Y el mañana llegó, y seguíamos sin haber pensado nada

La realidad debería ser un límite para lo posible, al menos en todo aquello que se circunscriba a la materialidad que compartimos. Ha sido así hasta que el "relato" se ha apoderado de nosotros

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El método fundamental que para progresar en los últimos 500 años ha utilizado el ser humano ha sido la confrontación de sus teorías con la realidad, de forma que se tomaran como válidas solo aquellas cuyas predicciones correspondieran con los resultados reales.

La realidad, por tanto, debería ser un límite para lo posible, al menos en todo aquello que se circunscriba a la materialidad que compartimos. Y todo esto ha sido así hasta que el “relato” se ha apoderado de nosotros. La interpretación se ha convertido en la gran validadora de la verdad y, de esta manera, la verdad pierde cualquier esperanza de generalidad y queda limitada a los ámbitos privados donde conviven interpretaciones similares.

A corto plazo, este sistema puede funcionar y crear sujetos muy felices, igual que pasa con los niños, pero, hasta ahora, todos pensábamos que era conveniente que los niños maduraran y fueran asumiendo poco a poco la confrontación con la realidad que supone la existencia.

Para Freud, el principio de realidad debe poner necesariamente límites al principio del placer y, probablemente, en esto ha constituido hasta ahora la educación del ser humano civilizado. Pero el principio de realidad es un principio muy antipático, casi fascista, y puede resultar muy molesto para muchos ciudadanos. Para dulcificar nuestra estancia en el mundo, o al menos la de algunos políticos, conviene la eliminación de otro principio que es el de contradicción. Y conviene hacerlo porque crispa. Vamos a ver. ¿Por qué algo no puede ser a la vez lo mismo y lo contrario?

Ya nos avisó Ortega y Gasset de que sin unas mínimas reglas lógicas el debate era imposible, o al menos poco recomendable, pero difícilmente pudo anticipar los niveles que hemos alcanzado. Una misma acción se valorará de distinta forma dependiendo de quién la realice o a quién se dirija. E, incluso, para la calificación podrán tenerse en cuenta las acciones o las ideas de los antepasados de las personas involucradas.

No se trata de cambiar las reglas. Sería demasiado transparente y complejo cuando realmente no hay ninguna necesidad de hacerlo. Es mucho más fácil interpretar las reglas como nos dé la gana. Si nos convertimos en los dueños de la excepción, como anticipó Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, gozaremos de un poder absoluto. El mismo que ambicionaba Carl Schmitt para sus soberanos. Y es que, en la excepción, y no en la norma, es donde se alojan los mecanismos del poder, como explica muy bien Miguel Ángel Quintana Paz en su ensayo Reglas.

Si todo es interpretación, solamente seré capaz de entenderme con aquellos que compartan mis claves

Si todo es interpretación, solamente seré capaz de entenderme con aquellos que compartan mis claves. No podré mantener un debate con nadie que no piense como yo, porque no habrá un sistema de razonar compartido en el que podamos apoyarnos mutuamente y, por desgracia, en la medida en que no podamos acercar posturas, terminaremos por radicalizar la discusión y acabaremos en un conflicto. Y, como nos apercibió Leonardo da Vinci, “donde se grita no surge un buen conocimiento”.

Ni siquiera ya “la cuestión es saber quién es el que manda”, como le dijera Humpty Dumpty a Alicia, porque el que manda puede, a su vez, hacerse un Messi y pasar la responsabilidad de la gestión del estado de excepción cuando le convenga, a niveles administrativos inferiores. Es la metodología del populismo: aunque gobiernes, la culpa siempre la tiene otro. Nunca son excesivas o imposibles las promesas. No hay principio de realidad. Siempre hay una fuerza en contra que justifica que mi poder deba aumentar, aun a costa de que mis opositores me apoyen y arrimen el hombro, o desaparezcan.

Y si, a pesar de todo, las cosas no salen bien, aunque cuesta pensar por qué deberían hacerlo, siempre podemos recurrir al famoso recurso del sacrificio del “chivo expiatorio” (al que ya hemos aludido en estos escritos), que purgaría todas nuestras culpas. Para ocupar tan dudoso honor en España, en la crisis del covid-19 estaba predestinada Madrid, tanto ciudad como comunidad autónoma, su gobierno y su población. Y, eliminadas totalmente ya las caretas, se pueden referir a nosotros como “bomba radioactiva vírica” sin ningún pudor.

Da lo mismo que el insulto sea, además de repugnante en estos momentos, demasiado alambicado. Con “bomba vírica” hubiera sido suficiente. Pero, si de verdad se manda, vuelvo al personaje de Lewis Carroll, “las palabras quieren decir lo que yo quiero que signifiquen”. Por ejemplo, la palabra “amor” puede resultar compatible con el sentimiento que se le supone a ERC respecto a España, o también respecto a Madrid, que ya puestos…

¡Qué lejos quedan los tiempos en los que el verdadero alarde de relativismo estaba en “admitir pulpo como animal de compañía”!

Desnudo de certezas
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