El coronavirus según Saramago

Es Saramago un pensador y escritor que dibuja con precisión el espíritu y los vicios humanos, igual que analiza los comportamientos cívicos y tribales en la comunidad

Foto: Foto: EFE.
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Es prolija y brillante la producción literaria de este premio Nobel del cual se cumplirán en junio 10 años de su muerte. Y como admirador de su prosa, de su humanidad, su coherencia de pensamiento y toda su obra, citaría 'El Evangelio según Jesucristo' por encajarlo con el título de este artículo.

Es José Saramago un pensador y escritor (muchos de estos no lo son) que dibuja con precisión el espíritu y los vicios humanos, igual que analiza los comportamientos cívicos y tribales en la comunidad, donde las actitudes y reacciones tienen similitudes con lo real en la vida.

'Ensayo sobre la ceguera'

Escribir sobre el coronavirus según Saramago, supone tomar como punto de partida 'Ensayo sobre la ceguera', libro lúcido y muy impactante. Un hombre parado ante un semáforo en rojo y que, de pronto, pierde la vista es el inicio de una pandemia imprevista que afecta a la ciudad completa. Con un ritmo muy rápido de la acción y narración y una cierta angustia, el lector queda, como Kafka, atrapado por una tela de araña que, como Gregorio Samsa, descubre al despertarse y que es él quien la ha tejido en 'La metamorfosis'.

Nadie preveía algo así... pero sucede. La pérdida de visión se expande. La población sería confinada en cuarentena por el Gobierno y luego recluida hasta que los guardianes pierden también la visión. Tras la impotencia inicial, sale al exterior lo peor del ser humano: la insolidaridad, el egoísmo más rabioso, un primitivismo conductual donde la supervivencia propia arrincona las mínimas pautas cívicas y éticas. Se describen en la novela desabastecimientos de alimentos que producen comportamientos enfermizos como los iniciales acopios reales enloquecidos por el actual coronavirus como el de papel higiénico, cuando aún más necesitadas de limpiarse son nuestras almas.

Hasta negocios bajo el soporte de la oscuridad y el aprovechamiento del pánico colectivo hacen que en el libro de Saramago triunfen los más amorales y quienes quieren beneficiarse insolidariamente. Ello, sin que les apene causar daños a otros. La galería de exhibición de los instintos más bajos desazona, aparentemente, leyendo el libro.

Hoy, la realidad muestra una situación actual (tan real como la supuestamente de ficción en la novela) con unos buitres que se presentan como líderes carroñeros, brutalmente críticos. Pero ellos están más ciegos y putrefactos por el odio y sus ideas que los que en la ceguera son gobernantes desbordados, no solo por su ineptitud e imprevisión errática sino también por su falta de visión... y por un sistema político cosido con reales desgastados.

Los pocos que en la novela no llegaron a perder, pese a la ceguera, sus valores humanos, intentan desarrollar el ingenio junto a una mínima organización y convivencia para sobrevivir en una sociedad desintegrada exteriormente (para el escritor portugués, ya lo estaba antes en el interior). La incertidumbre, el miedo convertido en pánico y la ansiedad que narra el libro son algo que hoy está, también, muy presente, y no es la obra literaria de un escritor visionario.

Saramago nos lleva a cerrar los ojos para que cuando los abramos hayamos podido rescatar la esperanza, la solidaridad y la ética del amor

El grupo de los supervivientes no depravados por la maldad o la miseria va caminando en su ceguera conducido por la única persona que no ha perdido la vista: la mujer del médico. Esta oculta —por su propia supervivencia— que ella sí puede ver, convirtiéndose en guía de esos pocos, con un sufrimiento grande, pues ella puede ver lo que se creían que "era todo y que en verdad era nada" (José Hierro). De repente, igual que llegó la sombra, volvió la luz. Tras dormir, uno de ellos repentinamente “abrió los ojos y vio. Vio y gritó”, y así sucedió con los demás. Recuperaron la visión. Allí estaba la basura y porquería esparcida, pero “la ciudad aún estaba allí”. Así concluye la novela.

Así acaba esa obra que conjuga literatura y sabiduría. En la que el mago Saramago nos lleva a cerrar los ojos para que cuando los abramos hayamos podido rescatar el afecto, la esperanza, el valor de la solidaridad y la ética del amor. Que del profeta portugués aprendamos alguna lección, como también de la pandemia actual lo hagamos. Si no, se repetirá. En el caso de él, utilizó en el libro la palabra 'ensayo'.

'Ensayo sobre la lucidez'

Y no es casualidad que la obra literaria que retoma esas reflexiones comience con el mismo vocablo. 'Ensayo sobre la lucidez' es una novela también de ficción pero que contiene una parábola sobre la ciudadanía y el poder. Publicada nueve años después, enlaza claramente con la comentada 'Ensayo sobre la ceguera'. La conexión no es solo porque reaparecen personajes centrales de esta última, como la mujer del médico, el primer ciego o el perro de las lágrimas, sino también porque quiere enlazar lo que fue la epidemia de la “ceguera blanca” de aquella con la reacción ciudadana de un pueblo que, cansado de sus políticos, hace triunfar el “voto en blanco” en unas elecciones.

Es de nuevo una reflexión analítica envuelta en papel de ficción acerca de los mecanismos del poder y el sentimiento ciudadano que, harto de sentirse decepcionado, reacciona de modo legítimamente democrático, ejerciendo libremente su voto. El resultado fue que más del 70% de los sufragios eran en blanco.

Ante lo inaudito, se repiten los comicios una semana después, pero, en este segundo caso, el voto en blanco sería de un 83%. Nadie lo había postulado y era fruto de una decisión individual (como el voto lo es) de los ciudadanos. Estaba clara la voluntad popular. Pero el Gobierno y los partidos políticos intentan enfrentarse rápidamente a lo que denominan “conspiración contra la democracia”, “golpe de Estado”, “conjura internacional”, etc.

A la declaración de estado de sitio le siguieron fuertes medidas autoritarias, represivas y claramente ilegales. Todo ello, decían los gobernantes, estaba justificado “para salvar la democracia”. Por supuesto, ellos eran los que tenían como juguete a esta, pero el pueblo se cansó de que jugasen con él y que degenerasen un sistema.

Fue esta novela fuente de polémicas, pero a algunos les haría pensar. Saramago no manifiesta que ese fuese el resultado electoral querido por él, pero, siendo un libro provocativo, no oculta que debería darse una reflexión y respuesta por la desafección ciudadana ante el resultado de una democracia que no es solo un derecho a votar cada cuatro años. Nadie descalifica este sistema de gobierno, pero quienes ejercen el poder no deben utilizar la democracia (igual que hacen con las banderas) como justificación para decisiones que se alejan de sus compromisos con los ciudadanos. Si estos se rompen, no puede impedirse que el pueblo utilice mecanismos democráticos para mostrar su rechazo. Y es legítimo.

Han pasado 16 años desde la publicación de esta novela, mas después en otros lugares han llegado al poder dirigentes que luego no han respetado derechos humanos, se comportan de modo autoritario y rebosan (desde grandes fortunas) un populismo mezclado con unos intereses económicos y éticos más que difusos, oscuros. En otros países como el más cercano al país de Saramago, el descrédito de la clase política se incrementa y es, casualmente o no, en esa patria natal del escritor donde hay un mayor prestigio de los políticos y solidez democrática del sistema. Acaso, allí tomaron nota algunos políticos de las reflexiones del novelista.

Ello se ve en algo impensable en nuestro país, que en Portugal la crisis del coronavirus no ha tenido críticas de la oposición al Gobierno de izquierdas allí sino que la derecha ha respaldado al ejecutivo que dirige el socialista António Costa. En el Parlamento, el líder de la derecha portuguesa, Rui Rio, le expresó con toda claridad: “Señor primer ministro, cuente con la colaboración del PSD. Todo lo que nosotros podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte”.

Ese discurso de la oposición lusa y la ausencia de críticas al Ejecutivo han causado (pese a los errores claros del Gobierno aquí) a millones de españoles una gran envidia por su sentido patriótico, muy lejano del ambiente ensordecedor e irrespirable en España, proveniente de 'la caverna' (así se titula, por cierto, otro libro de Saramago) ideológica y mediática.

'La balsa de piedra'

La última obra de José Saramago aplicable a la realidad que estamos sufriendo es 'La balsa de piedra'. Fue escrita poco antes de la incorporación de España y Portugal a la entonces Comunidad Económica Europea el 1 de enero de 1986 y novela una separación ficticia de la península Ibérica del continente europeo por una grieta abierta en los Pirineos.

Esa isla flotante navegará sin rumbo definido, a veces a la deriva o acaso en la utopía de buscar su propia identidad, incomprendida por Europa, lo cual le permite al escritor (que vivió sus últimos casi 20 años en la fascinante isla canaria de Lanzarote) hacer sus interesantes reflexiones.

José Saramago muestra en 'La balsa de piedra' una insólita y sorprendente perspectiva de la conjunción de la península Ibérica, en la que no faltan sagaces miradas sobre los gobernantes, el comportamiento de las masas, el sentido de Europa, la historia en común, etc.

Muy recientemente, Portugal ha alzado la voz ante el desprecio y humillación hacia España proveniente de Holanda (ahora Países Bajos), alineada, con siempre, con la postura intransigente del eje de Berlín. La prepotencia de ese pequeño país que tiene un sistema tributario que acoge beneficiosamente y de modo opaco a altas finanzas mundiales (parecido a Luxemburgo) fue rechazada con gran dureza por el primer ministro portugués. Por cierto, el holandés pertenece a un partido conservador sin que desde sus semejantes aquí (aunque en España, como decíamos, la derecha es cada vez más extremada) se alzase ninguna voz en su contra.

Esta sí que llegó desde el socialista presidente del Gobierno de Portugal, que expresó con contundencia un mensaje de solidaridad con España, algo de lo que Saramago se habría sentido orgulloso, aunque no creo que, en un caso inverso, defensa de Portugal, hubiesen salido palabras de reacción desde España. Ya se sabe, somos vecinos, pero nos creemos superiores… y no lo somos.

*Jesús López-Medel Báscones. Abogado del Estado.

Tribuna
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