El plan redentor de Inés Arrimadas: en la duda, hacer lo correcto

De los 165 diputados que se opusieron a la investidura de Sánchez, 12 han respaldado todas las prórrogas de la alarma: 10 de Cs, la de Coalición Canaria y el del Partido Regionalista de Cantabria

Foto: La presidenta de Cs, Inés Arrimadas, en el Congreso. (EFE)
La presidenta de Cs, Inés Arrimadas, en el Congreso. (EFE)
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De los 165 diputados que se opusieron a la investidura de Pedro Sánchez, solo 12 han respaldado todas las prórrogas del estado de alarma: los 10 de Ciudadanos, la de Coalición Canaria y el del Partido Regionalista de Cantabria. Los demás han ido cambiando su posición, siempre en sentido desfavorable al Gobierno.

El partido de Inés Arrimadas ha dado cuatro síes al estado de alarma. Los tres primeros fueron incondicionados. Para dar el último, exigió ciertos compromisos del presidente, destinados a acotar el ejercicio libérrimo y abusivo de sus poderes especiales. Si su posición ha evolucionado, ha sido más bien hacia una mayor exigencia, acompañada de un discurso cada vez más crítico. Ello no le ha impedido ajustar su voto a la convicción de que interrumpir bruscamente esta semana la vigencia del estado de alarma sería prematuro y peligroso.

Ciudadanos actuó conforme a la previsión legal de que es el Congreso y no el Gobierno quien establece “el alcance y las condiciones vigentes durante la prórroga” (Ley Orgánica 4/1981). Sus demandas fueron claras:

  1. Que las medidas sociales se desliguen jurídicamente del estado de alarma para proteger su vigencia sin perpetuar la excepcionalidad constitucional (una forma de desmontar el chantaje formulado por Sánchez en su sermón desafiante del sábado).
  2. Que el Gobierno se comprometa desde ahora a preparar y presentar una propuesta para una salida pactada y ordenada del estado de alarma, precisamente para evitar que Sánchez vuelva a poner al Parlamento y el país en una situación límite como hizo el miércoles.
  3. Que se abra de una vez, con dos meses de retraso, un cauce regular de diálogo y consulta con la oposición. Tres garantías democráticas frente a la gestión autocrática de la crisis sanitaria.

Lo que hizo Arrimadas el martes podría haberlo hecho Pablo Casado el lunes, con mucha más fuerza y efectividad (no se negocia igual con 10 diputados que con 89). Pero ni lo intentó. Antes de hablar con el presidente del Gobierno, ya había anunciado en Onda Cero que en ningún caso apoyaría la prórroga. Los 60 minutos de conversación entre los dos principales líderes del país se habían inutilizado de antemano. Ni siquiera se molestó en presentar enmiendas al decreto del Gobierno. En la tribuna, lanzó un alegato impugnatorio que conducía directamente al voto negativo; para concluir, en vergonzante escorzo final, justificando la abstención… ¡porque Sánchez había aceptado las condiciones de Arrimadas! Las mismas a las que él no había dado la menor oportunidad. Ahí se delató doblemente: porque sabía que no estaba haciendo lo correcto, y porque admitía implícitamente que la sombra de Vox es alargada.

(Algún día recuperaremos la idea original de que abstenerse en una votación no significa estar un poco a favor o un poco en contra, sino desentenderse de la decisión. Ante ciertas cuestiones cruciales, debería excluirse por cínica).

Desde entonces, se amontonan las interpretaciones, a cual más sofisticada, sobre el supuesto 'movimiento estratégico' de Ciudadanos, siendo así que ese partido ha mantenido la misma posición en las cuatro votaciones sobre el estado de alarma. Digo yo que más bien deberían explicarse quienes transitaron del sí al no (Vox), del triple sí a la abstención, como estación intermedia hacia el no (PP), o, dentro del bloque oficialista, quienes han hecho escuela de la explotación táctica de la abstención (Bildu, ERC).

Me pregunto si cabe contemplar la hipótesis de que Inés Arrimadas y su partido se hayan limitado a responder a la pregunta que se les formulaba en ese momento, partiendo de una interpretación honesta del interés general. Estamos tan poco acostumbrados a ese proceder en nuestros dirigentes políticos que inercialmente descartamos de saque la explicación más sencilla y natural, y nos lanzamos de cabeza a buscar los mil pies del gato.

¿Era prudente y conveniente interrumpir abruptamente la vigencia del estado de alarma? Cualquier persona sensata sabe que no. ¿Era necesario poner coto a la deriva autocrática de Sánchez y condicionar en el tiempo y en la forma la gestión del poder excepcional que la situación le otorga? Basta tener ojos en la cara y no ser Adriana Lastra para responder en conciencia que sí. Lo que ha hecho Ciudadanos es emitir un voto congruente con esa doble convicción. Sé que resulta insólito en la actual política española —y en el historial de ese partido—, pero admitamos que alguna vez puede obrarse el milagro de que se haga lo natural.

Lo disparatado es deducir que de la votación del miércoles nace una nueva mayoría parlamentaria, o que Arrimadas se dispone a pasar el resto de la legislatura dando soporte al Gobierno de Iglesias, Sánchez y Urkullu para suplir a las tropas de Junqueras. Ciudadanos ya extravió su identidad política una vez, cuando Rivera se encaramó a aquel estrado en la plaza de Colón, y ha pagado por ello una factura colosal. No es imaginable que reproduzca el mismo extravío, esta vez en la dirección opuesta.

Se dirá que Ciudadanos ha obtenido un indudable beneficio político de su voto, aprovechando el hueco que le dejó el aturdimiento de Casado. Eso es lo que suele ocurrir cuando alguien encuentra la forma de responder a la vez a la demanda social mayoritaria y a la conveniencia objetiva del país.

Rivera embarcó a su partido en una aventura alocada, fruto de espejismos sucesivos, que contenía por triplicado el germen de su fracaso: primero aceptó una supuesta contraposición entre el interés general y el interés partidario, asumiendo el principio de que lo que es dañino para el país puede resultar provechoso para el partido y viceversa (algo que pueden permitirse quienes habitan en la periferia del sistema, pero no quien aspira a conquistar la centralidad). Una vez instalado en la malsana disyuntiva, eligió lo peor para el país y para el partido. Finalmente, tras sabotear sucesivamente un Gobierno razonable y su alternativa, apostó especulativamente por la fórmula que él mismo había señalado como la más perniciosa, soñando con capitanear el frente de rechazo.

Tras aquel despropósito, los españoles enviaron a ese partido al rincón de pensar para una larga temporada, y borraron de su dial la emisora naranja. En el camino de la redención que acaba de iniciar, Inés Arrimadas parece dispuesta a explorar una vía revolucionaria en la política española: en la duda, hacer lo correcto. No cabe mayor autocrítica de quien se vio envuelta en un naufragio por lo contrario.

Quizá nos llevemos la sorpresa estupenda de que el método funciona y le salen imitadores. Y además descubrimos que, a veces, la escuela interpretativa de Ockham orienta mejor que la de Borgia.

Una Cierta Mirada
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