El plan de Puigdemont: elecciones en verano o elecciones en otoño

El 'expresident' ha reconocido que lo que le espera en los próximos años es una cárcel española o vagar como fugitivo por Europa

Foto: Carles Puigdemont, en Berlín. (EFE)
Carles Puigdemont, en Berlín. (EFE)

Carles Puigdemont sabe que nunca volverá a ser presidente de la Generalitat. Ha reconocido que lo que le espera en los próximos años es una cárcel española o vagar como fugitivo por Europa. A Oriol Junqueras ni siquiera le queda esa alternativa: él ya eligió su destino cuando rehusó fugarse.

Aunque tenga a todo el independentismo coreando la consigna “Puigdemont o Puigdemont” so pena de lapidación popular, en mi opinión el 'expresident' persigue tres objetivos:

El primero es, obviamente, escapar de la acción de la Justicia. Y si puede hacerlo infligiendo una derrota humillante al Estado español en Europa, tanto mejor. De momento, esa batalla la va ganando.

El segundo es establecer su mando dentro del independentismo. Tiene mucha razón Joan Tapia cuando insiste en que no se puede entender nada de lo ocurrido en Cataluña en los últimos años sin poner en el centro del análisis la lucha cainita por el poder entre Convergència y Esquerra. Desde que se fue Pujol, ese ha sido el eje de todo. Cada paso del 'procés' puede interpretarse desde la óptica de esa pugna. E igualmente todo lo ocurrido desde las elecciones del 21-D. Ver esta película únicamente como un desafío del bloque secesionista contra la unidad de España es visión monocular. No incierta, pero incompleta.

La novedad es que entre los dos viejos rivales, exhaustos de tanto zancadillearse, ha emergido un pujante tercero: Puigdemont. Está dispuesto a dislocar a los dos referentes históricos del nacionalismo y hacer lo que hizo Franco en 1937 con el variopinto conglomerado del llamado bando nacional (falangistas, carlistas, tradicionalistas…) o lo que hizo Perón, desde su exilio madrileño, con las múltiples facciones del justicialismo argentino: un solo movimiento y un único caudillo, esté donde esté. Uno conduce y los demás acompañan.

Puigdemont y Junqueras, en una foto de archivo. (Reuters)
Puigdemont y Junqueras, en una foto de archivo. (Reuters)

El tercer objetivo es cerrar a toda costa el paso a que Cataluña regrese al marco constitucional. Con independencia o sin ella, se trata de que Cataluña nunca más vuelva a ser una comunidad autónoma del Estado español, sometida al imperio de su ley. Su programa mínimo es cronificar la excepcionalidad, mantener el conflicto abierto y apuntalar la anomia. Si no fuera de España (de momento) porque no se puede, tampoco dentro. A eso responde todo el montaje del Consejo de la República en el exilio, la Asamblea de Representantes y todo lo demás: una institucionalidad paralela, extramuros de la legalidad. Se trata de sabotear la tregua que buscan por un lado el Gobierno y por otro las fuerzas del independentismo institucional (PDeCAT y ERC) para restablecer una cierta normalidad. Al menos hasta que llegue, como dice Esquerra, “el próximo embate contra el Estado”.

Es interesante que ERC presente ahora una ponencia en la que pueden leerse reflexiones tan juiciosas como estas:

“El octubre catalán no se ha traducido en el nacimiento de la república catalana (…) Obtener la mayoría social de un país significa mucho más que tener una simple mayoría en una cámara parlamentaria (…) el 50% es insuficiente cuando se trata de que la república nazca por medios cívicos, pacíficos y democráticos (…) Crear la república catalana no es una decisión legislativa ordinaria (…) el proceso hacia la independencia será claramente multilateral, el debate de la unilateralidad es binario, estéril y contraproducente (…) necesitamos conectar con la diversidad de la sociedad catalana actual (…) Entre los apoyos ausentes es particularmente importante el de la clase trabajadora…".

Se trata de sabotear la tregua que buscan el Gobierno y las fuerzas del independentismo institucional para restablecer cierta normalidad

Si Oriol Junqueras y los suyos se hubieran atrevido en su momento a decir en voz alta cosas parecidas a estas en lugar de ejercer de pirómanos políticos, todo habría sido distinto. Probablemente, él mismo estaría hoy en su casa y no en una celda.

Pero me temo que ya es tarde, porque ahora Puigdemont tiene la sartén por el mango y el mango también. Mientras ERC filtraba su tardía ponencia, el expresidente reunió a sus diputados en Berlín, tras enviar una ostentosa no-invitación a sus supuestos aliados. Allí quedó meridianamente claro que:

-Si se elige o no a un presidente, lo decidirá Puigdemont, y lo hará cuando a él le convenga —previsiblemente, en el último segundo de la prórroga—.

-Si desbloquea la elección, será su augusto dedo el que señalará al nominado, al que dictará su programa, sus competencias y hasta los despachos que puede ocupar. La votación será una farsa (una más) y el interino no responderá ante el Parlamento que lo ha elegido, sino ante el caudillo que lo ha designado.

-Si hay elecciones anticipadas o no, depende ya únicamente de la voluntad soberana del líder. Él decidirá por todos (no por todos sus partidarios, sino por todos los catalanes).

-Mientras tanto, lo que corresponde a los dirigentes (?) del independentismo es agasajar al gran timonel, loar su nombre por todos los rincones y aguardar sumisamente su designio providencial.

Reunión de los diputados de JxCAT en Berlín. (Reuters)
Reunión de los diputados de JxCAT en Berlín. (Reuters)

Todo esto, ¿para qué? Hay mucho de megalomanía psicótica, pero también de cálculo político. Cualquier observador atento percibe fácilmente el cúmulo de incentivos que tendría para Puigdemont provocar unas elecciones ahora. Pero podría haber un plan aún mejor para sus propósitos:

Supongamos que en el ultimo momento accede a que este Parlament elija a un presidente-títere. Ello permitiría librarse del 155, recuperar el control del aparato de poder y de la caja y, aparentemente, dar satisfacción a sus socios. Pero eso no despeja el horizonte electoral. Según el Estatuto (art. 75), el presidente de la Generalitat solo puede disolver el Parlament cuando ha transcurrido un año desde la última disolución. En este caso, la marioneta de Puigdemont podría comprometerse con su amo a disolver y convocar nuevas elecciones tan pronto como pueda: es decir, a partir del 27 de octubre.

La marioneta de Puigdemont podría comprometerse a disolver y convocar nuevas elecciones tan pronto como pueda: es decir, a partir del 27 de octubre

Octubre del 18: primer aniversario del glorioso Alzamiento Nacional. Coincidiría con el macrojuicio en el Tribunal Supremo a toda la cúpula independentista, el martirologio en toda su expresión. Con la prensa mundial pendiente del juicio de Las Salesas y las masas en las calles de Barcelona, sería imposible para ERC negarse a formar una candidatura común independentista patroneada por Puigdemont, aunque solo fuera para impedir una nueva victoria de Ciudadanos. Esas elecciones ya no las convocaría Rajoy, sino el mayordomo de Puigdemont ejerciendo de presidente en funciones. El escenario sería inmejorable para lograr una mayoría independentista reforzada que permita intensificar el raca-raca, que es de lo que se trata.

Y todo gracias al tancredismo mariano y a la frivolidad de un juez alemán que de una tacada se cargó el espíritu de la euroorden europea e insufló nueva vida a un político que dos días antes parecía acabado. Cuánta chapuza.

Una Cierta Mirada
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