Congreso del PP: la familia que vota unida permanece unida

El PP tiene que pasar por talleres, como antes le ocurrió al PSOE, porque los desperfectos no son solo de carrocería, sino de todo lo que permite que el vehículo avance

Foto: Comisión organizadora del congreso del PP. (EFE)
Comisión organizadora del congreso del PP. (EFE)

Tiene razón Isidoro Tapia cuando señala que la normativa de este congreso del PP, absurda y disfuncional donde las haya, no presagia nada bueno para el partido de la gaviota. Es obvio que el adefesio estatutario fue una mera concesión a la galería, redactado con la convicción de que jamás se aplicaría en la práctica.

No obstante, las desgracias del Partido Popular —las presentes y las que le esperan— no provienen del texto, sino del contexto. Derivan de la prepotente gestión de la mayoría absoluta y de las precarias condiciones en que ha gobernado desde 2015, de su esclerosis ante corrientes sociales de cambio que nunca detectó y de la forma abrupta y un tanto humillante en que se dejó arrebatar el poder.

Un partido que, tras gobernar durante siete años, es expulsado del poder con el aplauso de la mayoría de la población (incluida una parte de su propio electorado); acosado por una sucesión destructiva de escándalos de corrupción; percibido como incapaz de hacer frente al mayor problema del país (aquel infausto 1 de octubre); con un líder que, más que dimitir, abandonó el puesto de trabajo dejando un bolso en su lugar, y con una dirigencia atravesada por odios personales y cuentas pendientes, está abocado a un largo purgatorio.

El PP tiene que pasar por talleres, como antes le ocurrió al PSOE, porque los desperfectos no son solo de carrocería, sino de todo lo que permite que el vehículo avance. Y eso contando con la fortaleza extraordinaria de sus cimientos, porque un edificio más frágil sería firme candidato al derribo.

Hay algunas similitudes entre este congreso del PP y el que el PSOE celebró en Sevilla en febrero de 2012. También entonces el partido acababa de perder el poder entre el descrédito general (en aquel caso, por el fracaso ante la crisis). También quien fue líder durante varias legislaturas abandonó la escena, abrasado y dejando abierta una cruenta batalla sucesoria. También en aquel congreso el horizonte se presentaba oscuro para el partido.

Allí se enfrentaron un sólido exvicepresidente y una joven candidata, tan ambiciosa como inexperta: la solvencia probada frente a la promesa mágica de la renovación y la cura sin dolor. También entonces los ajustes de cuentas pesaron más que la razón política. Y como está sucediendo estos días en el PP, los centuriones pelearon cada voto palmo a palmo, con la incertidumbre de que al menos un tercio de los delegados prometieron su apoyo a ambas candidaturas.

En este congreso del PP, como en aquel del PSOE, lo que realmente se dilucida no es quién obra el milagro de la resurrección, sino quién conduce la travesía del desierto. No se elige a un Mesías, sino a un administrador eficiente de la adversidad. Lo poco atractivo del encargo es, probablemente, la causa principal del renuncio de Feijóo, que trastornó todos los planes.

Ahí termina la semejanza con las primarias del PSOE, de la que se abusa olvidando que son culturas partidarias completamente distintas. Los socialistas disfrutan con la jarana interna y coquetean alegremente con el desastre, dos cosas que al circunspecto PP le producen vértigo.

En el caso del PP, hay varias circunstancias que agravan el pronóstico:

El calvario judicial de la corrupción, al que le quedan varias estaciones (no menos de siete sentencias en lista de espera) y con el que tendrá que cargar quien se haga cargo del partido.

La competencia de Ciudadanos en su espacio electoral, una situación desconocida para el PP desde que ocupó en solitario todo el territorio a la derecha de la izquierda.

La proximidad de una cita electoral en la que se juega su ya disminuido poder territorial. Miles de candidatos municipales y autonómicos en vísperas de entrar en difícil batalla, sin saber bajo qué paraguas nacional conviene guarecerse. Por no hablar de la inminente convocatoria en Andalucía, que puede pillarles a medio vestir.

Y también el desquiciado método de la elección. El riesgo de un choque de legitimidades si los compromisarios desautorizan la votación de los militantes y el pie forzado de que los candidatos hayan de presentarse con su lista para la dirección, lo que dejará señalados como ganadores o perdedores a todos los que formen parte de una de ellas.

Las encuestas muestran que el conjunto de la población y los ocho millones de votantes del PP ven con mejores ojos a Santamaría que a Casado. Esa ventaja se mantuvo, aunque por la mínima, entre los 50.000 militantes que votaron en la primaria. Pero todo eso no garantiza nada cuando la decisión final queda en manos de 3.000 cuadros partidarios cuyo comportamiento responderá más a la lógica y servidumbres del poder interno en los respectivos territorios que a la del interés objetivo del partido.

Por eso, en este caso, el contraste ideológico entre los candidatos es relativamente secundario. Víctor Lapuente lo ha sintetizado señalando que, aparentemente, “no sabemos qué ideología tiene Santamaría. Y no sabemos qué ideología no tiene Casado, porque se apunta a todas”.

En realidad, Casado intenta conciliar un discurso ideológicamente involutivo con la imagen de marca de la modernidad y la renovación redentora que promete un nuevo esplendor. Lo primero es música celestial para los balcones embanderados del barrio de Salamanca. Lo segundo busca sintonizar con el intenso disgusto hacia el último periodo de Rajoy, el rechazo a la decadencia mariana mediante la recreación de glorias pasadas transportadas al presente.

Soraya se presenta como lo que es: una profesional de la conquista y administración del poder. Heredera de esa derecha española que nunca necesitó dotarse de una especial armazón doctrinal porque, tradicionalmente, le fue bien confiando la defensa de sus intereses al aparato del Estado. Desde presupuestos conservadores, su ideología no es, como se dice, burocrática, sino netamente institucional (y por ello, paradójicamente, más transversal). Quizás ella resulte más idónea para combatir a Sánchez con una oposición exigente y él para competir con Rivera en el espacio de la política líquida.

Que Aznar y Rajoy solventen 14 años de rencores y mutuas traiciones usando su partido como escenario del duelo no puede ser saludable

Cualquiera que sea el desenlace, gestionar el poscongreso no será sencillo para quien gane este fin de semana. Estos ejercicios fratricidas dejan heridas que no cicatrizan fácilmente. No habrá nada de festivo ni de curativo en este congreso ni en una votación que viene cargada de puñaladas. Que Aznar y Rajoy solventen 14 años de rencores y mutuas traiciones usando su partido como escenario del duelo no puede ser saludable para un organismo enfermo.

Por el camino, han olvidado algunas cosas esenciales: por ejemplo, que en tiempos de desventura solo la familia que vota unida permanece unida.

Una Cierta Mirada

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