arrastrar a seguidores desencantados de los populares y de los socialistas. Ciudadanos intentó ocuparlo en las elecciones generales, con resultados moderados. Tras el nombramiento de Rajoy, lo de Rivera tenía mala pinta, porque ser el partido pequeño que apoya al que gobierna suele llevar a la ruina en los siguientes comicios. Pero estos tiempos son diferentes, y Cataluña ha permitido a los naranjas elevar sus expectativas.

Rajoy y los suyos pueden llegar a ser vistos por las élites como un problema y no como una solución, y ahí estará Ciudadanos para recoger lo que caiga

La conexión entre 'El País' y el grupo de la March no es importante de por sí, y puede ser coyuntural, pero resulta significativa en tanto refleja cómo el diario con más lectores de España está dando espacio a esa opción 'centrista'. Quizás esta sea la operación, ignorar al PSOE y apostar por actores emergentes que algún día puedan jugar el papel que Renzi cumplió en Italia o, en otro sentido, Macron en Francia, cuando el viejo 'establishment' se había resquebrajado. Una alianza que permite unir en el mismo terreno político, el del globalismo liberal, a partes del PSOE y del PP podría resultar, porque existe espacio para ellos en la sociedad española, y porque además entre las élites su líder, Rivera, está bastante bien considerado. Si es así, y a juzgar por la simpatía con que se suelen recibir las propuestas de Rivera en muchos medios, quizás el PP, comido por los escándalos de corrupción y más desgastado de lo que parece, debería comenzar a guardarse las espaldas, porque puede llegar el momento en que Rajoy y los suyos sean vistos por las élites más como un problema que como una solución, y ahí estará Cs para recoger lo que caiga de la mano de esta unión entre liberales de un lado y de otro. Al mismo tiempo, ese ascenso de Ciudadanos también sirve al 'establishment' para presionar al PSOE, advirtiéndole de que no solo está perdiendo voto por la izquierda, sino que el centro se le puede escapar y más si se empeña en políticas demasiado progresistas. Desde luego, el momento de asaltar al PP no ha llegado todavía y no se producirá a corto plazo, pero la tendencia sí ha comenzado a manifestarse, y los nuevos expertos de 'El País' son buena muestra de ello.

Se buscan fundamentalmente personas que ratifiquen las posiciones del poder, y para ese objetivo los comunicadores son mucho más útiles

Sin embargo, las cuitas locales no pueden hacernos perder de vista un asunto más importante, como es el papel de los intelectuales. Desde la izquierda posmoderna, se les ha denigrado porque no eran más que individuos elitistas que imponían su palabra por encima de la gente, que ejercían la representación sin que nadie los nombrase y que, por tanto, resultaban potencialmente opresores. Desde el 'establishment', cada vez se tiene menos confianza en quienes vienen del mundo de la cultura o del pensamiento: se buscan fundamentalmente personas que ratifiquen las posiciones del poder, y para ese objetivo los comunicadores son mucho más útiles, así como los profesores universitarios cuantitativos que aportan como prueba de verdad un puñado de gráficos, como si estos contuvieran irremediablemente la verdad. En ese contexto, el intelectual, una de cuyas misiones es ser crítico, está abocado a sufrir. En nuestros tiempos no hace falta proscribirles: basta con convertirles en invisibles. Los intelectuales deben regresar a la escena pública y han de generar nuevos espacios, nuevas ideas y nuevas perspectivas. Pero para conseguirlo tienen que realizar una tarea previa, la de salir de la invisibilidad a la que están sometidos, algo que deben entender como un elemento netamente político.

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