El presidente puede repetir sus mentiras en el Congreso. Puede escribirlas en inglés en la prensa internacional. Puede envolverlas en moralina, que no es lo mismo que moral. Y ni aun así va a conseguir que se conviertan en verdad
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente del Gobierno no deja de repetir que la inmigración irregular en España ha disminuido. Lo afirmó otra vez el miércoles pasado en el Congreso de los Diputados, y hace una semana lo escribió en The New York Times. Como no es profeta en su tierra, probó a vender su flamante regularización masiva lejos de nuestras fronteras, en la esperanza de que alguien, siquiera en América, le crea.
Su insistencia es reveladora. Y, por su forma de hacer las cosas hasta ahora, es fácil deducir que Sánchez emplea un truco muy viejo y muy obvio que, dicen, solía utilizar Goebbels: repetir una mentira muchas veces para que se convierta en verdad. Qué paradoja.
La mala noticia para Sánchez es que las mentiras no alteran la realidad, del mismo modo que los relatos no alteran los datos. Y como representante público, pero, sobre todo, como española, creo que es mi deber exponer esas mentiras.
La primera, ya lo he dicho, es que la inmigración irregular desciende. Sánchez procura sostenerla agarrándose solamente a las llegadas en cayuco y los saltos en Ceuta y Melilla. Pero él sabe que esas vías de entrada no son las únicas. Y sabe, de hecho, que su impacto es muy inferior al de la verdadera puerta principal: los aeropuertos internacionales.
Cada año, miles de personas acceden a España como turistas y, transcurridos noventa días, pasan a estar en situación irregular. En teoría, la Policía puede exigir en los controles de frontera que se acrediten medios económicos suficientes y alojamiento; en la práctica, esas comprobaciones son mínimas frente al volumen de llegadas porque los agentes no dan abasto. Además, y esto es lo más grave, no existen cifras oficiales de esas llegadas porque el Gobierno no quiere que existan. Las ocultan deliberadamente, que ya se sabe que lo que no se contabiliza no compromete. Y así, la principal vía de entrada de inmigrantes irregulares permanece fuera del relato y las cifras oficiales.
Pero concedamos, por un momento, el marco tramposo que Sánchez sí acepta. Limitemos el análisis únicamente a las llegadas en cayuco y a los saltos de valla en Ceuta y Melilla. Incluso ahí, la afirmación de que la inmigración irregular ha disminuido se derrumba. Entre el 1 de enero de 2012 y el 31 de mayo de 2018 llegaron a España 94.997 personas; desde el 1 de junio de 2018 hasta el 31 de enero de 2026 han llegado 361.233. Casi cuatro veces más. Y esos son sus datos.
Luego habla de dignidad con la desorientación de quien tiene la brújula moral averiada: la dignidad no está en jugarse la vida en una patera, sino en que la gente pueda llegar a España con un contrato laboral y papeles en regla. Pero el bloqueo permanente del Gobierno a los mecanismos legales de entrada y el efecto llamada de las políticas de Sánchez empujan a los migrantes a emprender un viaje tantas veces mortal. Después vende un relato de buenos y malos —en el que él es, por supuesto, el bueno—. No gastaré un minuto en darle la vuelta, pero me daré por satisfecha si alguien atiende a este consejo: cuando un político venga con discursos moralizantes, tiéntese la cartera.
Afortunadamente, existen instituciones que sí se toman en serio la tarea de contar. Es el caso de FUNCAS, cuyos datos nos permiten conocer la realidad que el Gobierno oculta. Según este think tank, en 2017 había 107.409 inmigrantes en situación irregular, y en 2025 la cifra ascendía a 837.978. Es decir, un aumento de 730.569 personas o, lo que es lo mismo, de un 680%. Y aquí la clave: si el Gobierno reconoce solamente 361.233 entradas irregulares entre junio de 2018 y enero de 2026, ¿dónde están las más de 350.000 que faltan? O el presidente miente o el presidente no sabe restar; y cualquiera de las dos opciones lo incapacita para ejercer su cargo.
Podríamos pasarnos así un rato largo, pero solo señalar sus mentiras en el New York Times nos llevaría otra columna. Allí hizo un batiburrillo curioso: desde falsear una encuesta cuyos datos le quitaban la razón hasta ocultar que somos el segundo país de Europa con más paro juvenil —casi uno de cada cuatro jóvenes—, que el 80% de los trabajadores a tiempo completo gana menos de 30.000 euros al año o que el PIB engorda solo por la incorporación masiva de mano de obra poco cualificada, porque la productividad baja.
La buena noticia es que todas estas cifras están ahí para quien quiera cotejarlas. Son públicas, son verificables, aunque a pesar del Gobierno y no gracias a él. Y son precisamente estas cifras las que hacen inaplazable que España adopte una política migratoria que coloque la ley, el empleo y la integración en el centro —una posición que el Partido Popular, con Alberto Núñez Feijóo al frente, ha formulado de manera explícita y documentada.
Así que el presidente puede repetir sus mentiras en el Congreso. Puede escribirlas en inglés en la prensa internacional. Puede —y esto le encanta— envolverlas en moralina, que no es lo mismo que moral. Y ni aun así va a conseguir que se conviertan en verdad.
*Alma Ezcurra, vicesecretaria de Coordinación Sectorial del Partido Popular.
El presidente del Gobierno no deja de repetir que la inmigración irregular en España ha disminuido. Lo afirmó otra vez el miércoles pasado en el Congreso de los Diputados, y hace una semana lo escribió en The New York Times. Como no es profeta en su tierra, probó a vender su flamante regularización masiva lejos de nuestras fronteras, en la esperanza de que alguien, siquiera en América, le crea.