¿Estamos ante la próxima crisis financiera? La IA y el crédito privado en el punto de mira
La historia de las crisis financieras es, en el fondo, siempre la misma: demasiado dinero persiguiendo rendimientos que nunca llegan. La pregunta hoy no es si habrá ajuste, sino cuándo y cuán profundo
La IA y el crédito privado en el punto de mira. (iStock)
Existe una definición sencilla, casi elemental, de lo que es una crisis financiera: ocurre cuando se invierte mucho dinero en algo y el mercado se da cuenta, tarde o temprano, de que no va a recuperar gran parte de ese capital. A partir de ese momento, los primeros inversores intentan salir. Cuando son muchos los que quieren hacerlo al mismo tiempo, se desencadenan dos tipos de reacciones según la naturaleza del activo: fuertes caídas en las cotizaciones si se trata de mercados líquidos, o suspensión de reembolsos si son activos ilíquidos como los fondos inmobiliarios o el private equity. El mecanismo, en esencia, no ha cambiado respecto al de la crisis de las puntocom o al del colapso de las hipotecas subprime de 2007. La pregunta que muchos analistas se hacen hoy es si la inteligencia artificial y el crédito privado pueden ser los protagonistas del próximo episodio.
La burbuja de Internet tiene muchos paralelismos con lo que está ocurriendo actualmente en el ecosistema de la inteligencia artificial. En los años noventa, se volcaron ingentes cantidades de capital en empresas que ofrecían sus servicios de forma gratuita o casi gratuita, generando una utilidad enorme para los usuarios, pero un retorno prácticamente nulo para sus inversores. Había innovación genuina, capacidad tecnológica real, pero los modelos de negocio no cerraban. El valor que se creaba no se traducía en beneficios.
Hoy, el esquema se reproduce con llamativa fidelidad: Nvidia, fabricante de los chips que alimentan la revolución de la IA, acumula beneficios históricos gracias a una demanda sin precedentes de sus productos. Sin embargo, compañías como OpenAI o Anthropic —los grandes protagonistas de la narrativa de la inteligencia artificial generativa— siguen gastando muy por encima de lo que ingresan. Y detrás de ellas existe un vasto ecosistema de startups y proyectos cuya capacidad para generar rentabilidad es, en el mejor de los casos, incierta.
Se trata de un proceso de destrucción creativa en toda regla: una disrupción tecnológica que reordena sectores enteros, genera valor social indudable y, al mismo tiempo, siembra el terreno de inversiones que difícilmente se recuperarán en su totalidad.
Si la IA representa el activo narrativo de esta época, la financiación privada (no cotizada en mercados de capitales) ha sido su vehículo financiero preferido. Durante años, los fondos de private debt y private equity han captado capital masivo prometiendo rendimientos descorrelacionados de los mercados tradicionales. Han crecido en un entorno de tipos bajos que hacía rentable casi cualquier apuesta. Y, en muchos casos, han ido posponiendo los ajustes necesarios en valoraciones, incumpliendo plazos de liquidez y retrasando desinversiones para no tener que reconocer pérdidas.
La situación actualpodría ser la gota que colme el vaso. Si los inversores pierden la confianza —en la tecnología; en las perspectivas macroeconómicas; en la capacidad de generar retornos— y deciden acogerse a las ventanas de reembolso establecidas, pueden descubrir que esas ventanas están cerradas. Y cuando eso ocurre, el miedo deja de ser racional para convertirse en pánico. El contagio se extiende entonces a activos que en principio nada tienen que ver con el problema original, arrastrando cotizaciones y deteriorando expectativas en toda la economía.
No conviene olvidar que la economía se asienta sobre la confianza de los agentes que participan en ella. Cuando esa confianza se quiebra, cada actor adopta individualmente una postura defensiva y cautelosa. Lo hace por lógica de autoprotección, pero la suma de esas decisiones individuales genera una espiral contractiva que puede tardar años en revertirse. Es la paradoja de la prudencia colectiva: lo que es racional para cada uno es devastador para todos.
La paradoja de la prudencia colectiva: lo que es racional para cada uno es devastador para todos
Sin embargo, no todo el panorama es sombrío. La gran diferencia respecto acrisis anteriores —especialmente la de 2008— es elestado de la banca. Los bancos están hoy notablemente mejor capitalizados y con menor exposición directa a los activos de mayor riesgo. Eso no elimina el problema, pero sí limita su capacidad de propagación sistémica.
Además, los bancos centrales aprendieron dolorosamente sus lecciones en la crisis de crédito de 2008. Saben qué herramientas tienen, cuándo activarlas y cómo comunicarlas para anclar expectativas. Esa certidumbre institucional es un amortiguador que en 2007 estaba por descubrir.
El ajuste que se avecina —si es que llega con la intensidad que algunos tememos— debería entenderse como lo que realmente es: una corrección necesaria tras años de excesos acumulados. Habrá menos financiación disponible durante un tiempo, lo que resultará doloroso para las empresas dependientes de ese capital. Pero también habrá mejores oportunidades para quienes sepan invertir con buen criterio.
En este contexto, los inversores deberíamos adoptar una postura prudente. No se trata de salir en estampida ni de vender precipitadamente compañías en las que confiamos a largo plazo, sino de ser muy selectivos con los compromisos de capital que se adquieren y, sobre todo, tener capacidad para incrementar la inversión cuando aparecen oportunidades.
Juan Gómez Bada. Rumbo Inversor
Existe una definición sencilla, casi elemental, de lo que es una crisis financiera: ocurre cuando se invierte mucho dinero en algo y el mercado se da cuenta, tarde o temprano, de que no va a recuperar gran parte de ese capital. A partir de ese momento, los primeros inversores intentan salir. Cuando son muchos los que quieren hacerlo al mismo tiempo, se desencadenan dos tipos de reacciones según la naturaleza del activo: fuertes caídas en las cotizaciones si se trata de mercados líquidos, o suspensión de reembolsos si son activos ilíquidos como los fondos inmobiliarios o el private equity. El mecanismo, en esencia, no ha cambiado respecto al de la crisis de las puntocom o al del colapso de las hipotecas subprime de 2007. La pregunta que muchos analistas se hacen hoy es si la inteligencia artificial y el crédito privado pueden ser los protagonistas del próximo episodio.