El corredor biológico mundial: un antídoto contra la prisa
  1. Medioambiente
  2. Naturaleza
Joaquín Araujo

Emboscadas

Por

El corredor biológico mundial: un antídoto contra la prisa

A nosotros nos conectan, pero nuestras vías de (in)comunicación meten en infinitos campos de refugiados comunidades biológicas enteras, las cuencas hídricas, todo lo que puebla y embellece el derredor libre y espontáneamente

placeholder Foto: Brechas de asfalto en el paisaje. (Unsplash/@foxxmd)
Brechas de asfalto en el paisaje. (Unsplash/@foxxmd)

Las carreteras y todas las otras vías de comunicación que nos llevan a los humanos se llevan a la Natura. Loable y necesario, sin duda, comunicarnos, incluso viajar, por mucho que esta pandemia haya dado la razón a Pascal, que mantuvo que todos los males de este mundo partían de no quedarnos en nuestra habitación. Pero como sucede con todos los quebrantos del ambiente, la infección no está en el hacer sino en la velocidad a que se hace casi todo.

Nada más lela que la prisa que solo mejora una entre los mil millones de facetas de la vida que pueden llegar a concebir nuestras mentes o las decenas de miles que algunos consiguen poner en práctica. Es decir, que todo mejor si más lento; y aquí vale apelar a la totalidad, que es la exageración más usada. Las prisas asesinan sin parar.

La sagrada velocidad es una formidable hecatombe. No ya consentida sino fomentada con entusiasmo y por los mejores presupuestos

Obvio resulta que vivimos en tiempo de atropellos. Para empezar, casi todo lo esencial ha sido arrollado por lo insignificante. Entre las víctimas más frecuentes, cabe situar la ternura triturada por el realismo. No menos la belleza aplastada por la acelerada muchedumbre de lo feo, entre lo que destaca la línea recta de nuestras infraestructuras.

Penosa figura geométrica, en efecto, que es imposición de la dictadura de la velocidad. ¡Cuántas veces ha sido destruido todo un paraíso natural para eliminar unas pocas curvas, ellas sí siempre bellas, porque imponían un poco menos de velocidad a los motores! Esos que están atropellando la transparencia de los aires. De hecho, un tercio de la misma es sacrificada en el altar de lo raudo que también hace correr al desastre climático.

Foto: Macizo de Montserrat. (EFE)

En fin, poderosa señora esta, la urgencia, que pretende no detenerse hasta haberlo atropellado todo. Pero no puede caer en la cuneta de los olvidos lo mucho que precisamente muere en las carreteras. En las mismas, es atropellada anualmente la vida de 1.200.000 humanos. A los que se deben sumar muchos más que son arrollados por los daños colaterales que siembran las mismas causas. Me refiero a los que son avasallados por las comidas rápidas, o por la contaminación atmosférica que destroza pulmones, o por los cancerígenos herbicidas que también son hijos de la prisa.

Estas cataratas de víctimas humanas resultan indiscutiblemente dramáticas, pero conviene sumar que en este mundo también son atropellados más de 1.000 millones de animales vertebrados todos los años. En suma, que toda carretera es también una mezcla de cadalso y cementerio. Eso sí, muy largo y estrecho. Muy feo y mandón.

No parece especialmente exagerado afirmar que la sagrada velocidad es una formidable hecatombe. No ya consentida sino también fomentada con todo entusiasmo y por los mejores presupuestos.

placeholder Líneas que convierten las afueras en un entorno separado.  (Unsplash/@dan_cark5on)
Líneas que convierten las afueras en un entorno separado. (Unsplash/@dan_cark5on)

Es lo que se ve. Pero, como siempre, es en el lado invisible de la realidad donde sucede lo peor. También lo mejor. Pero lo que no suele quedar reflejado, ni siquiera en la mayoría de los estudios de impacto ambiental, es que esas estúpidas líneas rectas arrasan los vínculos. A nosotros nos conectan, pero meten en infinitos campos de refugiados las comunidades biológicas, las cuencas hídricas, no pocos ciclos y flujos de recursos esenciales.

El troceado de los paisajes, su desconexión, es una de las más graves dolencias de la vida en este planeta. Resquebrajado estamos dejando el mundo. Lo tenemos, en fin, casi todo confinado entre los barrotes de nuestra velocidad. No estaría de más sacar alguna lección de lo duro que nos ha resultado el confinamiento y percatarnos de que eso es lo que está siendo norma que imponemos al resto de lo palpitante. Es decir, que hay, casi por todas partes y también descontrolado, un virus llamado celeridad.

Foto: Foto: EFE. Opinión

De ahí que resulte cada día más urgente, y ahora caigo en la deliciosa contradicción de que sí hay algo para lo que es buena la velocidad. Me refiero por supuesto a la curación de todo lo que nos duele o le duele al resto de lo que palpita sobre este mundo.

Una de las vacunas que se acaban de proponer por parte de los que sabemos que solo hay una salud se llama CORREDOR BIOLÓGICO MUNDIAL.

Intenta, la preciosa y precisa iniciativa, crear una conexión a escala planetaria entre todas las principales áreas naturales valiosas. La continuidad de las destrezas de la Natura necesita intercambio, encuentro, confluencias…

Nosotros ya estamos conectados hasta el delirio del exceso absoluto. Ha llegado la hora de crear otros caminos que, insisto, lleven vida a la vida.

Medio ambiente
El redactor recomienda