A grandes males, grandes remedios
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

Por

A grandes males, grandes remedios

Lo que ahora hay que hacer es reconocer la realidad que nos han puesto delante y tratar de salir con bien de este embrollo gigantesco antes de que sea demasiado tarde

Foto: Ilustración: Javier Aguilar
Ilustración: Javier Aguilar

Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran. Es verdad que si hubiera habido un poco de sensatez y de grandeza no habríamos llegado a este punto, pero el hecho es que aquí estamos. Y de nada sirve seguir repartiendo culpas. Todo ha sido un encadenamiento de despropósitos: el descabellado tripartito, la desquiciada gestación del Estatuto, la incendiaria campaña anticatalana del PP para debilitar a Zapatero, la torpe sentencia del Tribunal Constitucional, los vaivenes del PSC (aún recuerdo cuando, de puro no saber qué hacer, anunciaron muy serios que se proponían abstenerse en todo), y, sobre todo, la enloquecida fuga hacia adelante de Mas, que empezó subiéndose en marcha a un carro que no era el suyo y ha terminado fuera de la ley y de la razón, convertido en una patética marioneta en manos de quienes -al contrario que él- siempre supieron muy bien a dónde querían llegar.

Tiene razón Borrell: ya puestos, es más clara y más honrada la posición de Junqueras. Este quiere la independencia a cualquier coste y está dispuesto a pagar cualquier precio para conseguirla: antes pobres y aislados que españoles. Pero lo de Artur Mas, además de insensato, es repugnantemente hipócrita. Todo en su discurso está hecho de mentiras conscientes, ocultaciones vergonzantes, promesas que sabe incumplibles, argumentos manipuladores y falaces, desprecios a la inteligencia y traiciones a su condición de gobernante. Nunca nadie hizo tanto daño a Cataluña diciendo defenderla.

Pero da igual: lo que ahora hay que hacer es reconocer la realidad que nos han puesto delante y tratar de salir con bien de este embrollo gigantesco antes de que sea demasiado tarde. El resultado de las elecciones del domingo será muy importante, pero no va a alterar los datos esenciales del problema. Nos guste o no, las cosas están así:

a) El independentismo ha crecido mucho y se ha apoderado de la calle, pero al menos la mitad de los ciudadanos de Cataluña no quiere irse de España ni verse fuera de la Unión Europea; y mucho menos convertirse en una especie de “Estado paria”, autoproclamado pero no reconocido por nadie en el mundo.

b) Sin embargo, existe en la sociedad catalana una mayoría muy próxima a la unanimidad en torno a dos convicciones: la primera, que la mera continuidad del actual estatus de Cataluña en España no es aceptable y tiene que ser cambiado, y la segunda, que los catalanes deben tener la oportunidad de decidir sobre su futuro en una votación convocada expresamente para ese fin.

Pueden imaginarse toda clase de ingenierías jurídicas y políticas; pero llegados a este punto, ya se ha hecho tarde para que Cataluña acepte cualquier solución que no contemple esos dos pasos ineludibles.

c) El domingo, los partidos independentistas pueden alcanzar o no la mayoría absoluta de los escaños. Si la ganan, será una mayoría artificial y precaria; pero aunque no la ganen seguirán teniendo una posición abrumadoramente dominante en el Parlamento catalán y serán la única fuerza en condiciones de formar un gobierno. El independentismo carecerá de la mayoría social necesaria para consumar la secesión, pero solo él tendrá la mayoría política para gobernar.

Otra vez un empate irresoluble que conduce a un pacto inevitable o, en su defecto, a arrojarnos al precipicio, catalanes y españoles cogidos de la mano

Siempre he pensado que la transición fue el resultado de un empate irresoluble: muerto Franco, ni los franquistas tenían fuerza para imponer la continuidad del régimen ni los demócratas teníamos fuerza para imponer la ruptura. Era el pacto o, de nuevo, el precipicio para España. Solo cuando ambas partes admitieron esa realidad se abrió paso la solución; y muchas de las imperfecciones y las ambigüedades que hoy se le reprochan a la Constitución del 78 (por ejemplo, el equívoco término 'nacionalidades') tienen que ver con aquella transacción inevitable.

Hoy pasa algo parecido en Cataluña: ni los independentistas tienen fuerza suficiente para imponer la secesión ni los unionistas la tienen para impedir que se revise el estatus de Cataluña en España y que los catalanes puedan decidir sobre ello. Otra vez un empate irresoluble que conduce a un pacto inevitable o, en su defecto, a arrojarnos al precipicio, catalanes y españoles cogidos de la mano. O nos salvamos juntos o juntos nos destruimos mutuamente.

Ya no hay solución para este conflicto que no pase por las urnas. Pero no por estas urnas tramposas que se ha inventado Mas para vestir de plebiscito unas elecciones autonómicas, sino unas urnas de verdad, en las que se sepa lo que se decide y todo esté claro para todos en su planteamiento y en sus consecuencias. Sí, me refiero a un referendo sobre la continuidad de Cataluña en España. O quizá no a uno, sino a varios, porque comparto la opinión de quienes afirman que para romper España hay que consultar a los españoles, al menos si se pretende que esa ruptura sea pacífica.

En realidad, el obstáculo principal para un referendo como los de Quebec o Escocia es que aquí la Constitución no lo permite. Y mientras eso sea así, no hay nada que hacer por esa vía: igual que digo que la solución tiene que pasar por las urnas, digo también -aún con más convicción- que no hay solución fuera de la ley.

Ya no hay solución para este conflicto que no pase por las urnas. Pero no por estas que se ha inventado Mas para vestir de plebiscito unas elecciones autonómicas

“Si no quieren elecciones plebiscitarias, que nos dejen hacer un referendo”, dicen los independentistas. Claro, pero resulta que para hacer ese referendo antes hay que pasar por un pequeño trámite: reformar la Constitución. Esquivar ese paso conduce a payasadas como la del 9 de noviembre de 2014 o a fraudes políticos como el que va a tener lugar este domingo, que solo sirven para echar más gasolina al fuego.

Así que tendremos que ponernos de acuerdo en resolver este empate por una vía que nos deje a todos lo suficientemente descontentos como para que sea efectiva.

Sí, habrá que pensar seriamente en una reforma constitucional que -además de abordar otras cuestiones pendientes- desbloquee la posibilidad de un referendo sobre la independencia. Esa reforma tendrá que ser consensuada por las fuerzas políticas y votada por todos los españoles en las urnas.

Sí, habrá que hacer en Cataluña ese referendo en los términos fijados por la nueva ley y con las garantías propias del caso: entre ellas, como reclama Ignacio Escolar, una pregunta clara, un censo claro y unas normas claras sobre qué porcentaje es necesario para declarar la independencia (en mi opinión, algo así tiene que contar al menos con el voto favorable de la mitad más uno de los ciudadanos mayores de edad, que es lo que el artículo 151 exigió a los andaluces en su día para acceder a la autonomía “de primera división”).

Para hacer ese referéndum antes hay que pasar por un pequeño trámite: reformar la Constitución

Y sí, en el caso de que el no a la independencia gane el referendo, seguirá siendo necesario negociar un Estatuto para Cataluña en el nuevo marco constitucional, que debería permitir recuperar algunas de las cosas que se perdieron en aquella malhadada sentencia del Tribunal Constitucional.

Es un camino largo y tortuoso, lo sé. Requiere grandes cantidades de tres cosas que ahora no existen: altura de miras, voluntad de acuerdo y estadistas para conducir. No debería haber sido necesario; pero llegados hasta aquí, sinceramente, no soy capaz de imaginar otro recorrido que permita sanar lo que comenzó siendo un escozor y está a punto de transformarse en una metástasis irreversible.

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