Cuando Madrid era la vergüenza de Europa y Asturias una aldea gala

Desde marzo hemos aventurado tantas hipótesis erróneas que la población empieza a desconfiar de los expertos. Pero no es un problema epidemiológico, sino epistemológico

Foto: Cascos anti-covid en Nueva Delhi (Reuters)
Cascos anti-covid en Nueva Delhi (Reuters)

A principios de verano aplaudíamos la gestión israelí, basada en la "inteligente asesoría" de un grupo de matemáticos. En septiembre, con los contagios disparados, Israel era el modelo de todo lo que no había que hacer, como por ejemplo abrir las escuelas. Hoy, dos meses después, hay un cierto consenso en que el riesgo de abrir las escuelas es asumible.

A finales de abril, el canciller austriaco, Sebastian Kurz, propuso crear un grupo de trabajo con todos los "países inteligentes", una alianza de estados pequeños y eficaces en la lucha contra el virus. Ahora varias de estas naciones -como la República Checa- presentan las cifras de incidencia más altas de Europa. Y Kurz ha tenido que decretar un confinamiento casi total de su país.

En septiembre, España era la vergüenza de Europa y Madrid la vergüenza de España. Pero existía una aldea gala, Asturias, donde todo se había hecho bien. Dos meses después, los hospitales asturianos son los que más problemas tienen, mientras que la incidencia en Madrid está entre las más bajas del país.

Se podrían escribir un libro entero enumerando ejemplos similares. Y se podrían aderezar con todas esas irresistibles hipótesis con las que intentábamos -y seguimos intentando- explicar por qué a unas regiones les va mejor que otras: explicaciones genéticas, climáticas, por la estructura familiar, por los bares, por los abrazos, por la forma de saludarse, por el civismo y la falta de civismo, por los dirigentes políticos, por el sistema hospitalario, por las relaciones sociales, por los jóvenes, por los mayores, por las manifestaciones, por las mascarillas, por el transporte público, por el urbanismo, por…

Estamos viviendo una embriaguez mareante que perjudica a la ciencia por desconocimiento de lo que es la ciencia

Quizá sea conveniente alternar más a menudo la epidemiología con la epistemología, la disciplina que trata de definir los límites del conocimiento humano. “¡Bienvenidos a la complejidad de lo real!”, saluda Jeremy Mederos, presidente de la Asociación de Epistemología de la Universidad Complutense. “Estamos viviendo una embriaguez de información mareante que perjudica directamente a la ciencia por desconocimiento de lo que es la propia ciencia, la naturaleza y los límites del propio conocimiento humano”.

Mederos dice que estamos en el centro de un fuego cruzado, de una pugna de discursos “con una tremenda urgencia por explicarse”. El virus, insiste, "nos ha puesto frente al abismo de la incertidumbre" y no lo estamos llevando bien. Exigimos explicaciones y soluciones inmediatas, sin esperar al “lento procedimiento científico” que tiene que confirmar con sumo cuidado cada una de sus hipótesis. Forzamos conclusiones y luego nos decepcionamos, provocando una frustración que empeora la situación porque nos hace desconfiar del propio conocimiento científico. El proceso se repite estos meses una, dos, mil veces: primero sobrecalentamos la maquinaria del conocimiento y después la despreciamos.

Lo único que sabemos que funciona es encerrarse: cuantas menos interacciones sociales, más rápido se frena el virus

El epistemólogo también cuestiona la obsesión actual por el ‘big data’ y la arrogancia de los modelos matemáticos que intentan predecir con unas pocas variables fenómenos que, como la transmisión de un virus desconocido en una sociedad compleja, dependen en realidad de cientos o miles de variables. Más incluso de las que somos capaces ya no de medir, sino de imaginar. “Estamos sobre un nuevo giro dataísta, el big data como argumento. La interpretación de estos datos que se ven desbordados por la realidad, sumándoles que están atravesados por la urgencia mediática; te hacen preguntar, como afirma Slavoj Zizek ¿Dónde finaliza la fantasía y dónde empieza lo real? ¿dónde terminan los hechos y dónde comienza la ideología?”.

De vuelta a las ciencias sanitarias, Salvador Macip, investigador de la Universidad de Leicester, asiente pero recuerda que todas las hipótesis manejadas para frenar el virus eran experimentos, con una única excepción: el confinamiento. “Lo único que sabemos que realmente funciona es encerrarse en casa: cuantas menos interacciones sociales, más rápido se frena el virus. El resto de lo que se ha probado es un proceso de prueba y error, en el intento de evitar el encierro total, que es un recurso extremo y poco sostenible en el tiempo”.

Entre los pocos ejemplos de éxito que siguen en pie -al menos por ahora- está el del puñado de países asiáticos, empezando por China, donde se controló la primera ola. “En Asia apretaron mucho al principio, dejaron los casos casi a cero, vigilaron los nuevos brotes de cerca y cerraron totalmente sus países. Han llegado a otoño muy bien y por ahora no han tenido que improvisar nuevas medidas que no sabemos si funcionan o no”, dice Macip. Pero todo puede cambiar. El libro de la pandemia no se podrá escribir hasta que no termine la pandemia.

Takoma
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