¿Te gusta viajar? Libros y senderos para hablar hasta con los muertos
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Javier Brandoli

Crónicas de tinta y barro

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¿Te gusta viajar? Libros y senderos para hablar hasta con los muertos

Muchos viajeros regresan a casa sin entender que nunca han salido. La literatura es un antídoto contra las crónicas huecas y los viajes vacíos

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Iquitos (Javier Brandoli)

Viajen mucho. Y lean. Y piérdanse. Y pasen incertidumbres. Y disfruten. Y dejen de dar por buenas opiniones, ideas y estereotipos muy populares de esa aldea global de la nada que son buena parte de las redes sociales. Y construyan con lo que ustedes ven, y ya vieron otros, sus propias opiniones. La vida, su vida, nunca más que ahora, es algo más que lo que pasa alrededor de su ombligo. No es que aletea una mariposa lejos y se genera un huracán cerca, es que la misma mariposa hoy aletea en muchos lugares a la vez.

Nos encerraron a todos desde algo más de un año. Ahí seguimos, trepando por fronteras y barras de bares. Parece que ahora vuelven a abrir algo las compuertas y un fascinante planeta lleno de otros nos sigue esperando. Hay que salir a contarnos, a contarles.

Foto:  Cárcel de Guachochi. (J. B.) Opinión

El mundo no se toca de oído, pero tampoco se toca sin saber leer la partitura. Para analizar la pasta a la carbonara hay que conocer la receta y probarla en varias tabernas de Roma. A propósito, no lleva nata sino huevo, ni tampoco le meten cebolla, y ahí dejo mi mayor contribución de este artículo.

La práctica vale, muchísimo, pero sin algo de teoría puede convertirse en una sucesión de casuales tropiezos. He conocido viajeros que tuve la sensación de que regresaron a sus casas sin saber que nunca habían salido. Uno de mis maestros viajeros fue Javier Reverte y él siempre decía que él viajaba tres veces: leyendo del lugar antes de viajar, viajando y escribiendo del viaje después. La buena literatura es viaje. Hay novelas de ficción que son crónicas de verdades inventadas. En el libro Desgracia de J.M. Coetzee hay más conflicto social sudafricano que en la mayor parte de artículos que se han escrito.

Javier Reverte decía que viajaba tres veces: leyendo del lugar antes de viajar, viajando y escribiendo del viaje después

Con sólo mirar no basta. Eso se aprende errando. Yo he fallado tanto, y fallo, que con los años me cuesta cada vez más poner un titular a mis artículos: todos me parecen verdad y mentira a la vez.

Lo de llegar el primero ya no pasa desde Shackleton, Orellana o Hillary. Corremos mucho y de vez en cuando te llega un manuscrito que te recuerda que somos una línea temporal y es complicado entender el final sin conocer el principio. Siempre hay un libro con el que iniciar a andar. Y siempre queda luego un camino.

Nápoles 1944

Me divierte más el sur. El sur tiene algo de mi casa y el norte tiene algo de las buenas casas de los demás. Vivo ahora en Roma, que no es sur ni norte porque Roma es un agujero sin brújula, con la sensación de que para reírme debo irme dirección Nápoles y para relajarme dirección Florencia. En Florencia te apetece contemplar estatuas y en Nápoles mercados.

Al sur de Italia he ido muchas veces, pero lo he entendido mejor cuando lo he leído y viajado a la vez. A mi no me gusta, pido perdón por la herejía, el libro El Gatopardo de Tomasi di Lampedusa, pero cuando lo leí, en parte en la propia isla, comprendí algo mejor Sicilia. “Los sicilianos nunca querrán mejorar por la simple razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria”, dice el libro. He entendido que hay bastante de cierto en ese orgullo meridional italiano en el que la derrota la convirtieron en virtud como atenuante.

Foto: Dos postales de Roma

Acabo de terminar un libro fascinante que me ha enseñado mucho de la ciudad del Vesubio, Maradona y la pizza. Nápoles 1944, de Norman Lewis, escritor y por entonces oficial de los servicios secretos del ejército británico, es la crónica de la urbe justo cuando llega la ¿liberación? o ¿conquista? de las tropas aliadas. Les cayó a plomo una pobreza ya endémica entre bombas y escombros. “Los italianos del sur viven a base de pan y aceite, como los africanos”, señala Lewis.

El autor escribe un diario convertido en una suerte de irrealismo mágico por el que se suceden prostitutas, santos, mafiosos, policías corruptos, separatistas, nobles arruinados, comunistas, soldados salvajes y un pueblo que durante aquel año le hace trampas al hambre. “El objetivo de su visita era averiguar si podíamos encargarnos de que su hermana entrara en el burdel del ejército. Le explicamos que no existía semejante institución en el ejército británico. –Lastima-, repuso el príncipe”, narra Lewis sobre el encuentro con el cabeza de familia de una de las tres mejores familias nobles de todo el sur de Italia.

La crónica tiene momentos delirantes, como cuando entra en erupción el Vesubio y la lava está a punto de arrasar la localidad de San Sebastiano. “Me desvié por una calle lateral y advertí la presencia de otra imagen, también con un séquito numeroso y cubierta con una sábana blanca. Uno de los carabinieri que patrullaban por si había saqueadores me explicó que era la imagen de San Gennaro, que habían llevado a escondidas de Nápoles por si pudiera ser de ayuda en caso de que fallara todo lo demás. La habían cubierto con una sábana para no ofender a la hermandad de San Sebastiano y al propio santo que podría molestarse por aquella intrusión en su territorio”. En ese párrafo está condensada buena parte de la esencia de la Italia meridional que yo he conocido: al borde de la quiebra, aferrada a milagros, pero manteniendo el orgullo y las formas que indican que un santo no debe ofender a otro santo.

placeholder Nápoles en 2019 (J.B.)
Nápoles en 2019 (J.B.)

Hay una parte de ese libro profética, en la que Lewis demuestra esa línea temporal en la que el hoy tiene siempre tanto del ayer. “¿Y cuál será el premio que se conseguirá el final? El renacimiento de la democracia. La maravillosa perspectiva de poder elegir algún día a sus gobernantes entre una lista de hombres poderosos cuyas corruptelas son casi todas del dominio público y se aceptan con cansina resignación”, dice tras convivir en la nueva Italia post fascista. En otro momento, sobre la desigualdad entre las regiones del norte y del sur, señala: “Gobernadas por el Norte, habían sido desechadas siempre como regiones atrasadas que sólo tenían valor como fuente de mano de obra barata y de producción de alimentos baratos”.

Clavó los dos grandes conflictos de Italia de hoy hace 80 años.

“Mira Franci, aquí no trabaja nadie”, soltó entre risas una amiga véneta hace unos años junto a la estación de trenes de Nápoles al ver la calle atestada de personas paseando o tomando cafés a las 11 de la mañana de un martes. Un viandante local que pasaba giró la cabeza y le contestó: “Vete a Milán”. “Garibaldi era un mercenario que conquistó militarmente el Reino de las dos Sicilias porque aquí había más riqueza. La banca napolitana era la más fuerte de Italia. Él y la Casa Saboya se llevaron toda esa riqueza a su tierra, el norte. Nos saquearon”, me explicaba Berto Cannavaro, tío del futbolista Fabio Cannavaro, en un reportaje que publicamos aquí sobre la brecha norte y sur. ¿Recuerdan la frase de Lampedusa?

Foto: Hundimiento del Puente Morandi, en Génova. (Reuters)

Nápoles 1944 tiene un personaje magnífico, Lattarullo, o el “Tío de Roma”. Un napolitano que se convierte en informante y el mejor amigo de Lewis que vive de aparentar ser ese pasado glorioso que los napolitanos veneran. Lattarullo es un pobre desgraciado, arruinado, que se gana la vida porque conserva un viejo Alfa Romeo familiar y un traje con el que se convierte, le confiesa a Lewis, en el tío de Roma en los entierros. Ese es un personaje que contratan las familias humildes napolitanas para dar importancia al sepelio. Lattarullo aparece en la ceremonia, con su coche, su único traje y hablando con deje romano que ha aprendido, para que los presentes crean que el fallecido viene de buena familia. La única norma es que sus servicios no los ofrece en su barrio, donde podrían reconocerle y avergonzar a todos en la ceremonia.

Lewis, que tras algo más de un año en medio de ese divertido infierno que es Nápoles señala que si volviera a nacer “me gustaría ser italiano”, termina así su libro cuando le comunican sus superiores que debe abandonar el país. En el último párrafo explica que irá a decírselo a Lattarullo y escribe: “Sé de antemano que, tras quedarse pasmado por el impacto de la noticia, se recobrará luego con la adecuada fortaleza y susurrará -tengo algo para usted-. Y lo llamará caza, aunque será un pichón musculoso atrapado en la terraza de alguien. Correrá a buscar a su vecina, que lo guisará con ajo y especias y lo servirá en la gran bandeja ancestral. Y cuando llegue la hora de marcharme, me tomará de la mano y me dirá: Iré mañana a la estación a despedirme de usted. Y sé que lo hará, que mañana estará allí según lo prometido, ataviado solemnemente para la ocasión con su traje de Tío de Roma”.

Los napolitanos aman su tierra con la veneración con la que se ama un pecado

Ese es el encanto de aquel lugar, su esencia, la que ha embriagado durante siglos a tantos viajeros. Supera defectos, canalladas crueles y pobrezas. Los napolitanos aman su tierra con la veneración con la que se ama un pecado, perdonando todo para perdonarse ellos mismos. Recientemente allí, en un autobús que llegaba tarde, atestado de gente, una mujer me miró y me dijo al escucharme: “¿De dónde eres?”. “De España”, le contesté. Y ella, emocionada mientras recorremos una zona monumental, miró al frente y abriendo las manos me dijo: “Vedi Napoli e poi muori” (Ves Nápoles y después mueres). Por sus ojos vidriosos, al decirlo, creí que iba a romper a llorar de emoción.

La selva triste de Iquitos

Perú me parece que tiene un halo nostálgico. Siempre que he ido allí he sentido que el país colgaba de los Andes y el resto, su mar y su jungla, eran bruma. El trópico siempre es alegre, pero en Perú, en la Ciudad de Iquitos, me pareció que la música se bailaba y lloraba a la vez. Era un sitio que fue rico y bello, oculto entre la vegetación frondosa amazónica, en el que todos estaban condenados a la maldición de la exuberante pobreza. Nunca entendí bien esa sensación allí, de viajero demasiado ocasional y posiblemente errado, que me ocurre igual en Lima o en las montañas incas. El escritor peruano Jorge Eduardo Benavides se refiere a Lima, en su libro El año que rompí contigo, como “capital mundial de la desesperanza”.

“No nos queda nada”, me dijo también con tono triste un guía que nos enseñaba un mercado local en el Valle Sagrado Inca a casi 3000 metros de altura. La alta montaña, he entendido allí, en Nepal o Etiopía, empapa en el carácter de sus habitantes y los convierte en nobles, fríos y ásperos, como si estuvieran siempre esperando que el rigor del invierno se les echara de una vez encima. Complicado no era entender esa cierta melancolía, era entender la sensación de que a 40 grados, entre la fiesta y jolgorio de la amazonia, había también una tristeza, incluso rabia, contenida.

placeholder Iquitos (Javier Brandoli)
Iquitos (Javier Brandoli)

Entonces encontré un libro, El río de la desolación, de Javier Reverte, donde narra su viaje por el largo caudal que es el Amazonas, desde la peruana Iquitos hasta la brasileña Manaos. La obra de Reverte tiene una virtud, es un libro en el que dentro hay otros 20 libros. Lees su viaje y los viajes de decenas de viajeros previos. Reverte, como todos los grandes cronistas, era un lector empedernido y la bibliografía de sus obras es extensa.

Pero, ¿por qué aquel lugar en medio de la selva más exuberante del planeta me pareció triste? Primero, quizá no lo fuera, quizá el triste las dos ocasiones que fui allí fuera yo, o no supiera diferenciar entonces pobreza y tristeza, o el ir a retratar miseria me cubriera todo con un velo, pero en la obra de Reverte entendí que hay una pena histórica en aquellas gentes. Iquitos, como todo el Amazonas, fue un maná de riqueza a finales del siglo XIX y comienzos del XX por el caucho. Aquello fue un boom como el petróleo que trajo opulencia para unos pocos poderosos de fuera y un miserable genocidio y esclavismo para los de dentro.

Foto: Un niño en un campamento ilegal de mineros. (Reuters)

La figura clave es Carlos Fernández Fitzcarrald, un peruano nacido en 1862 en San Luis de Hoari, hijo de un marino estadounidense y una criolla peruana. “Si hubiera una sombra maléfica flotando sobre las aguas del río Ucayali, ese espectro no podría ser otro que el de un tipo llamado Carlos Fernández Fitzcarrald. Durante casi 15 años fue soberano de esta agua y las selvas que las circundan en las que gobernó a golpe de látigo y disparo de fusil con le visto bueno del Gobierno del Perú en la época del gran negocio del caucho”, cuenta Reverte.

La historia de Fitzcarrald, como la de mayoría de hacendados que explotaron el caucho a lo largo del inmenso caudal, es cruel. Eran dueños de ejércitos. Sometían y mataban indígenas a su antojo por decenas de miles. En una carta fechada en 1909 que recoge Jesús San Román en su libro “Perfiles históricos de la Amazonia peruana”, un sacerdote llamado Paulino Diez hace este retrato de los indígenas del Alto Amazonas: “La vida que llevan los moradores de estos ríos es triste en verdad, y apena el ánimo ver la miseria e ignorancia en que están sumidos. Andan errantes por la selva, sin querer reunirse en agrupaciones, ni fijarse en ningún lugar, por temor a las correrías de los blancos”.

Por supuesto, no todos pensaban igual. En el libro Apuntes de viaje de los ríos Ichis, Pachitea y Alto Ucayali, publicado en 1897 por el franciscano Gabriel Sala, se dice: “¿Qué hacemos con unos seres semejantes? Lo que se hace en todo el mundo: supuesto que no quieren vivir como hombres sino como animales, tratarles lo mismo que a éstos y echarles bala (…) Entre nuestros indios, hay que hacerles inclinar la voluntad, aunque sea a garrotazos, a fin de que tarde o temprano se ilustre o abra el entendimiento”.

Reverte habla en El Río de la desolación de las barracas entre las aguas y las barcas de Iquitos, que por la noche algunas llevan una luz tenue porque se convierten en prostíbulos móviles y por el día son barcazas en las que se cocina. Habla de la pobreza, el alcoholismo, y el recuerdo de abusos que cuesta entender por parte de los que señalaban a los indios como salvajes. Lo sufrieron durante siglos, antes del caucho también. Habla de un Perú desigual y triste que yo contemplaba, viendo pasar esas barcas de condenados a flotar en la miseria que les construyeron.

El libro de Reverte explica un poco esa amazonia antigua y explica el presente. En el resultado de las últimas elecciones peruanas hay un país partido. No hablo de ideología, hablo de brecha social heredada. No hay buenos y malos, no es tan simple. No son mejores muchos pobladores indígenas o mestizos de Iquitos que las élites ricas del barrio de Miraflores, en Lima. La pobreza, al menos en el mundo al que yo me he asomado y entendido, no hace bueno a nadie. Pero la pobreza se sufre, se hereda y en ocasiones se impone por élites acomodadas que miran para otro lado entre tanta injusticia. Al indígena amazónico, como a muchos indígenas del mundo, les pasó por encima un rodillo sobre todo social. “Quizá nosotros no queramos vivir en esta economía de mercado suya, pero no nos dan opción y vivimos como miserables si nos oponemos”, me dijo en una ocasión un líder tzotzil en Los Altos de Chiapas, México.

Perú es una parte de los herederos de Fitzcarrald y de una élite colonial, cuya gran mayoría reprueba hoy los salvajes métodos del señor del caucho, y es también los herederos de aquellos indígenas que esclavizaron en la selva. Son dos países, dos culturas, dos anhelos y dos necesidades que votan distinto. En la amazonia peruana esas dos realidades me parecieron irreconciliables. Sin leer a Reverte eso se entiende menos.

En Comala comprendí

Cuando llevas ya un tiempo viviendo en México y empiezas a aclimatarte te llega como una epifanía una certeza: te vas a ir de allí sin entenderlo. Esa verdad me sirvió para relajarme, convertirme en espectador cada mañana de su surrealismo y disfrutarlo a bocados. Llevo desde que me fui a inicios de 2019 del país intentando escribir un libro sobre mis cuatro años de vida allí. No lo consigo porque nunca sé por dónde empezarlo ni por dónde acabarlo y en el medio se me acumulan personajes que tampoco sé ordenar.

No sé si me parece más reseñable el viejo saltador de la quebrada de Acapulco, pobre porque la violencia dejó la ciudad sin turistas, que me contaba que las millonarias gringas les regalaban en los años 70 barcas deportivas que por las mañanas ellos usaban para irse con ellas de fiesta y por las noches para pescar; el simpático portero de mi edificio que mal pintaba de negro las líneas de aparcamiento del asfalto de la calle, compinchado con los policías, y colgaba carteles de prohibido aparcar hechos a mano por él para cobrar luego a la gente por dejarles aparcar en aquellas plazas que aseguraba correspondían a nuestro edificio (ofrecía descuentos a conocidos); o el alcalde que me llevó en su avioneta privada hasta la sierra de Chihuahua entre un ejército de guardaespaldas y me enseñó en su casa, una mansión fortaleza en medio de una zona muy pobre, su barra de bar llena de botellas del mejor Buchanan y dos catanas japonesas. La lista de personajes es interminable, como el país y como la simpatía y generosidad de sus gentes.

Foto: Guardería en una zona controlada por la Mara Salvatrucha en El Salvador. (Javier Brandoli) Opinión

Así que decidí leer a otros para ver si me inspiraba. Y entre tanto libro regresé a dos obras cumbres patrias, Pedro Páramo y El Llano en llamas, de Juan Rulfo, que había leído hacía muchos años. Las leí allí, en su tierra, y decidí irme a buscar Comala para dilucidar si había leído dos novelas o dos libros de historia. Fue un viaje fascinante.

“Pedro Párramo es la necesidad de Juan Rulfo de escuchar a sus muertos”, me dijo en su casa Orso Arreola, hijo del escritor Juan José Arreola y amigo de Rulfo, mientras me señalaba el horizonte de la sierra del sur de Jalisco y me advertía, como si me desvelara un secreto, que “todo el universo de Rulfo, todo lo que hay en sus libros, va desde allí, la Media Luna, hasta el final de aquellas montañas”. Escribí entonces un largo reportaje de aquel viaje de tres días por polvo y letras, en una tierra baldía, que me descubrieron un mundo hasta entonces indescifrable. “Y ésa es la cosa por la que esto está lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún modo, mucho menos valiéndose de nosotros. Ya viene. ¿Lo oye usted?”, dice en un fragmento Pedro Páramo. Por ese espacio de muerte y vida vagabundeaba yo. Algo ya escuchaba.

Cuando llevas ya un tiempo viviendo en México y empiezas a aclimatarte te llega como una epifanía una certeza: te vas a ir de allí sin entenderlo.

En aquellas jornadas recorrimos varios pueblos, intentando identificar la verdadera Comala en la que se inspiró el genial escritor de Jalisco y por cuyo identidad se pelean diversas poblaciones. Recuerdo plantarme en una cima, delante de un pueblo que se llamaba Tuxcacuesco y que algunos creen que era Comala, y mirar aquella tierra abrasada que se describe así en Pedro Páramo. “Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija”.

La voz de Rulfo es la voz de un México seco, de la Guerra Cristera, del espacio que no sabe si ser norte o ser sur, del lector que no sabe diferenciar una mentira de una no verdad. Es la voz de la muerte, porque ningún país que yo haya conocido tiene tanta relación con la muerte como México, y esos dos libros son muerte y vida. La muerte cruel que desangra el país entre masacres de narcos, la muerte alegre de los cementerios la noche del 1 de noviembre, la muerte pobre de los arrabales, la Santa Muerte de las capillas malditas. Nada en México termina de morirse porque como dicen en El Llano en llamas “lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”. Yo ahora sé que es cierto.

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