El mejor consejo no tiene por qué ser el más caro

La 'parafernalia' solo sirve para engrosar la factura de las entidades financieras y no aporta valor añadido alguno al cliente

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Se cumplen hoy tres años de la publicación de 'mi libro', que diría el gran Francisco Umbral. Lo escribí para ayudar al ahorrador medio a colocar su dinero en un momento en que la gente empezaba a estar preocupada por la caída de la rentabilidad de los depósitos.

Tres años después, lo primero que me viene a la mente es hasta qué punto un buen consejo no tiene por qué ser caro. Pienso también en lo poco que aporta la parafernalia de las entidades financieras y lo vergonzosamente cara que es. Y reflexiono sobre cómo los consejos no siempre van a ser buenos, cierto, pero la parafernalia es siempre inútil.

Yo era partidario de publicar un libro atemporal, con consejos que sirvieran para toda la vida, evitando recomendaciones concretas de inversión. Afortunadamente, el editor me puso los pies en la tierra y me convenció para incluir también recomendaciones específicas para los próximos años. Así que añadí un par de capítulos con recomendaciones muy concretas a tres años vista, para dos perfiles: uno conservador (Juan Ahorrador) y otro algo más 'marchoso' (Juan Inversor).

Nunca podré agradecerle suficientemente al editor que me presionara para incluir esas recomendaciones. No solo porque los consejos hayan sido buenos, sino porque han servido para demostrar que la 'parafernalia' solo sirve para engrosar la factura de las entidades financieras y no aporta valor añadido alguno al cliente.

Sinceramente, como comprobarán Uds. más adelante y como ya saben los que leyeron el libro, no creo que haya muchas entidades que hayan superado los resultados de los consejos que allí se daban. Con la diferencia añadida de que el libro costaba 17 euros, mientras que los clientes de bancas privadas y sociedades de valores han pagado más del 2% anual de su patrimonio entre asesores, comisiones, fondos de 'gestión activa' (incapaces de batir a sus índices de referencia) y productos 'sofisticados' de alto precio y dudosa rentabilidad.

Para recibir un buen consejo no son necesarios asesores personales. Para que te den una buena idea no hace falta reunirse en salas superelegantes. Al final, todo eso lo paga el cliente. Pero no le aporta nada. Un buen consejo es un buen consejo y punto. Algún día, la gente se dará cuenta de que un servicio 'online' que ofrezca buenas ideas y un teléfono o chat para aclarar las dudas pueden superar en servicio y rentabilidad a cualquier banca privada si el asesoramiento es bueno. Los inversores se darán cuenta de que no merece la pena pagar ni un euro extra por el envoltorio. Si alguien lo necesita para sentirse importante, estupendo: es su dinero. Pero que tenga claro que eso no aporta rentabilidad.

Un servicio 'online' que ofrezca buenas ideas y un teléfono para aclarar las dudas pueden superar en servicio y rentabilidad a cualquier banca privada

El libro se publicó cuando los depósitos todavía daban un tipo de interés razonable, aunque cada vez era menor. El primer consejo era precisamente no colocar el dinero en depósitos, porque ese tipo de interés sería cero o casi cero en breve. Era una recomendación francamente 'sofisticada', que decía “los depósitos son pan para hoy y hambre para mañana”. Y qué mejor llevar ese dinero a una 'mezcla' de 'ladrillo' de calidad, renta variable y fondos de renta fija. El 'ladrillo' estaba en el punto más bajo de la crisis y era una oportunidad única para comprar calidad a buen precio. Lo llamaba “ladrillo con apellidos”.

Las bolsas estaban un poco mejor, aunque sin alharacas. Pero la expectativa de salida de la crisis las hacía, en mi opinión, atractivas. Entre los bonos sugería los de la eurozona, de renta fija corporativa en el caso de Juan Inversor. No voy a pararme en los resultados para que no me acusen de autobombo, pero pueden imaginárselos. Incluidos los de la renta fija, especialmente 'bendecida' por la caída de los tipos de interés y por las compras del Banco Central Europeo.

Busquen talento, no decoración. Valoren ideas, no simpatías. Consideren la profesionalidad y el prestigio, no la publicidad o la marca

Se mire por donde se mire, han sido buenas recomendaciones. Y han costado 17 euros. No han hecho falta asesores con trajes de Armani ni oficinas en el barrio de Salamanca. Solo ideas sencillas y explicaciones claras.

Las malas lenguas dirán que todo lo anterior es para hacerme propaganda, pero dado que por el momento no planeo publicar otro libro y todavía estoy en fase de construcción en mi nuevo servicio de asesoramiento, hasta las malas lenguas pueden deducir que de poco me sirve ahora mismo la propaganda. Así que no piensen mal y quédense con unos cuantos buenos consejos: busquen talento, no decoración. Valoren ideas, no simpatías. Consideren la profesionalidad y el prestigio, no la publicidad o la marca. Paguen, en resumen, por lo que realmente vale y ahórrense las zarandajas, que en este sector las zarandajas salen carísimas.

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