Claves del nuevo escenario: en el juego decisivo, saca Rajoy

La opinión pública es ya una olla a presión y a partir de septiembre puede desbordarse. ¿Qué necesitan los políticos, ver a la gente en la calle gritando “que se vayan todos”?

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (Reuters)

La peculiar forma en que Rajoy presentó su designación como candidato a una “eventual” investidura ha desatado un oscuro y ocioso debate de derecho constitucional.

La versión mariana del encargo es tan insólita como todo lo ocurrido en la política española desde el 20 de diciembre de 2015. Si los constituyentes del 78 hubieran imaginado esta sucesión de despropósitos, seguro que habrían diseñado otro procedimiento para formar gobierno tras unas elecciones.

Así como el agua busca los huecos en la roca para avanzar, la situación obliga a explorar los márgenes de ambigüedad de la ley para encontrar la salida del laberinto. Queda pendiente la tarea de establecer nuevos mecanismos, más claros y menos premiosos, que den fluidez al multipartidismo.

Mientras, sería de agradecer que los partidos renunciaran durante un rato al filibusterismo constitucional y a la ley del embudo.

Si los constituyentes del 78 hubieran imaginado esta sucesión de despropósitos, seguro que habrían diseñado otro procedimiento para formar gobierno

Filibusterismo constitucional fue lo que hizo Rajoy en enero, pero también lo es prolongar el bloqueo con fines tácticos o exigir una investidura para hacerla fracasar. Quien exija una sesión de investidura inmediata debería estar disponible para contribuir a que de ella salga un gobierno. Si lo único que se sabe decir es “a todo que no”, lo decente es callar y esperar.

El PP puso el grito en el cielo cuando Sánchez pidió tiempo para negociar su investidura; hoy se escandalizan los socialistas porque Rajoy no se deje llevar al matadero. No hay rubor en defender una posición y después la contraria como si fueran la Biblia constitucional.

En marzo Sánchez afirmaba: “Jamás permitiré que el Gobierno de España descanse sobre fuerzas independentistas”; ahora invita cínicamente a Rajoy a buscar el apoyo del partido de Puigdemont, y a la vez le anima a frenar la insurgencia institucional que promueve ese mismo partido.

Desde el principio, el plan de Pedro Sánchez se ha basado en que se produzca un vacío de candidato o una investidura fallida de Rajoy. En su magín, ello abriría una oportunidad para resucitar su propia candidatura, ya fuera con alguna reinventada combinación transversal o con la bautizada como “fórmula Frankenstein” (PSOE+Podemos+IU+confluencias+independentistas).

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

En todo caso, cuanto más se retrase la formación de gobierno más se puede seguir postergando el congreso del PSOE, lo que proporciona a Sánchez un protector colchón de tiempo entre su fracaso electoral y la batalla por la jefatura de su partido.

Rivera también necesita que Rajoy pierda una investidura. Solo así podría forzarse al PP a presentar otro candidato; lo que daría a Ciudadanos la excusa para votar 'sí' e incluso incorporarse al Gobierno, presentándose como artífices de la renovación política y de la estabilidad institucional.

Iglesias, que no participa en esta misa, pone velas para que el PSOE facilite la investidura de Rajoy y él pueda pasarse toda la legislatura señalando acusadoramente a los socialistas. Por supuesto, no tiene la menor intención de llevar a Sánchez a la Moncloa, jamás la tuvo.

Y para el supuesto fatal de que se llegue a las terceras elecciones, se necesita un chivo expiatorio que cargue con la culpa. Ese marrón ya tiene nombre, apellido y sigla: el PSOE se ha autopostulado con su colección de 'noes' ayunos de una propuesta útil.

¿Qué ha hecho Rajoy? Simplemente, taponar el plan de los demás y hacer que las circunstancias jueguen a su favor.

El rey Felipe VI recibe al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (EFE)
El rey Felipe VI recibe al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. (EFE)

Al aceptar el encargo, además de hacer un favor al Rey (se lo debía), ha creado un nuevo marco negociador. “Buenas tardes, le llamo de parte del Rey para negociar un Gobierno”. Sánchez y Rivera podrán hacer que la negociación embarranque, pero negarse a ella de saque es seguir cubriéndose de oprobio ante el país.

Rajoy se ha dotado de tres instrumentos poderosos:

Primero, la necesidad del Rey de designar a un candidato. El jefe del Estado era el único que no podía faltar a su deber constitucional. Por cierto, ¿alguien duda de que estaba al tanto de lo que diría Rajoy tras haberse entrevistado con él media hora antes?

Segundo, la colaboración necesaria de la presidenta del Congreso, que es quien administra el calendario. He aquí la clave de la elección de Ana Pastor, la persona ideal para esta faena. ¿Cuándo convocará la sesión de investidura? Cuando el candidato le diga que ha llegado el momento, ni un minuto antes ni un segundo más tarde. Rajoy no hubiera podido hacer esta jugada con Patxi López como presidente de la Cámara; la izquierda lo tuvo en la mano y lo tiró con jugueteos de pardillos.

Si hay terceras elecciones se necesita un chivo expiatorio. Ese marrón ya tiene nombre: el PSOE, que se ha autopostulado con su colección de 'noes'

Y tercero, la concurrencia de circunstancias que presionan cada vez más para que España salga ya del marasmo institucional y tenga un gobierno:

Los plazos del presupuesto. Que como señala Graciano Palomo, afecta a asuntos “menores” como las pensiones, los sueldos de los funcionarios, los pagos del Estado a sus proveedores, las prestaciones sociales, las subvenciones que necesitan las comunidades autónomas y los ayuntamientos y la reducción del déficit público.

Bruselas. Que esta vez nos ha perdonado la multa, pero no será tan indulgente si el 15 de octubre España se presenta de nuevo con la cartilla de deberes en blanco.

El conflicto de Cataluña, que se va a poner cada día peor y requerirá grandes dosis de firmeza institucional y unidad democrática. ¿Asistiremos al espectáculo esperpéntico de unos partidos respaldando a un presidente al que le niegan la posibilidad de formar gobierno?


Y también la opinión pública, que es ya una olla a presión y a partir de septiembre puede desbordarse. Creo que los dirigentes no están calibrando bien el nivel de indignación social por su comportamiento. ¿Qué necesitan, ver a la gente en la calle gritando “que se vayan todos”? ¿O que se repitan las elecciones y aparezcan en las urnas dos millones de votos en blanco?

Todo apremia al acuerdo y castiga el encastillamiento en la discordia. Con eso juega Rajoy. Pero no basta esperar a que operen las contraindicaciones del bloqueo: él tiene ahora el deber de suministrar a sus interlocutores incentivos sustanciales y convincentes para que contribuyan a la solución. Probablemente esos incentivos radiquen en el programa del Gobierno (el excelente acuerdo PSOE-C’s sigue esperando que alguien lo saque de la papelera), en los pactos de Estado, en el control parlamentario del Gobierno y en la reforma constitucional.

Tras un partido marrullero, embarullado y eterno, llegamos al juego decisivo y Rajoy tiene el saque a su favor. Le beneficia el hecho de que lo que intenta coincide con lo que conviene a España y con lo que el público desea: que se acabe ya esta tortura. Pero en política no basta tener razón, además hay que cargarse de ella. Esa sigue siendo su asignatura pendiente.

Una Cierta Mirada
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