¿Vuelve el fascismo? La menesterosidad social como problema de nuestra época
La erosión perceptible de las democracias en forma de desinstitucionalización, que socava el respeto al Estado, quiebra su 'performance' y genera desconfianza entre la sociedad
La pregunta está en boca de todos ¿Renace el fascismo en España? ¿Cómo puede ser que después de haber tirado por la borda el franquismo, el monstruo rebrote otra vez como en la Jándula de la Península de las casas vacías? ¿Acaso la Transición fue una farsa que dejó intacta la cabeza de la hidra que nunca habría sido extirpada del todo de la piel de toro y que ahora, cabalgando a lomos del malestar colectivo, revive con endemoniado brío? ¡Algo habremos hecho mal!
Para analizar serenamente la hipótesis, hay que empezar por rechazar prejuicios arraigados y dejar claro que, aunque desde los años treinta del pasado siglo hubo fascistas en España – y ahí están el doctor Albiñana o José Antonio –, el fascismo nunca operó como fundamento ideológico de nuestro orden político y social.
España no conoció un Estado fascista porque el franquismo fue una dictadura, un régimen autoritario, y no llegó a convertirse en un Estado totalitario encaminado a reducir la sociedad a una unidad ideológica que la permeara por completo. Lo explicó Linz en un artículo escrito en Yale que le valió el reconocimiento académico internacional.
Franco fue el general que acaudilló el ejército vencedor en la Guerra Civil. Su autoridad lideró la tropa colonial que conquistó y despolitizó la metrópoli a sangre y fuego. Su poder soberano restó incólume mientras vivió, y desapareció cuando murió.
Sin Franco, el régimen se autodegradó —rasgo típico del autoritarismo— dejando una sociedad funcional que no concibió más salida a su supervivencia existencial que la democracia pluralista. El problema para lograr la Constitución no eran los vestigios residuales del franquismo; consistía en atraer a los demócratas que desconfiaban y exigían ruptura.
El dilema continuidad/revolución lo resolvió el pueblo español el 15 de diciembre de 1976 en un referéndum en el que, sin amenazas, ni coacciones, se manifestó inequívocamente por la democracia. A partir de entonces —como atestigua el film de Pere Portabella— la oposición se sumó a la Transición y quedó abierta la vía hacia un proceso constituyente evolutivo impulsado por una sociedad que clamaba por su integración en Europa.
El franquismo no era fascismo y, obviamente, lo que no existió no puede rebrotar, ¿pero cabría pensar en una suerte de proceso de emulación que haga que el fenómeno fascista, que a decir de muchos está irrumpiendo en Europa, se contagie a España?
La cuestión no es de historia española, sino de rabiosa actualidad europea y obedece a un planteamiento diferente. ¿Se dan actualmente en Europa condiciones objetivas para alumbrar de nuevo al fascismo? ¿Existen esas mismas condiciones en España?
Hay al menos tres datos que diferencian el entorno de la sociedad europea del siglo XXI de aquella otra que en el pasado desencadenó la aparición del fascismo, y que están en la causa de la reacción de protesta que de manera imparable hoy se propaga por Europa.
Primero, y aquí radica el corazón del tema, la menesterosidad social que crecientemente está castigando a todas las clases medias europeas —que no existían como tales a principios del pasado siglo— y que habían resultado las grandes beneficiarias del Estado social y de sus eficaces servicios públicos.
No hay que confundir menesterosidad con pobreza. No se trata tanto de una cuestión de indigencia como de la extensión generalizada de lo que se conoce como vulnerabilidad existencial. La penosa fragilidad de unos hombres y mujeres que reciben atenciones, prestaciones o servicios de entes sobre los que carecen de control y que se comportan de manera cada vez más arbitraria y despiadada. Que soportan las acciones de bancos que financian leoninamente, de compañías de agua, luz, telefonía o internet que, a las habituales conductas de adhesión, suman ahora una digitalización que margina a notables sectores de la población. Que sobrellevan la desnutrida calidad de la movilidad, la sanidad y la educación, sectores en que con frecuencia el Estado entrega la gestión a unos sujetos privados que actúan desde unas reglas de mercado bajo las que subyace un oligopolio.
Una precariedad existencial que se contagia por doquier y que castiga impenitentemente a la cada día más envejecida población europea, que precisa de asistencia, de auxilio y que requiere más de protección tutelar que de estricta ayuda económica. Una menesterosidad que está empobreciendo a las clases medias europeas y que se agiganta hasta lo colosal a medida que los ciudadanos van tomando conciencia del imparable debilitamiento de las instituciones, tanto de las representativas como las que tienen por misión imponer el cumplimiento de la ley del Estado social.
Esta erosión perceptible de las democracias en forma de desinstitucionalización, que socava el respeto al Estado, quiebra su performance y genera desconfianza entre la sociedad, es el segundo dato nuevo de una Europa que en los años veinte pugnaba por crear nuevos instrumentos de acción política y constitucional. Instrumentos que en nuestros días desfallecen, se deshilachan y se vacían de sustancia, hasta quedar reducidos a un puro remedo en manos de un puñado de aprovechados movidos por criterios clientelares. El resultado es que los ciudadanos perciben que el Estado no es suyo y, como tal, renuncian a dirigirlo.
A estas dos causas se suma una tercera que consiste en la presión de una emigración problemática y difícil de integrar por motivos culturales, que alimenta la tesis del agravio comparativo y actúa como espoleta de una deslegitimación progresiva de la política.
¿La reacción ante este conjunto de causas es el fascismo, o se trata de un nuevo modelo de respuesta política que, más que construir una alternativa totalitaria a lo que está sucediendo, lo rechaza y se niega radicalmente a aceptarlo? Es incierto.
Igual que está por ver en España lo que va a suponer un posible éxito electoral que todos los vaticinios atribuyen a Alianza Catalana, la única formación política española -en este punto- auténticamente europea.
*Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.
La pregunta está en boca de todos ¿Renace el fascismo en España? ¿Cómo puede ser que después de haber tirado por la borda el franquismo, el monstruo rebrote otra vez como en la Jándula de la Península de las casas vacías? ¿Acaso la Transición fue una farsa que dejó intacta la cabeza de la hidra que nunca habría sido extirpada del todo de la piel de toro y que ahora, cabalgando a lomos del malestar colectivo, revive con endemoniado brío? ¡Algo habremos hecho mal!