Por qué gana China en la pandemia: el mensaje para el PSOE, PP y Alemania

La recuperación china de los efectos del coronavirus está siendo rápida, mientras en Occidente se inicia la segunda ola. Pero es normal si se repara en las distintas reacciones

Foto: El presidente de China, Xi Jinping. (Reuters)
El presidente de China, Xi Jinping. (Reuters)
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En abstracto, lo que nos está ocurriendo parece diáfano. Hay una epidemia que ha infectado a gran cantidad de personas, y a un porcentaje de ellas, nada desdeñable, de manera gravísima. Como consecuencia, la economía se ralentiza brutalmente, lo que provoca efectos muy serios en una situación ya endeble. La lógica, pues, marca un primer enemigo que combatir, el virus, de modo que se evite el mayor número posible de muertes y de enfermos. El segundo objetivo consistiría en actuar para que, una vez controlado el problema sanitario, la economía pueda activarse de un modo vigoroso.

Lo que hizo China ante una amenaza que podía afectar a grandes cantidades de población, dado que son 1.400 millones de habitantes, y que podía dañar gravemente su economía, en ese momento pujante, fue entender la relación directa: si se acababa con el enemigo, el virus, las infecciones no se extenderían y los daños, incluidos los económicos, quedarían limitados.

El factor esencial

Occidente reaccionó de otra manera. Entendió que no se podía acabar con el virus y, por tanto, la estrategia debía ser de contención y convivencia. Tras los primeros momentos, los del confinamiento, se optó, con mejor o peor suerte según los países, por hacer equilibrios entre los aspectos sanitarios y los económicos. El resultado final lo estamos comenzando a ver: China apenas tiene casos y su maquinaria productiva se ha reactivado, mientras Occidente vive una segunda ola que amenaza con ser contundente y sin que tampoco se atisbe una solución más o menos rápida.

En lugar de combatir el virus y sus consecuencias, se ha priorizado la búsqueda de culpables

Todo esto lo sabemos, y ha sido explicado de distintos modos, también políticos, pero quizá se ha prestado poca atención a un aspecto fundamental en el manejo de la pandemia, y que constituye el núcleo de la reacción de Occidente. En todos los países, uno tras otro, la reacción ha sido mucho más política que sanitaria o económica: en lugar de combatir el virus y sus consecuencias, se ha priorizado la búsqueda de culpables. El objetivo parecía mucho más señalar a los responsables en última instancia de los males que arreglarlos.

España como ejemplo

Desde luego, en España esta ha sido la constante: los muertos eran culpa de Sánchez, la economía se hundía a causa de Sánchez y de Iglesias, y tantas otras afirmaciones de desprecio que aparecieron en la época del estado de alarma. Ahora el asunto parece haberse dado la vuelta, y el PP se ha colocado en el centro de las críticas por su manejo absurdo de la situación en la Comunidad de Madrid, y los argumentos que se utilizan contra los populares son muy semejantes a los empleados antes con el Gobierno de la nación.

Una vez más, se actúa como si se pensara que, acabando políticamente con los rivales, los problemas se solucionarán por sí mismos

Llegados a este punto, parece que ya nos hemos olvidado del virus y de la economía, y todo se centra en la política: es la renovación del CGPJ, la Gürtel, las reacciones del Gobierno español y del de la Comunidad de Madrid, la monarquía o la república, las declaraciones exageradas de aquí y allá, y tantos otros asuntos que parecen extraídos de la época anterior a la pandemia, solo que exacerbados en su hostilidad. Pero todo forma parte de lo mismo, esa incapacidad para asumir el momento en el que estamos. Se ha colocado el foco en aquello que parece lo crucial: atribuir la responsabilidad a los otros. Una vez más, se actúa como si acabando políticamente con los rivales, los problemas se solucionaran por sí mismos.

Pasa igual en todas partes

No es un defecto español, sino algo generalizado; comenzando por EEUU, donde el grado de tensión entre facciones políticas rivales continúa aumentando peligrosamente. Se le suele llamar polarización, pero va mucho más allá. Es la incapacidad de cambiar el paso y de hacer frente a los problemas reales Es, en fin, como si la pandemia fuera cosa de los secuaces del diablo: Trump señala a China a los demócratas, estos a Trump, otros a Sánchez y el totalitarismo bolivariano, otros al fascismo de Vox o al populismo salvinista o a las tentaciones comunistas, o cualquier otra fuerza que pueda ser vendida como maligna.

Afirman que nuestra economía no puede salvarse por sí sola, y por suerte la UE nos ha 'prescrito' un plan de recuperación

Podría argumentarse que hay países inmunes a estas peleas, como Alemania, pero no es así. Allí también funciona, solo que de otra manera. ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’, el diario alemán de referencia en el ámbito liberal conservador, ha publicado un artículo en el que criticaba duramente a España e insistía en que, si bien no somos un Estado fallido, estamos cerca. El virus, afirmaba el texto, ha golpeado a un Estado debilitado y bloqueado por conflictos no resueltos y en el que la inestabilidad impide las reformas necesarias. Nuestra economía, la cuarta de la eurozona, no puede salvarse por sí sola, y por suerte la UE nos ha “prescrito” un plan de recuperación para que hagamos la tarea que no sabemos hacer por nosotros mismos. Otra cosa es que seamos capaces de llevarlo adelante porque a los españoles nos falta perseverancia, unidad y eficiencia para realizar esta tarea.

La superioridad moral

El telón de fondo de todo esto lo ha explicado de una manera bastante precisa Wolfgang Münchau en una certera columna, en la que afirma que “la principal característica de la mentalidad del norte europeo no es la frugalidad. Es un sentido de superioridad moral derivado de la ética del trabajo protestante. Todas nuestras disputas sobre política económica quedan subsumidas en esto”.

Si a los países del sur les va mal es porque han pecado, y mientras no arranquen el mal de sus corazones, no podrán solucionar sus problemas

Esa superioridad moral que se deja traslucir en la mirada de los liberales y conservadores alemanes, igual que en sus socios norteños, nace del mismo impulso, de esa mirada calvinista que reconocía la predestinación en el éxito: si te iba bien, si eras rico, era fruto de tu conexión con la divinidad; la salvación no llegaba por tus actos, sino que cómo te iba en la vida era consecuencia de haber sido elegido por el señor. Ahora ya no recurren a la trascendencia, pero el marco de pensamiento es el mismo. Si a los países del sur les va mal es porque han pecado, y mientras no arranquen el mal de sus corazones no podrán solucionar sus problemas. Somos derrochadores, vagos, pendencieros, incapaces de ser eficientes, en fin, y si no doblegan ese carácter, nada podrá arreglarse.

Lo sorprendente

En esta afirmación hay dos cosas sorprendentes. La primera es cómo buena parte de nuestras élites están de acuerdo con esas afirmaciones a pesar de que les perjudican (quizá no terminan de ser conscientes, pero ellas también quedan incluidas en esa lectura). La segunda es la capacidad norteña, pero especialmente alemana, para evadir su responsabilidad. Por decirlo en términos kitsch, un gran poder conlleva una gran responsabilidad, ¿no? Pues el poder ha sido alemán durante todos estos años en la Unión Europea y no han estado a la altura.

En lo económico, el liderazgo alemán de la UE ha generado muchos más problemas que soluciones

En términos de cohesión, su dirección resulta francamente mejorable, porque la UE es muchas cosas, pero desde luego no es una; cada país suele mirar exclusivamente por sus intereses. En lo económico, su liderazgo ha generado muchos más problemas que soluciones. No hay más que leer lo que describían Michael Pettis y Matthew Klein sobre la evolución alemana y la española para entender la magnitud de sus errores. Echad un vistazo. Políticamente han sido incapaces de dar un impulso a la integración europea, y no solo por las obvias dificultades, sino por la falta de voluntad del país motor de la UE. Su acción en el inicio de la pandemia fue un desastre, y el fondo de recuperación que ha vendido como el momento hamiltoniano no solo muestra una enorme pobreza de miras, sino que promete mucho más de lo que concede, entre otros factores.

“Una conclusión ilusoria”

De modo que, no nos engañemos, la salida económica de esta crisis terminará siendo como la de 2008, y los Schaüble de turno reaparecerán para disciplinar a los malvados del sur. Porque, en el fondo, esto no va de arreglar los problemas sistémicos de Europa, y ni siquiera los coyunturales, sino de encontrar culpables. En lugar de poner soluciones, se castiga a los malvados; el mal se combate con armas punitivas.

Hay otra manera de verlo. Münchau lo expresaba en términos bastante razonables. Este falso sentido de la superioridad moral, y que, por tanto, autoriza a castigar, arrastra a “una conclusión ilusoria: que no necesitas a los demás tanto como ellos te necesitan a ti”.

Hay un factor que destaca en el éxito chino con la pandemia: se dedicaron a combatir el virus en lugar de a buscar a quién culpar

Si en lugar de blandir la espada para exterminar al diablo fueran capaces de pensar en términos comunes, de entender las dimensiones de esta pandemia, de comprender el difícil momento europeo, y de aprovechar la ocasión para fortalecer Europa, trazar un plan de recuperación real, impulsar el nivel de vida de sus habitantes y la economía real de la eurozona y convertir la región en de verdad relevante en el mundo, las cosas serían muy distintas. Esa falta de comprensión de un hecho obvio, que opera tanto a nivel nacional como europeo, que nos necesitamos unos a otros, tiene consecuencias graves.

Mientras tanto, China va hacia arriba. Hay distintos factores que explican ese abordaje certero de la pandemia, y se puede aludir a su régimen político, a los rasgos culturales de sus nacionales, a la acción expeditiva o a contar con todo el material disponible porque son la fábrica del mundo, pero uno destaca por encima de los demás: los dirigentes chinos tuvieron claro cuál era el enemigo y se dedicaron a combatirlo en lugar de enzarzarse en la búsqueda de culpables. Nosotros no, y así nos va.

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