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El deporte navideño de crucificar a Rajoy
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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El deporte navideño de crucificar a Rajoy

La insurrección del "octubre rojo" catalán ha sido sofocada. Lo que ahora nos espera, eso sí, es un conflicto cronificado, áspero, sostenido y prolongado durante años

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

“Hoy he disuelto el Parlamento de Cataluña y el próximo 21 de diciembre se celebrarán elecciones autonómicas en esa comunidad autónoma”.

Cuando en la noche del 27 de octubre el presidente del Gobierno pronunció esas palabras, muchos de los que hoy lo crucifican se deshicieron en elogios por la brillante maniobra, a la que atribuyeron milagrosas propiedades terapéuticas. Parecía haber nacido otro Rajoy, incluso para sus críticos más contumaces.

No era para tanto, claro. Tengo para mí que fue precisamente el gen conservador del presidente lo que lo condujo a una decisión tan audaz como arriesgada. Rajoy, como todos, tenía pánico a que el 155 se revelara inaplicable en la práctica. Se ignoraban los efectos de una intervención prolongada de la Generalitat. Se presagiaba una insubordinación institucional acompañada de una revuelta incontrolable en las calles. Los acontecimientos de septiembre y octubre crearon una psicosis a ambos lados de la trinchera sobre la extrema debilidad no ya del Gobierno, sino del Estado mismo. Por eso los unionistas temían y los independentistas ansiaban que el Estado hiciera el ridículo por no ser capaz de sostener el envite.

La euforia con que se recibió en el campo constitucional el anuncio del 27 de octubre fue tan excesiva como la desolación tras las elecciones

La decisión de acortar al máximo la duración del 155 y solventar la situación con unas elecciones exprés no fue una genialidad táctica ni nació de la repentina intrepidez de quien ha hecho del dontacredismo una cultura política. Fue el fruto obligado de una situación extrema, de la desconfianza en la propias fuerzas y –no se olvide- de la presión de los socios circunstanciales, Ciudadanos y el PSOE, que, por motivos distintos, exigían elecciones cuanto antes a cambio de su apoyo al 155.

Ni eran para tanto los elogios de entonces ni lo son las acervas críticas de ahora. La euforia con que se recibió en el campo constitucional el anuncio del 27 de octubre fue tan excesiva como el sentimiento de desolación que parece haberse instalado en ese mismo campo al conocerse el resultado de las elecciones.

placeholder Carles Puigdemont (c), en su discurso sobre los resultados de las elecciones catalanas desde Bruselas. (EFE)
Carles Puigdemont (c), en su discurso sobre los resultados de las elecciones catalanas desde Bruselas. (EFE)

No seré yo quien discuta la cuota de responsabilidad de Mariano Rajoy en el origen y el desarrollo del conflicto catalán. Desde su sectario comportamiento en la oposición, que contribuyó a prender la mecha, a la impávida inmovilidad con que asistió al crecimiento de la bestia durante cuatro años (más le habría valido actuar con Rubalcaba como interlocutor fiable y cuando aún no habían emergido Ciudadanos y Podemos), hasta desembocar en la negligente gestión de la fase incendiaria del 'procés' en sus dos fechas clave: el 6 y 7 de septiembre, cuando se formalizó la insurrección en el Parlamento de Cataluña, y el 1 de octubre, cuando estalló en la calle.

En ese momento el Estado estuvo al borde de la quiebra, y tuvo que ser el Rey –secundado por las fuerzas económicas y los gobiernos europeos- quien enderezara la situación aplicando una severa corrección a la confusa estrategia de un Gobierno 'grogui' y desbordado por los hechos.

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Ahora bien, afirmar que el resultado de la operación del 27 de octubre ha sido un fracaso completo y que la situación ha quedado peor de lo que estuvo entonces me parece injusto y equivocado, muestra de esa pulsión pendular que tenemos los españoles a ver la vida en blanco y negro –con desprecio de toda la gama cromática, incluidos los grises.

Si alguien esperaba que estas elecciones resolverían de una vez el conflicto político de Cataluña, debe someterse a una reflexión más cuidadosa sobre la gravedad y la profundidad del problema. En el mejor de los casos, tendrán que pasar un par de generaciones para que se vuelva a ver a una Cataluña serena y normalizada dentro de España.

Y quien imaginara que el 21-D daría la victoria al bando constitucional y que los rocosos dos millones de votos nacionalistas se licuarían, se dejó llevar por la voluntad o desconoce por completo la sociología electoral de Cataluña –incluida una ley electoral, la española, concebida para favorecer a la derecha en la España profunda del interior y que, por el mismo mecanismo, allí premia a la derecha nacionalista en la Cataluña profunda del interior.

La DUI es un papel mojado y la república catalana un fantoche que se esgrime en los discursos, pero en su virtualidad no creen ni los que la proclamaron

La realidad es que el 155 ha cumplido su función, que no era ganar las elecciones ni hacer desaparecer al independentismo, sino hacer frente a una crisis de Estado y a una emergencia constitucional.

La insurrección quedó frenada y sus responsables están en manos de la justicia. La DUI es un papel mojado y la república catalana un fantoche que se esgrime en los discursos, pero en cuya virtualidad no creen ni los que la proclamaron. Los partidos separatistas se han avenido sumisamente a participar en unas elecciones convocadas desde Madrid por la “potencia invasora”. Se ha evidenciado que la vía unilateral es una vía muerta. Durante estos dos meses ha reinado la paz en las calles de Cataluña. La administración intervenida ha funcionado como una seda, sin todos aquellos sabotajes funcionariales con los que se amenazaba. La Unión Europea ha respondido como un solo hombre en defensa de la unidad de España.

Y lo que es más importante: se ha demostrado que la debilidad del Estado democrático era un espejismo. Que cuando su existencia se ve amenazada –y el 3 de octubre estuvo en máximo peligro, por eso el Rey hizo lo que hizo- reacciona y entonces su comprueba su verdadera fuerza, que es mucha. Los propios independentistas han reconocido que se apresuraron porque subestimaron al Estado y creyeron que podrían derrumbarlo.

A toro pasado, quizá lo más justo sea concluir que el 155 llegó demasiado tarde y las elecciones pronto. Pero eso no es culpa solo de Rajoy

or eso es también falso que ahora estemos peor que antes. Aparte de las baladronadas postelectorales, aquí no va a haber una nueva DUI, ni proclamaciones de repúblicas fantasmagóricas, ni nadie va a pretender que esté en vigor la ley de transitoriedad del 6 de septiembre, ni el Parlament elegido el 21-D se va a poner a escribir una Constitución para Cataluña.

Y no se puede despreciar el formidable impacto psicológico de que una fuerza constitucional se haya convertido en el partido más votado de Cataluña y en el primer grupo parlamentario del Parlament. Nadie soñaba con eso el 27 de octubre. Si el PSC hubiera hecho su parte del trabajo como lo hizo Ciudadanos, ahora no estaríamos lamentando la mayoría absoluta de los independentistas.

La insurrección del "octubre rojo" catalán ha sido sofocada. Lo que ahora nos espera, eso sí, es un conflicto cronificado, áspero, sostenido y prolongado durante años. Un conflicto que heredarán los sucesores de Rajoy y que seguirá exigiendo templanza, fortaleza institucional y unidad política de los defensores de la Constitución.

Foto: independencia-cataluna-del-proces-al-proceso Opinión

Nos aguarda la segunda temporada de una serie que esta vez tendrá, como ha explicado Pablo Pombo, su principal escenario en los tribunales. En 2018 asistiremos al espectáculo de un largo juicio con toda la cúpula del nacionalismo catalán en el banquillo. Un drama político-judicial que condicionará toda la política española, suministrará combustible al victimismo secesionista y pondrá a prueba la imagen de la democracia española en el mundo y la ya muy resquebrajada confianza de los dirigentes europeos en Mariano Rajoy.

A toro pasado, quizá lo más justo sea concluir que el 155 llegó demasiado tarde y las elecciones demasiado pronto. Pero eso no es culpa únicamente de Rajoy. Y desde luego, en mi humilde opinión, no otorga la razón histórica a José María Aznar. Tiemblo de pensar lo que podría haber sucedido con él al timón.

“Hoy he disuelto el Parlamento de Cataluña y el próximo 21 de diciembre se celebrarán elecciones autonómicas en esa comunidad autónoma”.

Mariano Rajoy Parlamento de Cataluña