¿Un nuevo Tratado de Tordesillas entre Estados Unidos y China?
Trump visitará Pekín a finales de mes a pesar de la guerra de Irán. Xi Jinping está dispuesto a llegar a acuerdos pragmáticos con los que blindar sus intereses. A río revuelto, ganancia de pescadores chinos
El presidente de EEUU, Donald Trump (i), saluda a su homólogo chino, Xi Jinping. (EFE/Archivo/Casa Blanca)
Donald Trump ha comprimido los tiempos de la historia y los europeos permanecemos como los alemanes del Berlín dividido en la película de Billy Wilder, enUno, dos, tres. Es el dinamismo norteamericano llevado al paroxismo: plazos inmediatos, resultados fugaces y sorprendentes, carne de espectáculo. Todo es urgente e impulsivo, y el ritmo de una escena se monta sobre el de la siguiente. El presidente sabe que no le queda ya demasiado tiempo para esculpir su legado. Por su avanzada edad y por los plazos de la democracia americana, que pueden complicarle la vida tras las elecciones de medio mandato de finales de este año. Lo que no consiga en estos meses será cada vez más complicado a medida que pase el tiempo. Uno, dos, tres.
Pero mientras la potencia en descenso se ha convertido en una máquina cortoplacista, la potencia en ascenso no tiene prisa y sigue con su mirada larga. La única limitación de Xi Jinping es su edad —siete años menos que Trump— y los telediarios chinos hablan estos días de los nuevos planes quinquenales más que de la guerra de Irán. El lema es la "autosuficiencia tecnológica" y algunos de los temas estrella son la robótica, la inteligencia artificial y la demografía, como ya contamos hace algunas semanas.
Esto de la mirada estratégica china frente al pestañeo neurótico de América es un tópico mil veces explotado por la propaganda, pero tiene mucho de cierto. Y más con Trump en la Casa Blanca, rodeado de personajes extravagantes. De hecho, Pekín parece haber dedicado más tiempo a organizar la visita del presidente estadounidense —la primera desde 2017, programada para finales de este mes— del que parece haber dedicado Washington a analizar las consecuencias de meterse en guerra.
La maquinaria burocrática del gigante asiático lleva meses en ello y ha implicado a los ministerios de Asuntos Exteriores y Comercio, a la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, a las oficinas de protocolo y las embajadas. Incluso han enviado a Washington delegaciones para descifrar al rival, entrevistando a exfuncionarios americanos, académicos y excolaboradores de Trump para entender cuál es la mejor manera de tratarlo, de controlar su temperamento y encontrar bazas ganadoras en la negociación.
La visita se mantiene a pesar de la guerra de Irán y los analistas chinos insisten, como de costumbre, en que sería un “error conceptual” proyectar la lógica de las alianzas occidentales sobre la política exterior china, asumiendo que Pekín siente una solidaridad vinculante con Teherán. “Nuestro sistema no tiene que responder a la opinión pública, ni a los ciclos mediáticos. Nuestro aparato absorbe, recalibra y mantiene el rumbo fijado. Aquellos que predicen cancelaciones están proyectando los reflejos del sistema de política exterior estadounidense sobre uno chino que simplemente no funciona así”, comentan.
Es parte de la verdad, pero no es toda la verdad. En los últimos años, la diplomacia china ha sido contundente, rencorosa y feroz con países a los que podía avasallar, como hizo con Lituania. Sin embargo, siempre han tratado de acortar y suavizar sus crisis con Estados Unidos. Tras el bombardeo de la embajada de Belgrado en 1999, Jiang Zemin ignoró las llamadas del presidente Bill Clinton durante una semana, pero ambos se reunieron cuatro meses después en el APEC de Auckland y relanzaron las negociaciones de la OMC. Después del incidente del avión espía en Hainan, en 2001, Bush y Jiang hicieron las paces seis meses más tarde en el APEC de Shanghái. Durante la guerra comercial de 2018–2019, los encuentros bilaterales Trump-Xi continuaron en el G20 de Buenos Aires y Osaka. Y la visita de Nancy Pelosi a Taiwán entró enseguida en fase de desescalada. No hay una coherencia moral, ni estrechos compromisos de alianza, sino un cálculo frío de riesgos y oportunidades.
Wu Xinbo, director del Centro de Estudios Americanos de la Universidad de Fudan y uno de los analistas mejor conectados con la política china, divide el año 2025 en tres fases. La primera, de enero a mayo, se caracteriza por una confrontación intensa con Estados Unidos: amenazas de aranceles y medidas proteccionistas. “La firmeza de China permitió abrir un diálogo más estructurado”. La segunda fase, de mayo a octubre, se centró en “negociaciones y maniobras estratégicas”. Durante este período, China y Estados Unidos llevaron a cabo cinco rondas de conversaciones comerciales en Ginebra, Londres, Estocolmo, Madrid y Kuala Lumpur. “El objetivo principal fue establecer un terreno para la cooperación futura sin ceder en temas clave”.
La tercera fase comenzó en octubre, tras la reunión entre Trump y Xi en Busan, y dio inicio a un período de relativa estabilidad. “China logró dirigir la relación hacia un equilibrio más favorable, evitando escaladas y demostrando su capacidad para manejar los conflictos con Estados Unidos de manera estratégica y responsable”. En los últimos meses, es cierto, Donald Trump habla de China con mucho más respeto del que demuestra, por ejemplo, a sus aliados europeos.
Wu Xinbo, que no deja de ser una voz del sistema, asegura que Pekín quiere alcanzar este año lo que describe como un “gran acuerdo” con Estados Unidos, un pacto cuyos términos empezarán a cobrar forma en Pekín a finales de este mes y que luego se deberían rematar en otras dos citas consecutivas. La última podría incluso organizarse en Mar-a-Lago a finales de 2026 si a Trump le hace ilusión. La idea es aprovechar que Trump ha reventado el tablero para renegociar el statu quo tratando de conseguir beneficios. Los académicos chinos no hablan abiertamente de un reparto del mundo en esferas de poder, de un nuevo Tordesillas, pero ese es el subtexto. Un equilibrio que sirva al menos para dotar de orden las próximas décadas, mientras el país se sigue fortaleciendo. La lógica del multilateralismo chino lo aguanta casi todo.
Donald Trump ha comprimido los tiempos de la historia y los europeos permanecemos como los alemanes del Berlín dividido en la película de Billy Wilder, enUno, dos, tres. Es el dinamismo norteamericano llevado al paroxismo: plazos inmediatos, resultados fugaces y sorprendentes, carne de espectáculo. Todo es urgente e impulsivo, y el ritmo de una escena se monta sobre el de la siguiente. El presidente sabe que no le queda ya demasiado tiempo para esculpir su legado. Por su avanzada edad y por los plazos de la democracia americana, que pueden complicarle la vida tras las elecciones de medio mandato de finales de este año. Lo que no consiga en estos meses será cada vez más complicado a medida que pase el tiempo. Uno, dos, tres.