Draghi pone a Europa ante sus vergüenzas

No es una buena noticia la bajada de los tipos de interés de intervención a mínimos históricos por parte del Banco Central Europeo. No lo es.

No es una buena noticia la bajada de los tipos de interés de intervención a mínimos históricos por parte del Banco Central Europeo. No lo es. Ni siquiera para esa economía financiera que va a ser la principal beneficiada de la medida. No crece la macro, está estancada operativamente la micro y, aun así, los activos bursátiles se beneficiarán del juego conjunto de la caída de los costes de financiación, si se produce; del impacto de la nueva referencia sobre las tasas de descuento en los modelos de valoración, minorándolos; y de la comparativa en términos de rentabilidad con el resto de bienes susceptibles de selección. Semillas para nuevas burburjas que se atisban por algunos lares, y que ya saben como terminan.

No es buena noticia por el lado de lo que la motiva que es, básicamente, la amenaza de deflación sobre el territorio de la Europa comunitaria. De su impacto tanto sobre el consumo y la inversión como sobre la deuda pública se ha escrito mucho en El Confidencial en los últimos días (Valor Añadido, "¿Deflación a la vista? Tiembla el Tesoro", 06-11-2013). Se trataría de una tragedia casi japonesa si el dato ya negativo de aumento del coste de la vida que han publicado algunos estados, entre ellos España, se generaliza. No hay que olvidar, además, que en este caso la desaceleración no es fruto de un fenómeno de exceso de oferta que deprime los precios, sino de falta de demanda interna debido al desempleo, la presión impositiva y el exceso de endeudamiento del sector privado. La sociedad se polariza, desaparece la clase media y crece el abismo entre ricos –que ahorran y se forran– y pobres –que no llegan–. Vivan los bancos centrales.

Tampoco parece que sea motivo para lanzar las campanas al vuelo el que con este movimiento se persiga evitar una apreciación del euro que, aparentemente, amenazaba con perjudicar a las exportaciones de la Eurozona. Tal preocupación pone de manifiesto las frágiles bases sobre las que se han construido los castillos en el aire de la actividad exterior de algunas economías. Al depender no de un cambio en el modelo productivo al estilo alemán –país que menor elasticidad en su facturación foránea tiene a movimientos en el tipo de cambio del euro–, sino de un mero ajuste en el coste de los factores de producción, capital productivo y trabajo, la vulnerabilidad, como ya hemos señalado por aquí en otras ocasiones, es enorme (V.A., "El milagro económico de Montoro es el de... Franco", 12-09-2013). Este movimiento ‘desesperado’ de Draghi así lo acredita. Más aún sabiendo como sabemos que una parte sustancial del comercio de los periféricos es intracomunitario. Eso sí, para una España con importaciones energéticas estructurales, la devaluación encubierta supone mayor coste de aprovisionamiento que… ¿adivinan quién a va a pagar? Vivan las petroleras.

Hay un tercer argumento que se está manejando en los círculos ilustrados y que es incluso más preocupante que los otros dos: esta inesperada decisión respondería a la aparición de renovados problemas de liquidez en una parte del sector financiero europeo. Realmente carezco de argumentos para saber de dónde sale esta idea. Más bien, con esta medida, la institución supranacional busca que el dinero se ponga en circulación y se rompa el acopio excesivo de fondos por parte de sus futuros supervisados. Pero es evidente que en la medida en que el mercado exige la anticipación de Basilea III, están pendientes los nuevos test de stress, caben sorpresas por el lado del consumo de capital de determinados activos sin riesgo y no hay realmente, al calor de la realidad macro, una demanda solvente generalizada, es como pedir peras al olmo. No sólo eso, la propuesta presiona a la banca por el activo tanto en volumen –al exigirles desapalancarse con el consecuente y peligroso efecto denominador sobre, por ejemplo, la mora–, como en el margen –curiosa forma del BCE de soplar a la industria bancaria con la financiación y sorberla con los menores tipos; sólo queda que ponga el tipo de depósito en negativo para rematarla–. Viva la consistencia.

Dicho esto, tampoco es buena noticia por lo que este sorprendente recorte del 0,5% al 0,25% puede implicar a futuro. Y no hablamos sólo de la potencial formación de nuevas burbujas que mencionamos al inicio de este post, sino más bien a lo que puede suceder el día en que toda esa liquidez en circulación entre en funcionamiento –no olvidemos que estamos viviendo la mayor expansión monetaria coordinada de la Historia–. El riesgo de hiperinflación, ahora lejano, y de pérdida de la confianza en el valor fiduciario del euro, y del resto de las monedas, puede convertir cualquier crisis de las vividas hasta ahora, por muy dramática que haya podido parecer, en un juego de niños. Es una posibilidad remota, pero posible. Y el tiempo nos ha demostrado que lo improbable puede estallar en la cara de los mercados de la noche a la mañana. Basta un minúsculo copo para que se desate la avalancha. Vivan el oro y el bitcoin.

No será esta bajada de tipos el detonante. O sí. Lo que parece evidente es que, frente al cheering up colectivo de unos Gobiernos a los que la austeridad cuesta votos, el Mario Draghi que se acaba de quedar sin munición ordinaria y a partir de ahora dependerá de actuaciones excepcionales a la FED –siempre que los tratados comunitarios lo admitan, que en ocasiones va a ser que no– ha decidido poner a Europa ante sus vergüenzas. Voz que clama en el desierto frente a la sordera política en vísperas de las europeas. O, si no, al tiempo.

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