De las seis familias trumpistas, solo quedan dos dispuestas a sangrar por Israel
Netanyahu quiere escalar la guerra, destruir infraestructuras energéticas y sugiere meter tropas en Irán. La doctrina de la "excepcionalidad" inventada con Clinton para Israel podría estar a punto de caducar
Trump y Netanyahu durante una rueda de prensa en Mar-a-Lago, en diciembre del año pasado. (Reuters/Jonathan Ernst/EC)
Joe Kentdimitió esta semana como director del Centro Nacional de Contraterrorismo de EEUU alegando que su conciencia no le permite apoyar la guerra de Irán. Poco después, concedió una entrevista a Tucker Carlson en la que sugirió que podría haber una relación entre el asesinato del activista Charlie Kirk y la presión de Israel para atacar al régimen de los ayatolás. “(Kirk) era uno de los asesores más cercanos del presidente Trump y abogaba por evitar la guerra con Irán y por replantearnos nuestra relación con los israelíes”, dijo. “¿Y luego, de repente, es asesinado y no se nos permite hacer ninguna pregunta al respecto?”.
Es verdad que una parte minoritaria del mundo MAGA, la más radical, alberga sentimientos antisemitas. A otro sector simplemente le enfada que Estados Unidos gaste el dinero de los contribuyentes en guerras lejanas e intereses foráneos. La ruptura está, por ahora, circunscrita a un grupo muy ruidoso pero reducido. Las bases del movimiento siguen apoyando a su gobierno. Las encuestas dicen que más del 90 por ciento de quienes se autodefinen como MAGA —que son solo una parte de quienes votaron a Trump— se muestran ahora a favor de la guerra emprendida por su presidente, pero preferirían que terminara lo antes posible, sin importar demasiado el resultado.
Sucede que la fractura emocional entre el pueblo estadounidense e Israel es más profunda que las tensiones internas de un grupo de activistas y trasciende sus batallas ideológicas. Se trata de una cuestión profunda, larvada durante años, que emergió con la guerra de Gaza y que puede tener un impacto a medio plazo en la política exterior de ambos países. Hasta tal punto es así que algunas voces en Israel llevan tiempo advirtiendo de que este gobierno, este segundo mandato de Donald Trump, podría ser el último en brindarles un apoyo incondicional. Habría sido, de hecho, uno de los argumentos utilizados internamente para arrastrar a Washington a una intervención militar contra Irán: el temor a que los cambios sociales y políticos en EEUU compliquen las cosas de ahora en adelante.
- El núcleo duro lo forman los populistas nacionalistas, los MAGA de primera hora: son profundamente antiglobalistas, centran su agenda en temas domésticos como la seguridad fronteriza, las deportaciones y el proteccionismo económico.
- En su extremo opuesto se sitúan los restos del neoconservadurismo republicano, partidarios de mantener el liderazgo global de Estados Unidos, promoviendo sus valores y defendiendo el uso de la fuerza y las alianzas tradicionales.
- Una tercera corriente la representan los realistas conservadores, que se definen como pragmáticos y que basan sus decisiones en el interés nacional, priorizando la competencia geopolítica —especialmente con China— y evitando en lo posible lo que llaman "guerras interminables".
- El cuarto grupo lo integran los nacionalistas cristianos o evangélicos, que operan bajo un imperativo moral y teológico para proyectar valores bíblicos en el exterior.
- La quinta categoría es la de los libertarios no intervencionistas, que exigen una reducción radical del gasto militar, el fin de la ayuda exterior y una limitación estricta del papel del Estado.
- El sexto y último grupo, al que podemos llamar nacionalistas tecnológicos y empresariales, y donde se situarían los famosos tecnoligarcas, exige una política exterior que defienda sus intereses, los beneficios industriales y estratégicos, con el objetivo de ganar la “Guerra Fría tecnológica” frente a China.
Como toda clasificación ideológica, se trata de un esquema imperfecto. Es evidente que la mayoría de los votantes republicanos no piensa en estos términos al votar. Pero resulta útil dibujar la pirámide ideológica para ordenar la complejidad del movimiento que sostiene a Trump en el poder.
Pues bien, de estas seis familias, solo dos apoyan incondicionalmente a Israel: neoconservadores y nacionalistas religiosos. Los primeros son los halcones de toda la vida, cuyas ideas resisten en algunos aparatos del poder y en el corazón de millones de americanos, muchos ya jubilados. Los segundos, los seguidores de pastores que comparan a Trump con Constantino, personas que consideran esta guerra un mandato divino y que se reunieron en el Despacho Oval de la Casa Blanca para rezar, imponer las manos sobre Trump y pedir a Dios protección y victoria.
Los realistas ocupan en teoría una posición intermedia: solo respaldan la alianza y la guerra si sirve claramente a los intereses de Estados Unidos. Algo que es evidente que no está ocurriendo en estos momentos. En el lado contrario, en el rechazo frontal a la guerra, se sitúan ya libertarios, nacionalistas económicos y populistas, que acusan a Trump de haber cambiado el America First por el Israel First.
Hay que tener en cuenta, además, que esta radiografía solo explica el sentimiento de un porcentaje de la población, un grupo que no supera en ningún caso al 30 por ciento. Al ampliar el foco a demócratas e independientes —recordemos que en EEUU se considera independientes a todos los que no se autodefinen como militantes de ningún partido, en torno al 40 por ciento del electorado—, el rechazo hacia Israel es ya mayoritario y crece de forma significativa entre los jóvenes. Por primera vez, las encuestas —incluida esta de Gallup— muestran mayor simpatía hacia la causa palestina que hacia la israelí, algo impensable hace apenas unos años.
Todo lo anterior apunta a que Estados Unidos se encamina hacia el fin de la “excepción israelí”, la caducidad de un paradigma caracterizado por un apoyo diplomático y militar prácticamente incondicional. Un cheque en blanco que empieza a ser rechazado enérgicamente por la opinión pública. Según una encuesta de The New York Times de septiembre de 2025, antes de la guerra de Irán, más de la mitad de la población —y siete de cada diez menores de 30 años— se oponían ya a enviar más ayuda económica o militar a Israel.
Aunque parezca una realidad inamovible, la excepcionalidad de Israel —tal y como la conocemos hoy— tiene tan solo tres décadas de vida. Ambos países gozaron siempre de una gran relación, pero el tratamiento especial se consolidó durante la presidencia de Bill Clinton en los años noventa. La premisa era dar seguridad a Israel, garantías incondicionales para que sus gobiernos y sus habitantes se sintieran seguros y asumieran riesgos a la hora de buscar la paz.
Pero no siempre fue así. Durante mucho tiempo, los inquilinos de la Casa Blanca no dudaban en discrepar públicamente con Tel Aviv e incluso amenazaban con suspender el suministro de armas. De hecho, Estados Unidos utilizó ese recurso en momentos clave como la Crisis de Suez, la Guerra de Yom Kipur, las intervenciones en Líbano durante los años setenta y ochenta o la Primera Intifada. Además, era habitual que Washington apoyara o se abstuviera en resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU críticas contra la política israelí, especialmente en lo relativo a la expansión de asentamientos.
La política de mimar a Israel ha producido el efecto contrario al deseado. Al contar con un apoyo garantizado, líderes como Benjamin Netanyahu no han sentido la necesidad de acomodarse a las prioridades de Washington. Y esto ha contribuido a posturas cada vez más agresivas: expansión de asentamientos, violencia en Cisjordania, desinterés por las bajas civiles en Gaza y un aventurerismo militar en la región. Por si fuera poco, Israel ha intervenido abiertamente en la política interna estadounidense en favor del Partido Republicano, algo que Washington no toleraría a ningún otro aliado.
Netanyahu parece estar apurando los últimos años de excepcionalismo, acelerando antes de que se acabe la gasolina y tensando la cuerda al máximo. Se resistió, así, a los intentos de la Administración Biden por sostener la escalada en Gaza y también está llevando a Trump a situaciones límite. Por ejemplo, cuando Israel intentó asesinar a líderes de Hamás en Qatar —un socio clave que alberga la mayor base militar de EEUU en la región—. En lo que llevamos de guerra de Irán, Trump ya ha tenido que tomar distancias dos veces y condenar los ataques contra infraestructuras energéticas para evitar un caos económico mayor.
Para evitar una ruptura profunda de las relaciones entre ambos países, algunos analistas están proponiendo normalizar la relación bilateral, aplicando a Israel los mismos estándares que a cualquier otro aliado estable. Esto implicaría fijar límites claros, hacer cumplir leyes como la Ley Leahy —que prohíbe financiar unidades implicadas en violaciones de derechos humanos— y condicionar la ayuda militar al cumplimiento de objetivos estratégicos compartidos.
Joe Kentdimitió esta semana como director del Centro Nacional de Contraterrorismo de EEUU alegando que su conciencia no le permite apoyar la guerra de Irán. Poco después, concedió una entrevista a Tucker Carlson en la que sugirió que podría haber una relación entre el asesinato del activista Charlie Kirk y la presión de Israel para atacar al régimen de los ayatolás. “(Kirk) era uno de los asesores más cercanos del presidente Trump y abogaba por evitar la guerra con Irán y por replantearnos nuestra relación con los israelíes”, dijo. “¿Y luego, de repente, es asesinado y no se nos permite hacer ninguna pregunta al respecto?”.