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En nombre de Dios… y de Satán: la manipulación más rentable de la historia
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Javier Brandoli

Crónicas de tinta y barro

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En nombre de Dios… y de Satán: la manipulación más rentable de la historia

Se puede adorar al demonio, a un palo, a un equipo de fútbol o a un Dios para hacer cosas “satánicas”. En todos los rincones del globo hay quien encuentra cobijo en la conspiración

Foto: Desfile de los 'Diablicos Sucios' en Panamá (Reuters/Carlos Jasso)
Desfile de los 'Diablicos Sucios' en Panamá (Reuters/Carlos Jasso)

“Me puse a investigar y descubrí que es un patrón que se repite: en todo el mundo hay gente que está convencida de que existen sectas satánicas que abusan de niños. Si no se encuentran los muertos es porque los esconden bien. Es gente que está por todas partes y los casos son similares en Estados Unidos, Francia, Italia…”. ¿Y por qué se produce esto? “Los rituales satánicos forman parte de nuestro imaginario. Hace siglos ya se denunciaba que los judíos llevaban niños a hacer rituales en los cementerios. Sin embargo, luego las investigaciones señalan que la mayoría de los casos son mentira o son un grupo de adolescentes haciendo una pintada en la tapia de un cementerio”, me explica el periodista italiano Pablo Trincia, autor del podcast Veleno, macabro y duro suceso del que publicamos un largo reportaje en El Confidencial.

La historia trata sobre unos niños que denunciaron a sus familiares por realizar ritos satánicos y abusar de ellos en un cementerio cercano a Módena y que, según dictó después la Justicia, se inventaron todo. Algunas víctimas dijeron ya adultas que fueron manipuladas por los psicólogos para contar un enloquecido y cruel relato que en un inicio fue aceptado como veraz, pese a estar lleno de sucesos estrambóticos. En el país donde en Turín, considerada una de las tres ciudades satánicas junto a Praga y París, hay hasta rutas turísticas de ese rastro demoniaco —y que tiene de norte a sur presencia de curas exorcistas—, el terreno estaba abonado para creer en estas denuncias.

Hay, en todo caso, una generalizada convicción en la aldea global, desde el inicio de los tiempos, de que existe el bien y el mal como energía o deidad. En el budismo a ese mal se le conoce como Mara, en el zoroastrismo como Ahriman, el hinduismo lo conoce como Iama y los incas lo llamaban Supay. En el judeo-cristianismo es una figura esencial que recibe diversos nombres. En todo caso, en Occidente, fue tras la Edad Media que la idea de Belcebú, Satán, Lucifer… tomó forma hasta convertirla en una amenaza mundana. Miles de personas han muerto en los pasados siglos acusadas de adorar al maligno. ¿Qué puede haber más cruel y despreciable que un niño al que tortura y sacrifica un adulto porque adora al demonio? ¿Qué amenaza hay mayor que la de quien hace el mal porque cree que eso es lo correcto?

“Miles de niños son secuestrados, asesinados…”

Pablo Trincia habla de un fenómeno global, el de creer que hay una red de pedófilos satanistas por el planeta. Un ejemplo fue el llamado 'Pizzagate', historia de 2016 mencionada hace poco aquí en un artículo titulado 'El Imperio de la estupidez'. En ella se narra como un tipo se hizo 600 kilómetros en coche desde Carolina de Norte a las pizzería Comet Pin Pong de Washington, armado con un fúsil, convencido de que allí algunos políticos demócratas abusaban y sacrificaban a menores.

La creencia de una inmensa red de adoradores del mal está en la base de la filosofía QAnon de la extrema derecha estadounidense. Miles de personas en EEUU son hoy capaces de ir a la ciudad de Dallas a esperar la resurrección de J.F.K o estar convencidos de que viven rodeados de pedófilos que veneran al diablo y que, eso sí, pertenecen al Partido Demócrata de EEUU.

Foto: Protestas en Estados Unidos.

En la paranoia absoluta, el satanismo ha sido relacionado con las vacunas del covid-19. Hay un artículo de El País titulado 'Satanás y desinformación: una rentable alianza en tiempos de coronavirus', donde se habla de esta conexión: “Invocar al demonio y a la simbología que lo representa, como el número 666, para denunciar una conspiración oculta que intenta dominar el mundo ha permitido a Fort Russ News, una web prorrusa creada por expertos serbios y alojada en servidores estadounidenses, mejorar en un 400% el tráfico de su página web desde el pasado marzo, en plena pandemia, según ha investigado UE Vs Desinformación”, dice el primer párrafo.

Las teorías conspirativas con el aderezo demoníaco ganan mucho empaque y sirven para explicar la quema de la catedral de Notre Dame en París o que desaparecen cientos de niños por todas partes que son sacrificados en rituales que nadie ha visto. La unión de todas estas creencias tiene, por ejemplo, un nombre: Robert David Steele, un antiguo oficial de la CIA que se convirtió en emblema de las teorías QAnon. “Miles de niños son secuestrados, abusados, asesinados y sacrificados al diablo por razones de poder. Lo dicen las víctimas, los testigos, las pruebas”, declaró en una entrevista este hombre que afirmaba que el Covid era una mentira y acabó muriendo por esa enfermedad en agosto pasado.

Foto: Alex Jones en un momento de su programa. (Infowars.com) Opinión

El “Mi dulce satanás” de Led Zeppelin

El demonio es un fantasma que renace hoy con fuerza, pero el boom contemporáneo de este miedo -viejo como los juicios de las Brujas del Salem- tiene que ver con una canción que desató la fiebre de belcebú.

En 1971, la banda de rock británica Led Zeppelin publicó el tema 'Stairway to Heaven', una de sus piezas más reconocidas. Diez años después, una enorme polémica estalló cuando alguien aseguró que si el disco se escuchaba al revés (¿quién escucha discos al revés?) la canción dice: “Brindo por mi dulce satanás, cuyo estrecho camino me solía poner triste, cuyo poder es de satán. Te dará, te dará, 6, 6, 6…”.

Inmediatamente se desataron todo tipo de teorías conspirativas y los programas de televisión americanos se llenaron de especiales que hablaban de satanistas, sectas, el peligro de sus mensajes subliminales y, por supuesto, pedofilia. De nada sirvió que el propio grupo explicara que todo era absurdo: “¿A quién se le hubiese ocurrido eso? Tienes que tener mucho tiempo libre para siquiera considerar que alguien pueda hacer eso. La sola idea me parece sucia, pero es muy estadounidense, en ningún otro sitio del mundo nadie se lo ha planteado”, dijo su cantante y compositor, Robert Plant.

Foto: El museo del Palazzo Madama en Turín. (EFE)

Daba igual, para entonces miles de personas destrozaban el disco, abominaban de la banda y las televisiones eran un hervidero de programas denunciando que EEUU estaba bajo el peligro de, ni más ni menos, el Demonio. Hay una serie en Netflix, “La mente en pocas palabras”, que en su capítulo dedicado al lavado de cerebro recuerda aquel suceso. En un momento sale una agente policial en los 80 a la que preguntan: “¿Crees que los niños desaparecidos son presa de esa gente? Creo que sí, pero no podemos probarlo”, responde ella.

Policía sudafricana vs el ocultismo

África, especialmente en su parte occidental, está llena de ritos espirituales como el vudú en los que el animismo se ha mezclado tras el periodo colonial con creencias cristianas similares que ponen un rostro a todo ese mal: satán. Al sur, un ejemplo perfecto de este sincretismo fue el grupo policial creado en los últimos años del apartheid por las autoridades supremacistas sudafricanas y que hoy sigue activo: La Unidad de Prácticas Dañinas Ocultas Religiosas.

El inicio de esta unidad tiene que ver con el llamado 'Pánico Satánico' de los EEUU en los 80 del que hablábamos al inicio. Las ultra religiosas autoridades sudafricanas del apartheid prohíben la Biblia Satánica de LaVey (el creador del hoy legal Templo de Satán en EEUU) y la adoración del demonio se convierte en una gran amenaza para el gobierno racista blanco. En 1992, cuando el régimen daba bocanadas, se crea esta unidad bajo el mando del ministro Adriaan Vlok, político cuyo apodo era “el sabueso de Dios”.

Foto: Protesta por el Caso Bibbiano en Italia, "quien calla es cómplice". (EFE/Lami)

Hay un estudio de Nicky Falkof, titulado 'Crecimiento en Sudáfrica del pánico satánico', que explica el ambiente en el que empezó a crecer la idea del satanismo: “A finales de los 80 e inicios de los 90, el apartheid se estaba desmoronando y la Sudáfrica blanca estaba envuelta por un poderoso pánico moral que se escenificaba en revistas y periódicos. Este satanismo giraba en torno a los miedos de una gran conspiración demoníaca que principalmente afectaba a los juventud blanca y amenazaba su salud espiritual y la existencia misma de la Sudáfrica blanca. Violaciones, asesinatos, canibalismo y todo tipo de atrocidades que se practicaban a mujeres vírgenes, animales y bebés eran mencionados como hechos comunes que ocurrían a lo largo del país. Los satanistas, se les explicó a los sudafricanos, fueron identificados como una amenaza del país como lo eran los comunistas”, explica esta profesora en estudios culturales de la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo sobre un fenómeno que calca lo que piensan las teorías QAnon hoy en EE.UU.

Los cinco años que viví en Sudáfrica y el vecino Mozambique escribí varios artículos sobre sangomas (brujas), muti (brebaje) y ritos. Está en la cultura de la gente y es constante la presencia en los medios de asesinatos, ritos animistas, leyendas urbanas y el siempre socorrido satanismo para explicarlo todo: “Es probable que el diablo no esté lanzando un ataque total contra los sudafricanos, pero si lees la prensa sensacionalista, hablas con los lugareños o le preguntas a la policía, todos te dirán: el crimen satánico es un problema creciente”, dice un artículo de Vice titulado 'Sacrificio sobrenatural: Sudáfrica libra la guerra contra el diablo'.

Foto: 'Hail Satan?'.

No es que no existan ritos macabros o no haya satanistas. En Sudáfrica, EEUU y el resto del planeta hay una caterva de miserables o desgraciados incultos capaces de creer y hacer cualquier cosa para cambiar sus terrenales vidas. A veces actúan con violencia y, a veces, son simples misas con disfraces que acaban en orgías sadomaso.

En la frontera entre Mozambique y Sudáfrica estuve en una casa de acogida secreta de las hermanas scalabrinianas donde había decenas de niños rescatados de las mafias que operaban entre ambos países. Uno de esos niños, que me narraron historias espeluznantes, había sido secuestrado para usar partes de su cuerpo en ritos de magia negra (le faltaba un dedo), pero otros habían sido raptados para prostituirles o para usarles como esclavos. No había nada de esotérico detrás de muchos raptos: puro ser humano terrenal en su versión más repugnante.

El problema es cuando se hace un uso interesado de esos eventos, magnificando su importancia y señalando a una ideología, raza o religión para desacreditarlos a todos. Los judíos de hace mil años, los herejes de la Edad Media, los votantes demócratas o toda la población negra sudafricana si es necesario. El diablo con que he tropezado en el mundo, más que una deidad con cuernos que vive en el inframundo era una ser humano malnacido capaz de hacer todo tipo de atrocidades. De hecho, regresando a Sudáfrica, no deja de ser irónico que un sistema político que trataba a toda la población que no era blanca como inferiores y los sometía a todo tipo de abusos y humillaciones, creara un cuerpo policial porque estaba preocupado de que el demonio se hubiera infiltrado entre ellos.

Foto: Reivindicando a Lilith. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

La Santa Muerte

Una cosa extraña que encontré en la brutal delincuencia mexicana y centroamericana es el fervor religioso. “Espero que Dios me perdone”, me contaba entre lágrimas dentro de la cárcel de El Parral, Chihuahua, un preso joven que había matado con un bate de beisbol a otro tipo en la puerta de una iglesia tras machacarle el cráneo.

Quizá por ello los criminales mexicanos han inventado santos y credos propios a los que abocarse. En los cuatro años que viví allí entendí que en las cosas del querer mandan, por este orden, la Virgen de Guadalupe, el chile y cantar, al extendido mal había que darle algo de sagrado. Demasiados muertos detrás, en la orgía de violencia que se vive en el país de gente más cálida que he conocido, como para no poner alguna vela en el cielo y otra en el infierno.

Uno de esos espacios estaba en la calle Doctor Vertiz, cerca del ajetreado centro de Ciudad de México, donde existía una capilla dedicada a la Santa Muerte y a Jesús Malverde. Tras una vidriera, en la calle, estaba la figura del esqueleto de una mujer con un manto azul y verde y una corona de plata en el cráneo, y a su lado la de un hombre con pelo corto, bigote poblado y una camisa blanca de botones dorados con dos pistolas serigrafiadas. Dentro de aquella capilla, que regentaba una señora malhumorada, había un lugar de rezo con estampitas a la venta de ambos. “La Santa Muerte es un culto de narcos y asesinos. Está hecho ad hoc, como no quiero que me maten le pido a la muerte que no me lleve. Malverde es un personaje inventado, que nunca existió, fruto de tres historias distintas. Fueron muy inteligentes al crearlo y darle el rostro del famoso actor Pedro Infante. Es culto de narcos y asesinos también”, me dijo entonces el padre Aguilar, subdirector de radio y televisión del arzobispado de México.

Foto: Un hombre disfrazado con el símbolo Iluminati. (Reuters)

En ese vínculo de transformar la muerte en culto hay una parte interesante del mundo narco mexicano y del poder en general: la mayoría de grandes líderes asesinos de alguna manera se convirtieron en una especie de deidades para sus seguidores. El mito del incomprendido Ángel Caído, que fue expulsado del cielo por tener voz propia, tiene su público.

Nazario Moreno, el Chayo, líder de la Familia Michoacana o Caballeros Templarios fue un narco sanguinario que tras su muerte fue venerado por algunos vecinos en las diversas capillas que mandó construir por ese Michoacán que dominó bajo un régimen de terror. Quizá porque es un narco que murió dos veces: las autoridades le dieron por muerto en un enfrentamiento en 2010 y fue abatido finalmente en 2014. Le apodaban también el loco. Era un hombre profundamente religioso, que escribió una especie de biblia propia que hacía leer a sus sicarios y que, dentro del festival de creencias y rumores que es México, se decía que obligaba a los nuevos reclutas a practicar el canibalismo. Algunos, en Michoacán, lo consideran hoy una especie de santo al que ir a rezar.

Foto: Un creyente musulmán leyendo versos del Corán durante el Ramadán. (EFE) Opinión

Lo mismo ocurre con el llamado Z3, Heriberto Lazcano, uno de los líderes de los sanguinarios Z. Tras declarar su muerte las autoridades, sus sicarios robaron el cuerpo del lugar donde le practicaban la autopsia, lo que ha generado todo tipo de rumores sobre la veracidad de su fallecimiento. Hoy su mausoleo, en la ciudad de Pachuca, es visitado por algunos fieles que creen que hace milagros. Supe en México de una mujer que iba de rodillas hasta allí porque cree que él curó su cáncer.

Cuando Dios pasa a ser Diablo

Se puede adorar al demonio, a un palo, a un equipo de fútbol o a un Dios para hacer cosas “satánicas”. El extremismo religioso es un claro ejemplo de que a veces es más peligroso invocar a Dios que al Diablo. En Damasco, en 2019, me explicaban la diferencia que suponía que tu zona la tomaran bajo control unos u otros barbudos fanáticos. Había niveles entre los que te obligaban a practicar un islamismo férreo y dejarte larga la barba y los que eso mismo lo imponían con torturas y asesinatos a los que no aceptaran sus enloquecidas normas religiosas. “Yo tuve suerte. Los míos no eran tan radicales como los de Daesh o Nusra”, me dijo el sirio Bassam, que vivió años aterrorizado por sus menos duros radicales.

En Uganda, en 2010, nos contaba Jan-Willem, un cooperante holandés, que debieron recomenzar un proyecto de atención médica en zonas rurales a través de sms, en el que habían invertido meses de trabajo y mucho dinero, porque antes de ponerlo en marcha cayeron en que el número al que debían escribir los pacientes era el 666. “Pusimos un número que fuera fácil recordar. La gente nos advirtió que los pobladores no marcarían el número del demonio”.

Foto: Boceto de la estatua satánica que planean erigir en el capitolio de Oklahoma. (Corbis)

El demonio está presente en Uganda, especialmente en la 'Lord Resistence Army' del asesino Joseph Kony, que dice no adorar al Diablo sino a Dios y él se autoproclama como una especie de santo al que sus seguidores rinden culto. Su ejército de niños soldado, que en el entorno del Nilo cerca de El Congo nos contaban sus atrocidades, decía luchar por imponer los Diez Mandamientos. A Kony lo llaman el diablo en el país. El 17 de marzo del 2000, en el suroeste de Uganda, una secta similar al germen de su ideología quemó vivos a alrededor de 700 personas dentro de una iglesia pensando que el mundo iba a acabarse. Ellos, como Kony, se definían como defensores de los mandatos de las Sagradas Escrituras.

Uganda y Siria son dos ejemplos actuales. Occidente está lleno de ejemplos similares ocurridos en siglos pasados. Todos son abusos y asesinatos cometidos por los soldados de un Dios que luchan contra el demonio. Los extremos siempre se tocan. Seguidores de belcebú planificando apoderarse del mundo no se sabe cuántos hay, pero malnacidos sin más creencia que su disfrute hay unos cuantos. En todo caso menos, muchos menos siempre, que los que ni adoran demonios, ni hacen mal a nadie, ni entienden la religión como una trinchera.

Satán no está verificado que exista, salvo actos de fe siempre respetables, pero el miedo sí se ha verificado como una de las armas políticas y sociales más rentables. Señalar endemoniados y agitar el miedo al demonio es una eficaz manipulación. En dar miedo, Satán y todo lo que tiene que ver con el más allá, son insuperables.

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