Vox, el alguacil alguacilado
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Vox, el alguacil alguacilado

El PP ha ganado las tres elecciones y ganará la cuarta, Vox sigue en alza, Sánchez se queda sin votos y sin aliados para un nuevo Frankenstein y todo esto tiene muy poco que ver con el estrecho de Ormuz

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Rodrigo Jiménez)
El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Rodrigo Jiménez)
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Las tres elecciones autonómicas de esta serie (Extremadura, Aragón y Castilla y León) y la que espera a la vuelta de la esquina (Andalucía) demuestran que el frentismo bipolar, creado para eternizar el sanchismo en el poder, se ha vuelto contra Sánchez y será su tumba electoral.

En Extremadura, la suma de la derecha (PP+Vox) aventajó a la de la izquierda (PSOE+IU+Sumar+Podemos) por 24 puntos y 15 escaños. Bloque frente a bloque, 60% frente a 36% y 40 frente a 25 diputados. Por su parte, el PP se permitió el lujo de sacar 17 puntos de ventaja al PSOE, que había sido dominador absoluto de esa región durante cuatro décadas.

En Aragón, la derecha apalizó a la izquierda por segunda vez: 16 puntos y 15 escaños de ventaja (incluyendo a la CHA en la izquierda).

En Castilla y León, la ventaja de la derecha ha sido de 22,5 puntos (incluyendo en ambos bloques a los extraparlamentarios SALF, IU-Sumar y Podemos) y 17 escaños.

Tres mayorías absolutas abrumadoras para el bloque de la derecha e incapacidad igualmente absoluta del bloque de la izquierda para siquiera soñar con formar un Gobierno. Tres victorias claras del PP sobre el PSOE, compatibles con el ascenso de Vox: las derechas no se restan, entre otros motivos porque atienden a públicos objetivos diferentes y a demandas distintas de sus respectivos electorados. Del PP se esperan soluciones de gobierno alternativas al sanchismo y de Vox, como de Podemos en 2016, un recipiente donde vomitar el malestar acumulado por las crisis.

En Andalucía se repetirá la historia. De hecho, allí la única duda es si el PP de Moreno Bonilla conservará o no su actual mayoría absoluta. Pero si la pierde, no será el PSOE ni la izquierda quien se la quite, sino la crecida de Vox. En todo caso, paliza de la derecha a la izquierda, victoria clara del PP como partido más votado y un único gobierno viable, el que encabece el Partido Popular. La actual vicepresidenta primera del Gobierno, emisaria personal de Sánchez y convertida en forastera en su tierra como Pilar Alegría en Aragón, será sacrificada sin que su jefe mueva una pestaña. No la enviaron allí para triunfar, sino para mostrar su amor a la causa muriendo por ella.

Foto: podemos-hara-una-reflexion-veto-acuerdo-andalucia

En el último domingo de mayo de 2027 votarán otras diez comunidades: Cantabria, Asturias, Navarra, La Rioja, Madrid, Castilla-La Mancha, Murcia, Comunidad Valenciana, Baleares y Canarias, además de todos los ayuntamientos de España.

Exceptuemos Navarra, donde el PSOE puede verse fácilmente superado por Bildu y sometido a la abyección de entregar ese Gobierno a los herederos de ETA.

En todas las demás, lo más verosímil es que se repita el escenario. No deja de resultar sarcástico que la esperanza de Ferraz por conservar algún Gobierno autonómico se reduzca a que Emiliano García-Page conserve su mayoría absoluta o, alternativamente, deba esperar un acto de pérfida misericordia de Feijóo regalándole una abstención para que algún antisanchista siga vivo. Por no hablar de la carnicería que se producirá en los ayuntamientos.

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Todas las encuestas respetables publicadas durante esta legislatura anticipan un resultado similar para las elecciones generales, cualquiera que sea su fecha: una ventaja de dos dígitos de la derecha sobre la izquierda, el maillot amarillo para Feijóo y una degollina en el llamado "espacio a la izquierda del PSOE" (más propiamente ultraizquierda), cada día más pequeño, más descabezado y más fraccionado en grupúsculos. El invento de Pablo Iglesias ha tomado el mismo rumbo que el de Albert Rivera, y nadie derramará una lágrima por quienes pretendieron ser heraldos de la nueva política y adquirieron todos los vicios y ninguna de las virtudes de la vieja.

Estos son los elementos geológicos de la situación electoral en España al iniciarse la primavera de 2026. Añádanse la atrofia parlamentaria, las causas judiciales pendientes, la ausencia crónica de presupuestos y el colapso de los servicios públicos y las infraestructuras para completar el retrato de la metástasis de un régimen.

Hay quien aspira a salvar al paciente tomando al presidente de los Estados Unidos como adversario electoral. Salvando la gigantesca distancia entre los personajes, no puedo evitar evocar la obsesión del Suárez terminal con el estrecho de Ormuz.

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Con todo, la votación de Castilla y León presenta singularidades que merecen el máximo interés:

El PP aumenta su distancia sobre el PSOE y duplica en votos y en escaños a Vox. Asienta su dominio en la región tras una votación realizada en enero de 2022 en las peores condiciones posibles, con Pablo Casado en la jefatura (?) y una guerra civil interna desatada. Aquel susto en Castilla y León precipitó la llamada de urgencia a Alberto Núñez Feijóo para que ejerciera, en palabras de Cayetana Álvarez de Toledo, como "el adulto en la habitación". Con todas las insuficiencias propias y heredadas que se le quieran atribuir, el PP ha coleccionado desde entonces una envidiable sucesión de "amargas victorias". Esta no es amarga en absoluto: le ha bastado para ello evitar los errores no forzados en el tramo final de la campaña.

Castilla y León tiene el 28% de los municipios de España para el 5% de la población. 2.248 ayuntamientos son otros tantos centros de ejercicio y reparto del poder. En las últimas elecciones municipales, el PP presentó 2.240 listas (prácticamente el 100%) y Vox 368 (el 16%). El partido de Feijóo tiene 1.349 alcaldes y el de Abascal 35. El PP permanece en el poder regional desde 1987 y Vox participó como socio minoritario apenas unos meses, dejando un recuerdo penoso. En general, allí donde los de Abascal ejercieron el poder, demostraron que no saben hacer la O con un canuto ni les interesa aprender. Como Podemos, nacieron más para la explotación de los malestares que para su remedio.

Es cierto que la ola nacional y europea favorece claramente a la ultraderecha, pero conviene retener esos datos antes de lanzarse a formular ciertos pronósticos. A medida que se territorializa el ámbito de una elección, la capilaridad sobre el terreno se convierte en un factor decisivo del voto, especialmente en múltiples núcleos de población con menos de 500 habitantes donde todo el mundo se conoce con nombre y apellido.

En menor medida, algo parecido puede decirse del PSOE. 2.157 listas en las elecciones municipales, 2.810 concejales y 550 alcaldes socialistas no dan para competir con el PP en igualdad de condiciones, pero sí garantizan una estimable presencia en el territorio, inalcanzable para los demás partidos excepto el PP. En esa materia, PP y PSOE juegan en una liga distinta.

Ha bastado presentar un buen candidato, asentado en el territorio y moderadamente distante del sanchismo furioso, alejar al puto amo de la campaña y no presentar la votación como un plebiscito sobre Sánchez para que el PSOE obtenga un resultado decoroso. No es casualidad que haya sido el partido más votado en León y en Soria, donde están sus dos principales alcaldes de la región.

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Vox ha sido víctima del traidor juego de las expectativas tanto como fue beneficiario de ellas en Extremadura y Aragón. En los tres sitios quedó tercero, alejado de los dos primeros, y en todos ellos mejoró su resultado anterior. Pero en esta ocasión se dejó atrapar en un objetivo simbólico, el 20% de los votos, que ni siquiera él había fijado: se lo fijaron desde fuera, como desde fuera fijaron al PP en las elecciones anteriores el objetivo de la mayoría absoluta sabiéndose que probablemente no la obtendría.

Por pura coherencia, todos aquellos que proclamaron al tercer partido como vencedor de las elecciones extremeñas y aragonesas deberían señalarlo ahora como el perdedor político de esta elección, el alguacil alguacilado.

Personalmente, no creo una cosa ni la otra. El PP ha ganado las tres elecciones y ganará la cuarta, Vox sigue en alza, Sánchez se queda sin votos y sin aliados para un nuevo Frankenstein y todo esto tiene muy poco que ver con el estrecho de Ormuz.

Aunque si esa guerra maldita se prolonga, las pancartas se marchitarán y veremos quién paga electoralmente la espiral inflacionista.

Las tres elecciones autonómicas de esta serie (Extremadura, Aragón y Castilla y León) y la que espera a la vuelta de la esquina (Andalucía) demuestran que el frentismo bipolar, creado para eternizar el sanchismo en el poder, se ha vuelto contra Sánchez y será su tumba electoral.

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