Dos enseñanzas de un 2020 a cámara rápida

El primero es que los mercados marcan mínimos cuando la percepción de incertidumbre está en máximos. En esos momentos la decisión a priori más lógica es vender

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La pandemia ha marcado el paso de la economía, empresas y ciudadanos durante este año. Ha sido un ejercicio tristemente atípico, pero también trae cosas buenas: nos ha hecho adaptarnos a una celeridad sorprendente y replantearnos muchas actividades que realizábamos por inercia. Lo que no te mata, te hace más fuerte.

En los mercados financieros hemos vivido una crisis más severa y más rápida de lo habitual. Este hecho provoca que veamos ahora de una manera más nítida dos aspectos que en otras recesiones quedan más difusos porque tardan más tiempo en manifestarse.

El primero es que los mercados marcan mínimos cuando la percepción de incertidumbre está en máximos. En esos momentos la decisión a priori más lógica es vender hasta que pase la tormenta para proteger el capital. En la práctica, esa decisión suele ser la peor que se puede tomar. Es lo que más daña nuestro patrimonio.

Un emprendedor sabe antes de poner en marcha su proyecto que se enfrentará a momentos duros y se prepara para ello. Un inversor debe hacer lo mismo. No puede venirse abajo a la primera de cambio. Tanto el emprendedor como el inversor deberán tomar decisiones tácticas para reducir quirúrgicamente su riesgo en momentos determinados, pero nunca abandonar su proyecto por algo que desde inicio sabemos que es temporal.

El segundo es que en toda crisis hay empresas que salen fortalecidas y compañías que quedan en una situación financiera muy delicada. La famosa forma de recuperación en “K” se produce siempre. Ahora la vemos más clara porque todo ha pasado más rápido, pero es un fenómeno que también ocurre en otras crisis. No nos dejemos engañar por los datos agregados del PIB o de los índices bursátiles. Esos datos no muestran el crecimiento espectacular de unas empresas y el declive de otras.

Por este motivo, debemos invertir siempre en compañías de calidad. Es decir, que tengan ventajas competitivas sostenibles en el tiempo y que cuenten con directivos alineados en intereses con los de sus accionistas. Esto último es fundamental para que puedan adaptarse a los cambios ya que, en este proceso, los directivos deberán sacrificar resultados a corto plazo para generarlos a largo.

Rumbo Inversor
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