Feminismos invisibles: amor, burkas, poligamia y Alá

"Lo ideal sería que la sociedad no tuviera poder sobre nuestras entrañas, pero la realidad es ruin. Al menos sé que no soy víctima del patriarcado, estoy bailando sobre él"

Foto: Imagen de archivo de unas mujeres con niqab. (EFE)
Imagen de archivo de unas mujeres con niqab. (EFE)
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"Una época entiende mal a otra, y una época mezquina entiende mal a todas las demás en su propia y fea manera".

Wittgenstein

Somos campo de batalla. Sobre nuestros cuerpos anidan leyes, dioses, culpas y fracasos. Nuestros cuerpos blancos, negros, velados, ateos, creyentes y amantes; hechos pedazos por un sistema brutal que nos quiere limpias y obedientes.

El feminismo es una vasta balsa en la que deberíamos caber todas, no un término arrojadizo, una categoría, un club exclusivo. ¿Qué hay de los feminismos no normativos? ¿Por qué se siguen censurando los mundos cuyo centro no es el nuestro? ¿No era libertad, el feminismo? ¿Por qué despojar a mujeres que no conocemos de toda dignidad cuando no entendemos sus sentires?

Feminismo, hogar de todas.

Feminismo, espacio seguro en el que alzar la voz y sentirse escuchada.

No militancia, no arma política, no complemento estético, no objeto exclusivo de occidente.

Quizá el término se nos esté quedando algo pequeño. Quizá haya que cortarle un poco las costuras, para así caber todas. Necesitamos empatizar; no se puede entender al otro sin despojarnos de toda idea preconcebida. Tenemos que aprender a no apartar la mirada ante la incomprensión. Seguir mirando. Seguir mirando. Y escuchar. Deshacernos de toda doctrina, de toda inclinación, ser mujeres que miran con ternura y valentía, mujeres que ceden espacios, que siguen adelante cuando otras no tienen fuerza, capaces de empoderar las luchas que se libran en otras lenguas, creencias o formas de vida.

No olvidemos que el feminismo es un término poliédrico. No nos olvidemos de las que están lejos. No dejemos que ellas se olviden de nosotras. Miremos.

Hacer del niqab un paraíso

Zeinul abandona la mezquita, como cada viernes, sabiendo que su amor le espera frente a la tienda de alfombras más hermosa de Karachi, Paquistán. Deambularán por decenas de callejuelas, comprarán 'lassi' batido a mano a algún vendedor ambulante y se sentarán en la playa, porque mirar el mar alivia los ojos del caos urbano acumulado durante la semana. Su compañera, Sarah, va cubierta con un niqab negro y guantes. Solo se aprecia su mirada feliz contrastando con la sobriedad de su atuendo. Charlan durante horas, sin que nadie pueda detectar nada extraño en la pareja de enamorados. Cuando llega la noche, se esfuma la recreación mágica de lo que podría ser la vida en común; no volverán a encontrarse hasta el próximo viernes.

Sarah consta como Ahmed en todos sus documentos oficiales. Nació con sexo masculino, pero desde niña su identidad de género fue radicalmente femenina. Pertenece a una familia ultraconservadora en la que tener hijos varones conforma el más alto de los honores, dentro de un país en el que el transgénero solo empieza a respetarse si la persona tiene atributos físicos claros del género con el que se identifica. No es su caso.

Tuvo nombre a los 25 años

A los diez años su padre la sorprendió con una 'dupatta', un pañuelo de seda larguísimo, cubriéndole la cabeza. Le rompió tres costillas, la nariz, le escupió en la frente e impidió que su madre la socorriera: "Que muera antes de que mancille nuestro honor", dijo. Pero no murió. Creció siendo sombra, disciplinada, atrapada en su rol de hombre, siendo el arquetipo perfecto de represión. A los veinticinco conoció a Zeinul en una página de contactos y se enamoraron. Él fue la primera persona en decir su nombre. Él fue el primero en tratarla como mujer, él sanó su identidad magullada.

"Tener sexo con otros hombres es fácil en Karachi. Se hace la vista gorda siempre y cuando se trate de algo esporádico, oculto y no supongas una amenaza al 'status quo'", explica Zeinul. "Sin embargo el amor es revolucionario, nuestro amor se pena incluso con la muerte".

Sarah convierte el burqa, considerado como el símbolo de opresión patriarcal por antonomasia, en hogar: cuando se cubre transforma el orden cultural impuesto cruelmente.

"Si me operara, no podría conservar mi trabajo, tendría que dejar mi comunidad y trabajar de bailarina o prostituta. Es injusto, pero contra el estigma del extremismo islámico no se puede jugar sin perder", explica Sarah. "Si me rebelo, mi cuerpo será encontrado por niños recogedores de basura en algún camino y escupirán sobre él, esa será mi sepultura".

Es el amor lo que les salva, conectando lo divino con lo humano, deshaciendo géneros y límites. Zeinul ha dotado de nuevos significados a su religión: "Cuando me dirijo a Sarah y le digo 'salam aleykum' no estoy repitiendo un saludo manido. Significa: que la paz esté contigo, porque te amo, porque te quiero a salvo y tranquila", explica. "En el Corán hay un verso que dice '¿Quién ha prohibido los adornos que Alá ha producido para sus siervos y las cosas buenas de las que os ha proveído?', Sarah es lo bueno que he encontrado en el mundo. Alá no puede reprender tanto amor".

Sarah utiliza su apariencia de hombre, su realidad masculina del día a día, para proteger y empoderar a las mujeres con las que trabaja. Y lucha fervientemente desde su puesto en el gobierno local para que el sistema y la legislación puedan avanzar y aceptar plenamente los derechos de la comunidad LGBT de Paquistán.

Mientras tanto, hace del niqab su paraíso.

"No soy la única en mi situación", afirma Sarah. "Deberíamos dejar de mirar a las mujeres que se cubren con el burqa con desprecio o rechazo, todas tienen una razón para hacerlo; desde la fe hasta la imposibilidad de vivir en paz sin él. Lo ideal sería que la sociedad no tuviera poder sobre nuestras entrañas, pero la realidad es ruin. Al menos sé que no soy víctima del patriarcado, estoy bailando sobre él".

La segunda mujer

Nura llega al hospital a tiempo, a pesar del tráfico infernal tan característico de Nairobi. No ha conseguido cambiar su guardia y lamenta no poder estar presente durante el parto de la tercera esposa de su marido. Sin embargo, desde que la sombra del coronavirus acecha Kenia, los médicos se han visto desbordados de trabajo y muchos de ellos apenas pisan sus hogares.

La poligamia es legal en Kenia y común especialmente entre la población de origen somalí. En la última década, este tipo de matrimonio se ha visto constantemente cuestionado por grupos feministas, en su mayoría occidentales. "Fuera de nuestra cultura hay poca gente que haya podido conocer desde dentro cómo funciona esta variante de las relaciones", explica Nura.

La literatura refleja a menudo un mundo oscuro y oprimido, pero quizá esa oscuridad tenga más que ver con nuestros miedos e ignorancia que con la realidad. "Siempre se habla de la satisfacción sexual del hombre, como si la poligamia se redujera a eso, pero poco se sabe de la obligación del hombre de satisfacer a sus mujeres, de la importancia del orgasmo femenino", añade. "El Islam no reprime el deseo sexual, como sucede en la religión cristiana; el deseo está para satisfacerlo, pero de forma responsable".

Sororidad entre esposas

Para que el matrimonio sea legítimo, el marido debe ser justo con todas sus esposas. Las mujeres pueden negarse a que el marido tenga una segunda esposa, y el matrimonio se anula si hay señales de que alguna de ellas ha sido forzada a casarse. "El problema surge cuando las mujeres no conocen sus propios derechos y se ven obligadas a contraer matrimonio por presión de sus familiares o su comunidad", explica Nura. "Este tipo de matrimonios han de ser una alianza, no una prisión".

Bilal, la primera esposa, cuida de los niños, les ofrece un espacio seguro, atención, juegos. Es la nodriza, la voz sensata cuando hay conflictos. Nura y Ayaan, segunda y tercera esposa respectivamente, no están supeditadas a su presencia. La suya es una relación de justicia, sororidad y pacto. Son aliadas, son escondrijo las unas de las otras. Si una de ellas se encuentra en una situación de vulnerabilidad frente al marido, las otras dos salen en su defensa. Las tres han acordado proteger el derecho de sus hijas para ser educadas al igual que los hijos. "La ideología patriarcal no se cambia a gritos, se cambia desde dentro", dice Nura. "Aquellos que condenan la poligamia defienden el poliamor, como si el sentimiento amoroso fuera patrimonio de occidente, o de los gobiernos".

Bilal, Nura y Ayaan no dependen del hombre. Dependen de su alianza. Viven un matriarcado camuflado y han hecho del matrimonio un sistema complejo en el que encuentran soporte, descanso, satisfacción y apoyo. "El mundo es patriarcal, los hombres siguen manejando los hilos, tanto en los matrimonios monógamos como en los polígamos. Dejemos de culpar a las mujeres. Nosotras solo luchamos. Nosotras solo construimos fuertes", declara Nura.

El feminismo es resistencia, creatividad, cambio. Bilal, Nura y Ayaan son feministas que subyacen. Feministas rompiendo esquemas. Aunque no hagan ruido. Aunque a simple vista parezcan hijas del patriarcado.

La cotidianidad del feminismo

También es feminista la vecina que llama a la puerta y pregunta si todo está bien, en cualquier parte del mundo. La mujer que decide quedarse en casa y cuidar de sus hijos. La que decide no tenerlos. La que se pone el hiyab y la que se lo quita. Las mujeres ignoradas, que no hacen ruido mientras cuidan a otras o se cuidan a sí mismas. Feminismo es saberse válida, y luchar porque las demás conozcan su valía. Feminismo incluso en los lugares en los que el término no existe. Feminismo porque la lucha es inherente a nuestro ser. Sigamos mirándonos. Hermana, yo te miro. Hermana, yo te veo.

El velo invisible
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