Talar parques para incinerar cadáveres y otras lecciones de humildad
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Ángel Villarino (Takoma)

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Talar parques para incinerar cadáveres y otras lecciones de humildad

Mientras el virus sigue en máximos planetarios, en el mundo desarrollado entramos en el principio del fin de la pandemia. La mayor lección de humildad de nuestras vidas

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Una hoguera ritual en India. (Reuters)

Esta noche se puede hacer una hoguera para celebrar una fiesta o para quemar un cadáver, dependiendo de la latitud. Entiendo que usted no quiere leer nada más sobre el covid. Es lógico. Yo tampoco quiero escribir nada más sobre el covid. Pero aquí estamos. Decae el estado de alarma y nos vemos ya pasando página. Intuimos que la pelea de las próximas semanas entre Gobierno y comunidades autónomas será otra representación teatral más, los últimos diez minutos de un viaje interminable y agotador.

Conocen el guion. Moncloa se sacude la responsabilidad y las regiones fingen incomodidad por si la cosa se acaba poniendo mal. Todos, en el fondo, saben que no hay más remedio que abrir. Y todos, en el fondo, saben que es probable que la tasa de contagios se dispare en cuanto empiece la ‘gran relajación’. Les hemos ido contando lo que ha ocurrido en países como Israel, Chile o Seychelles. Pero con la población más vulnerable vacunada, millones de inmunizados por contagio y después de meses contando los muertos a cientos, estamos preparados para asumir ese riesgo y lo que tenga que venir. Lo contrario sería suicida, especialmente para quien lo decrete. Ahí están los resultados electorales de Madrid.

A mediados de octubre del año pasado, la BBC arrancaba un monográfico con la siguiente afirmación: “Después de todo, los historiadores se preguntarán cómo los países de Europa Occidental, con economías muy similares, produjeron resultados tan drásticamente diferentes”. Era el argumento más extendido en mitad de la segunda ola, cuando aún nos esforzamos por tratar de encontrar explicaciones. Cuando aún no nos habíamos resignado a que la evolución de una pandemia es una de esas cosas que no tenemos capacidad de explicar. De los cientos y cientos de hipótesis manejadas por la 'covidología', de los millones de horas dedicadas a comparar, alabar o atacar furibundamente la gestión de unos y otros, queda la certeza de que solo le ha ido bien a un puñado de países que aplastaron el virus en sus orígenes y se cerraron al mundo después.

Foto: Cascos anti-covid en Nueva Delhi (Reuters) Opinión

Así hemos llegado hasta hoy. Con muy pocas excepciones, quienes sacaron pecho con su gestión han sufrido una lección de humildad que millones de electores no van a olvidar, truncando vidas y expectativas electorales. Ha ocurrido con comunidades autónomas, con países como Austria o la propia Alemania. Y ahora con subcontinentes, como el indio, donde ya hay más de 250.000 muertos por covid confirmados. La plaga se comporta de manera universal e implacable como un pasaje del Antiguo Testamento.

La escritora Arundhati Roy publicaba a finales de abril este larguísimo alegato en 'The Guardian' acusando a su gobierno de estar cometiendo un crimen contra la humanidad por su incompetencia con la enfermedad, con la agravante de haber presumido durante meses de buena gestión. Su lectura me recordó mucho a otras cartas que sorteaban la censura china en febrero de 2020, también a las que aparecieron después en los periódicos italianos en marzo y a las que hemos ido leyendo aquí en prácticamente cualquier momento. Roy habla de familias talando la madera de los parques para incinerar a sus muertos, del mercadeo feroz de botellas de oxígeno en internet, de la entrada del virus y su guadaña en zonas rurales donde no hay médicos ni enfermeras. Del horror de vivir lo que hemos vivido nosotros, pero en un lugar donde no hay apenas recursos médicos, ni tampoco margen demográfico o económico para mantener las medidas de higiene y el aislamiento social.

Foto: Crematorios en Nueva Delhi. (Reuters)

Desde organizaciones como UNICEF temen que el caso indio sea un primer aviso de lo que va a suponer la explosión del covid en las zonas más pobres del planeta. Aventuran que la escasa movilidad ha mantenido la situación controlada... hasta hoy. También se especula –sin evidencia científica aún– con que las nuevas variantes tengan un mayor impacto en los niños, sin que quede claro qué papel juega en la ecuación la desnutrición y las condiciones sanitarias previas. Con el problema añadido de que las campañas de vacunación rutinarias para niños se han detenido en miles de poblaciones sin recursos a causa del covid. Hipótesis. Veremos.

No sé si hemos aprendido algo como sociedad. Quien haya estado atento habrá entendido que no podemos esperar que la ciencia y sus portavoces sean infalibles cuando se enfrentan a algo desconocido en tiempo real. Que, a pesar de ello, son siempre nuestra mejor opción. Que las sociedades, unas más que otras, pueden hacer enormes sacrificios colectivos para salvar a los más vulnerables. Que los países que más invierten en investigación son los que antes dan con la solución. Y que la osadía, el tribalismo y la cerrazón ideológica son siempre una maldición, pero más con temas complejos de vida o muerte.

Ver al planeta entero lidiando con el mismo problema al mismo tiempo con resultados tan inesperados, nos obliga a hacer lo posible por apartar a quienes se empeñan en darse garrotazos en una habitación a oscuras. A replantear todas esas certezas políticas, sociales, económicas que llevamos metidas dentro. A asumir que no podemos anticiparnos a lo que está por llegar. A encajar esta gigantesca cura de humildad.

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