Dos golpes de realidad: Frankenstein, diagnosticado de coronavirus

En apenas 24 horas, el Gobierno ha recibido dos golpes de realidad que necesitaba desde su fundación, pero que se hicieron indispensables cuando el virus se instaló en nuestras vidas

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias conversan en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias conversan en el Congreso. (EFE)
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En apenas 24 horas, el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ha recibido dos golpes de realidad que necesitaba desde su fundación, pero que se hicieron indispensables cuando el virus se instaló en nuestras vidas.

Desde la pequeñez de sus 10 diputados, Inés Arrimadas le ha obligado a admitir que carece de mayoría parlamentaria para gobernar la triple crisis —sanitaria, económica y social— que nos amenaza existencialmente. Y desde la cumbre de su alto cargo, el gobernador del Banco de España ha desvelado brutalmente que también ha quebrado el programa del Gobierno progresista para toda esta legislatura y las siguientes. Sánchez tiene la poltrona presidencial asegurada hasta finales de 2023, y nada ni nadie se la quitará. Pero eso es lo único que tiene. Todo lo demás tiene que reconstruirlo desde los cimientos. El coronavirus también ha infectado al monstruo de Frankenstein.

El segundo triunfo táctico de Ciudadanos es mayor que el primero. Hace dos semanas se limitó a aprovechar la soberbia de Sánchez y la desorientación de Casado para empujar un balón a portería vacía. Además de resolver una situación comprometida para el país, logró que se vuelva a sintonizar Radio Naranja, que había desaparecido de los diales.

Dos golpes de realidad: Frankenstein, diagnosticado de coronavirus

Un Sánchez ensoberbecido y escarmentado se propuso acabar de un manotazo con el calvario de las votaciones quincenales. Lanzó el órdago de una prórroga de 45 días que, combinada con el final del periodo de sesiones, le permitiría ejercer sus poderes excepcionales sin aparecer por el Congreso hasta septiembre. Y encomendó a sus dos vicepresidentes, Iglesias y Calvo, la tarea de conseguir que ERC regresara al redil 'cueste lo que cueste y nos cueste lo que nos cueste'.

Arrimadas no solo ha forzado al Gobierno por segunda vez a pactar 'in extremis' con Ciudadanos para salvar una votación. Ha desmontado el enredo de la prórroga perpetua. Le ha hecho firmar un comunicado conjunto que reconoce a Ciudadanos como interlocutor político estable sobre la salida de la pandemia, un escándalo para los devotos del bibloquismo. Lo ha conducido a una negociación sobre medidas sociales y económicas de fondo. Y ha impedido el cerrojazo parlamentario programado para el 30 de junio. En resumen, ha despojado al plan monclovita de lo mucho que tenía de abusivo, entregando a cambio lo que a todos parecía razonable: 15 días más de estado de alarma para certificar el control de la epidemia y preparar los cambios legislativos que sean menester por si los rebrotes.

Eso ha sido posible porque naufragó la intentona de reconstruir la mayoría de la investidura. Si Iglesias hubiera traído el voto de ERC, el pacto con Ciudadanos no habría existido. Este acuerdo es, sobre todo, un fracaso del líder de Podemos, que desde el verano de 2018 apostó a fondo por consolidar el bloque hegemónico de la izquierda con los nacionalistas y asentar su poder sobre el choque frontal con el otro bloque, el de Colón. Ahora, Iglesias y Sánchez ya saben que no podrán contar con el partido de Junqueras hasta que este no resuelva en las urnas su duelo con Puigdemont por la supremacía.

Pero 24 horas antes, había sucedido algo mucho más trascendente. El gobernador del Banco de España se acercó al Congreso y encendió la luz para mostrar a sus señorías el umbral inferior de la catástrofe. Es la primera autoridad pública que pone sobre la mesa crudamente, sin tapujos ni eufemismos, la verdadera dimensión de la hecatombe económica y social y sus consecuencias inexorables sobre la acción del Gobierno (señalando, de paso, que también debería tenerlas sobre el comportamiento de la oposición).

El escenario menos trágico presenta un desplome de la riqueza nacional próximo al 10% (en lo peor de la crisis anterior, la recesión no alcanzó el 4%). Uno de cada cuatro españoles adultos (uno de cada dos jóvenes), en el paro. El déficit y la deuda, disparados: muchos más gastos con muchos menos ingresos, lo que se viene llamando una bancarrota. Para salir de ella, sacrificios económicos brutales y generalizados durante al menos una década. Y como cierre, la frase mortal: “No pueden descartarse escenarios más desfavorables que los considerados actualmente”. Sin decirlo, se nos invita enérgicamente a no esperar ni prometer un escenario menos tenebroso que ese.

Es imposible no percatarse de las consecuencias políticas de semejante diagnóstico. Para empezar, el programa del Gobierno de coalición queda completamente desarbolado. No habrá escudo social, sino hachazo social. Le guste o no le guste, Sánchez tendrá que hacer cosas iguales o peores que las que hicieron Zapatero en 2010 y Rajoy en 2013; Iglesias deberá decidir si le acompaña en la travesía o se baja del barco.

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, en el Congreso. (EFE)
El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, en el Congreso. (EFE)

El horizonte dibujado por el gobernador desmonta también cualquier coartada de la oposición para desentenderse de su responsabilidad y esperar plácidamente a ver a Sánchez ardiendo en la pira de la crisis. A no ser que Pablo Casado esté dispuesto a heredar dentro de tres años no un país sino un paisaje lunar.

Lo que Hernández de Cos dijo en voz alta lo saben y susurran todos los dirigentes. Lo saben Sánchez y Casado, lo sabe Iglesias, lo saben los empresarios y los sindicatos, igual que los presidentes autonómicos. Por supuesto, lo saben en Bruselas. Pero asumirlo implica despojarse de trampas retóricas, ensoñaciones y productos anestésicos y obliga a hacerse cargo del drama, cada uno desde su lugar.

Ha llegado el momento de que se impongan dos reflexiones ineludibles:

La oposición tiene que aceptar que Sánchez estará en el poder como poco hasta el final de 2023, y dejar de especular con quiméricos adelantos electorales. Mientras pueda seguir en Moncloa, no habrá fuerza humana capaz de obligar a Sánchez a convocar elecciones en medio de una debacle social y económica. Toca decidir al PP si emplea estos tres años en ayudar a controlar los daños o en exacerbarlos.

Por su parte, el Gobierno tiene que admitir que su programa fundacional está liquidado por la realidad. Que no puede pasar toda la legislatura trampeando sobre el alambre, pendiente de la última veleidad de Junqueras, el penúltimo chantaje del PNV o el comodín de Arrimadas. Que en estas circunstancias, la geometría asimétrica no es asimétrica sino deforme; y desde luego, no es geometría sino chapuza y embuste. Que el gobernador tiene razón en lo económico y también en lo político.

Es inevitable una legislatura completa con Sánchez en Moncloa. Pero el diseño de la legislatura que hizo Sánchez es inviable: se ha quedado sin mayoría que lo sostenga y sin programa que aplicar. Si unos y otros siguen cerrando los ojos a esa doble realidad, lo pagarán muy caro. No me preocupa por el destino de estos dirigentes, que serán bienvenidos en el infierno. Me preocupa por la democracia.

Una Cierta Mirada
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