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¿Guarda algún sentido seguir usando la palabra 'biosfera'?
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Joaquín Araujo

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¿Guarda algún sentido seguir usando la palabra 'biosfera'?

El cemento, el asfalto, los metales, es decir, todo lo artificial es ya mayor que el verde de las plantas, la levedad de las aves o, incluso, lo que nos alimenta como fruto de la agricultura

Foto: El Parque Nacional de las Torres del Paine, en Chile. (EFE/J. Estay)
El Parque Nacional de las Torres del Paine, en Chile. (EFE/J. Estay)

La inmensa mayor parte de los que pensamos, incluso ahora, que, dicen, vivimos en la civilización de la ciencia y la racionalidad hemos creído en las más diversas fantasías, falsedades, trascendencias y, sobre todo, se cree mucho, demasiado, en lo insignificante. Lástima que no sea norma creer en lo más cierto y necesario: en la 'vivacidad'. Es una de mis palabras preferidas. La defino como el impulso ingente y masivamente creativo de la misma materia por convertirse en lo que vuela, nada, corre… Sobre todo, la relaciono con todo lo que late con lo latente o que fluye, como el agua, sobre la piel del mundo.

"La biosfera es la suma de todo lo que vive y lo que permite esa vida: una delgada capa equivalente al grosor de un cabello humano"

Confieso que nada me produce más estupor y, por descontado, descontento que lo poco que se aprecia a la vida. No me refiero a la individual. Ni a la de los congéneres, esa que intenta proteger el primer derecho humano. Ese que tan lejos queda todavía de estar suficientemente respetado. Me refiero, pues, a la vida en su conjunto. Esa de la que depende nuestro sustento y salud. Uno y otra resultan cada día menos seguros por el arreciado desapego a lo que podría estar garantizado si se reconociera esa dependencia absoluta de que los vivos, todos, mantenemos con la biosfera.

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Con este término, uno de los más importantes creados por la ciencia, se define ante todo una gigante inclusión, una mirada panorámica sobre el conjunto de la realidad, una coherencia esencial para comprender el vivaz mundo que nos acoge. Pésimos huéspedes, casi todos los humanos tienen desterrada la gratitud por tanta hospitalidad. La han borrado de sus conocimientos y mucho más de sus emociones.

placeholder La biodiversidad se está viendo superada por lo inerte y artificial. (EFE/N.Bothma)
La biodiversidad se está viendo superada por lo inerte y artificial. (EFE/N.Bothma)

La palabra y el concepto 'biosfera' fueron acuñados en 1875, tiene pues sobrada veteranía, por el geólogo Eduardo Suess. Fue medio siglo más tarde Vladimir Vernadski el que lo desarrolló hasta convertirlo en el primer gran fundamento del pensamiento ecológico.

La biosfera es la suma de todo lo que vive y de lo que permite esa vida. En realidad, identifica una delgada capa, equivalente al grosor de un cabello humano, si la comparamos con la totalidad del planeta. Ínfima pero crucial. Frágil pero capaz de llevar 3.500 millones de años manteniendo, a pesar de mil crisis y conatos de colapso, la posibilidad de que continúe.

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Abarca mucho más que lo más aparente, es decir, los seres vivos. Estamos refiriéndonos como mínimo a 30 millones de especies de los cinco reinos de la vida. Según algunas estimaciones, pueden superar en número a los objetos del firmamento. De hecho, los astrónomos calculan que en el universo pueden coexistir nada menos que 10 elevado a 22 cuerpos celestes. Los biólogos estiman que los individuos que pueblan la biosfera pueden llegar a ser 10 elevado a 33.

Casi todos ellos microscópicos, pero capaces de mantener toda la complejidad imaginable. De ser, en no poca medida, responsables de mantener condiciones suficientes para el mantenimiento de todos ellos. La tan denostada autosuficiencia es la primera norma de la biosfera. Porque incluye, además, la totalidad de los climas, ecosistemas, ciclos de los elementos, sustancias químicas esenciales, procesos ecológicos y los códigos genéticos de todos sus inquilinos. Es decir, se basa en todo lo pasado y procura alcanzar todos los futuros.

placeholder Un elefante en el Parque Nacional del Tsavo, en Kenia. (EFE/J. Marín)
Un elefante en el Parque Nacional del Tsavo, en Kenia. (EFE/J. Marín)

Por eso, una de las peores noticias de los últimos tiempos es que, sobre el planeta, ya es mayor el peso y la masa de lo artificial que el de los frágiles, bellos y necesarios componentes de la biosfera.

La suma de lo inerte es superior a la de lo vivo. El cemento, el asfalto, los metales, es decir, todo lo artificial ya es mayor que el verde de las plantas, la levedad de las aves o, incluso, lo que nos está dando de comer como fruto de la agricultura. Así pues, ¿podemos seguir usando la bellísima palabra 'biosfera' cuando nuestro único hogar, también el único conocido con vivacidad, lo es cada vez más de la muerte?

La inmensa mayor parte de los que pensamos, incluso ahora, que, dicen, vivimos en la civilización de la ciencia y la racionalidad hemos creído en las más diversas fantasías, falsedades, trascendencias y, sobre todo, se cree mucho, demasiado, en lo insignificante. Lástima que no sea norma creer en lo más cierto y necesario: en la 'vivacidad'. Es una de mis palabras preferidas. La defino como el impulso ingente y masivamente creativo de la misma materia por convertirse en lo que vuela, nada, corre… Sobre todo, la relaciono con todo lo que late con lo latente o que fluye, como el agua, sobre la piel del mundo.

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