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#Ramadán como hashtag: el silencio de los que no pueden permitirse no celebrar
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María Ferreira

El velo invisible

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#Ramadán como hashtag: el silencio de los que no pueden permitirse no celebrar

Solo hay dos versiones del islam en el mercado mediático: el de los bárbaros talibanes y el de las jóvenes que posan con velos de seda y juran que Mahoma fue el primer feminista

Foto: Último viernes de Ramadán en Jerusalén. (EFE/Alaa Badarneh)
Último viernes de Ramadán en Jerusalén. (EFE/Alaa Badarneh)

“Cada Ramadán el mundo se acuerda de todos los musulmanes que ayunan por voluntad propia, y se olvida de aquellos que lo hacen por miedo u obligación”, afirma Basma, activista exmusulmana. “No, no tengo que irme a países de mayoría islámica. Pasa en Europa. Ocurre en Madrid sin ir más lejos”.

El Ramadán, mes sagrado para los musulmanes, llega a su fin. Así lo anuncian los miles de usuarios que han compartido durante este mes instantes de su ayuno en diferentes plataformas.

Internet, transformador de mundos, ha tenido una influencia brutal en la evolución de la narrativa islámica en los últimos años. Las redes sociales se llenan de tutoriales con instrucciones de cómo colocarse el velo, las tiendas online ofrecen calendarios de Ramadán que imitan a los de Adviento o lunas crecientes que sustituyen a los árboles de navidad, e imanes de todo el mundo comparten sus oraciones y recitaciones en sus perfiles compitiendo por quién consigue más 'likes'.

Foto: Una familia rompe el ayuno del Ramadán en Pakistán. (Reuters)

El islam, vapuleado, denostado e ignorado en Europa durante años, reivindica su presencia de la mano de miles de jóvenes musulmanes que buscan, orgullosos, poner un punto y final a la islamofobia, al racismo y a la violencia institucional. Hacen uso de la supuesta democratización de los espacios para reapropiarse de las identidades que les fueron usurpadas o utilizadas como insultos, y vengar los colonialismos ideológicos y lingüísticos. Proliferan las denuncias de años de discriminación en las escuelas y en instituciones oficiales por el simple hecho de llevar velo o llamarse Mohamed y negarse a comer cerdo en el comedor.

Las redes sirven a la justicia; son una ventana desde la que gritar realidades que a la sociedad nunca le ha interesado escuchar. Moros, negros y musulmanes se hacen con los territorios que les han sido negados. Cuando Pelayo, racista a rabiar, se levanta por las mañanas y abre Instagram, hay muchas posibilidades de que se encuentre en su ‘feed’ con algún video de una mujer velada y empoderada que le recuerda que los musulmanes de sucios no tienen nada, que se lavan cinco veces al día antes de rezar, que para sucios los europeos que siguen limpiándose el culo solo con papel higiénico.

Foto: Foto: Reuters

Era necesaria la visibilidad. Es justa. El Corán afirma que “no hay compulsión en el islam” (2:256), pero el ser humano tiene una atracción irresistible por los extremos. Nos cuesta hallar el equilibrio en la religión, en la política, o en la cantidad de helado que nos servimos. A estas alturas, sería una barbaridad negar que la islamofobia es real -las mezquitas son atacadas y se siguen asaltando a chicas que caminan por las calles para despojarlas de su velo-, pero tampoco podemos ignorar que, en el nombre del islam, se están cometiendo verdaderas aberraciones.

Se ha pasado de demonizar el islam a elevarlo a la categoría de intocable. Ha habido un esfuerzo para limpiar su halo extremista y conservador y volver al origen: a esa religión que surgió como movimiento progresista y antisistema y que trató de romper con tradiciones cuya esencia residía en el abuso sistemático hacia ciertos colectivos de la sociedad de la época. Es un esfuerzo honorable, sin lugar a dudas; el problema surge cuando la intención revolucionaria y la obsesión por resaltar las bondades del Islam impiden toda posibilidad de crítica.

Foto: Varios fieles rezando en Marruecos. (EFE)

Muchos musulmanes entienden que cuestionar su religión es un signo de islamofobia. Uno no puede formarse una idea crítica del Profeta (que la paz y las bendiciones de Alá sean con él) sin ser literalmente insultado. “Hablar mal del islam agrava la islamofobia”, dicen. ¿Es entonces justificable que no se puedan verbalizar las experiencias negativas relacionadas con la religión? Cuando alguien acusa a todos los musulmanes de ser terroristas, el daño a la comunidad es obvio. Sin embargo, asumir que el islam es una religión de paz es otro tipo de ignorancia, idealista, pero también destructiva.

“Yo era la musulmana perfecta de cara a la sociedad”, relata Basma. “Nadie podía imaginarse que llevaba el hiyab para evitar que mi familia me mandara de vuelta a Algeria, nadie podía imaginarse que en realidad era atea. El día que cumplí dieciocho años me quité el velo y mis padres me echaron de casa. Esto sucedió en Madrid hace siete años y en este tiempo no he dejado de conocer casos de jóvenes que han perdido familia y amigos por dejar de creer en Alá. Cuando leo las noticias de chicas a las que les prohíben entrar en sus colegios por llevar el hiyab me parece una barbaridad, pero me encantaría que todas esas mujeres que salen en su defensa salieran también en la nuestra, en la de las mujeres que nos quitamos el velo. Pero en vez de eso nos enfrentamos al silencio y al rechazo.”

"El día que cumplí dieciocho años me quité el velo y mis padres me echaron de casa. Esto sucedió en Madrid hace siete años"

Los apologistas del islam defienden la perfección de la religión y culpan al ser humano o a las culturas de sus distorsiones y faltas. Cierto es que la sociedad tiende a deformar las ideas primigenias para adaptarlas a sus propios intereses, por lo tanto, la interpretación del Islam se debate entre su existencia como religión opresora en un extremo y religión cool, pacifista y feminista en el opuesto. ¿Dónde está el término medio? No existe: se lo tragó papá capitalismo. El equilibrio no vende. Solo hay dos versiones del islam en el mercado mediático: el de los talibanes y el de las jóvenes que posan con velos de seda y juran que Mahoma fue el primer feminista.

Porque el islam, como todo en esta vida, baila al son de los mercados. La defensa feroz de este islam estético por parte de Occidente hunde sus raíces en los mercados de consumo y en los movimientos políticos. Unos aprovechan las posibilidades de marketing que ofrece el mundo islámico y lanzan productos destinados a los jóvenes que se sienten atraídos por el islam-hashtag, el islam de las redes sociales que se mezcla con tendencias exóticas y orientalistas. Y, por otra parte, ciertos partidos aprovechan ese renacer revolucionario del islam para afianzar sus posiciones. Hablan de derechos humanos y de religión, pero la realidad es que el complejo sistema de mercado permite que las políticas bienintencionadas estén al servicio de ideologías que apoyan los conflictos contra los que juran luchar.

En la defensa contra la islamofobia hemos olvidado que hoy en día existen miles de musulmanes que han decidido no creer y que tienen que seguir rezando, ayunando y en el caso de las mujeres llevando el velo, para no perder la libertad, su vida (en los países con leyes más extremas) o simplemente no perder a su familia. Tendemos a caer en el error de asumir que toda benevolencia es noble y que toda crítica nace del odio. A veces la defensa férrea e inflexible de una ideología inherentemente buena, la convierte en herramienta de manipulación. El buenismo ignorante es tan dañino como la maldad, e incluso más, ya que supone una gran dificultad cuestionar o juzgar aquellas acciones que surgen de la buena intención. Al defender la incuestionabilidad del Islam, con la intención de protegerlo de la islamofobia, estamos condenando a muchas personas.

“Mi padre me pegó por cuestionar los actos del Profeta".

“Mi madre lloró un mes entero porque quise quitarme el hiyab".

“Nunca se me ocurriría decirle a mis padres que no ayuno, me echarían de casa".

La comunidad musulmana silencia esos perfiles, los denuncia o simplemente pasan a la siguiente foto en la que alguien comparte su viaje a la Meca. No todo es positivo en los mundos de internet; la experiencia espiritual se confunde con productos de consumo. Los conceptos de paraíso, justicia, oración, se convierten en consignas capitalistas con las que captar jóvenes adictos al consumo. No son solo los mercados quienes se benefician, también los grupos radicales han sabido apropiarse de los términos sagrados en su versión 2.0 y se frotan las manos ante las conversiones en masa de jóvenes que responden a patrones estéticos.

"Seguimos pensando que los jóvenes que acaban sirviendo a algún grupo islamista son desviados o agresivos" -dice Hamed, imán saudí en Europa- "cuando en realidad obedecen a promesas de justicia, equilibrio, orden y últimamente al sentido de pertenencia a una comunidad que ofrece valores alejados de lo que ellos perciben como una sociedad fea y mediocre".

Foto: Un hombre se manifiesta contra la prohibición en Francia del 'burkini'. (Reuters)

No hace mucho, una española conversa compartía un ‘directo’ en Instagram en el que se mostraba cerrando los ojos mientras escuchaba el Corán. Un Imán de voz impecable recitaba en árabe el siguiente verso: "A quienes no crean en nuestros signos les arrojaremos a un Fuego. Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos, para que gusten el castigo. Alá es poderoso, sabio". (Corán, 4:56) La chica sonreía y decía: “La paz que me transmiten estas palabras es inexplicable”. Lo verdaderamente inexplicable y terrorífico era la veneración ciega, la admiración a un mensaje cuyo idioma no estaba entendiendo, la ostentación de la ignorancia.

“Recibo muchas chicas que quieren convertirse al Islam”, cuenta el Imán Hamed. “La mayoría tienen prisa por ponerse el velo. A veces me preocupa que estén adoptando el Islam como una moda, y no como una fe profunda con la que comprometerse. ¿Cuántas jóvenes llevarían el velo si no fuera tendencia? ¿Cuántas jóvenes llevarían el velo si no pudieran colgar sus fotos en las redes sociales?”.

No hay duda de que una mujer es libre de convertirse al Islam y de decidir ponerse un velo. Pero esa libertad no puede invisibilizar el hecho de que aún haya muchas mujeres que no tienen la oportunidad de quitárselo.

Foto: Niños juegan con armas de juguete en la celebración de ruptura del ayuno tras el ramadán en Peshawar, Pakistán. (EFE) Opinión

Si la base del islam es la justicia, habría que empezar por reconocer a las víctimas de la religión. Respetar el islam, reivindicar su espacio en la sociedad, no consiste en ignorar sus problemas. Cualquier religión ha de ser susceptible de ser criticada; de otra manera, bajo su nombre se cometerán incontables abusos.

Este Ramadán llega a su fin; muchos esperan disfrutar el Eid al Fitr (la fiesta del fin de ayuno) junto a sus amigos y a sus familias. Será un día feliz para unos. Para otros será un día de alivio, porque ya no tendrán que fingir que ayunan o que rezan hasta altas horas de la noche. Eid Mubarak a aquellos que celebran. Deseos de visibilidad y justicia a aquellos que no tienen nada que celebrar. Que la existencia y el reconocimiento de unos no supongan la condena de los otros.

“Cada Ramadán el mundo se acuerda de todos los musulmanes que ayunan por voluntad propia, y se olvida de aquellos que lo hacen por miedo u obligación”, afirma Basma, activista exmusulmana. “No, no tengo que irme a países de mayoría islámica. Pasa en Europa. Ocurre en Madrid sin ir más lejos”.

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