El país que practica la medida más extrema contra la despoblación: prohibirla

Desde tiempos de Mao, China ha intentado de todo para reconducir la tendencia demográfica que aglomera la población en enormes hormigueros y deshabita el resto del territorio

Foto: Demolición de una guardería utilizada por inmigrantes rurales en el distrito de Changping, en Pekín (China). (EFE)
Demolición de una guardería utilizada por inmigrantes rurales en el distrito de Changping, en Pekín (China). (EFE)

Se ha hecho fuerte la idea de la ‘España vacía’, pero hay pocos fenómenos más globales que el de la despoblación de las regiones que se quedan desenganchadas de la economía global y la consecuente proliferación de hormigueros urbanos que ya trascienden el concepto de ciudad, como el Delta del Río Perla (China), el Distrito Federal (México) o las propias áreas metropolitanas de Londres, París o Madrid. "No hay realmente modelos internacionales de éxito para combatir [la tendencia]", subrayaba el otro día el catedrático Pedro Requés, "a pesar de que el crecimiento de las grandes áreas metropolitanas está generando muchos problemas sociales: precio de la vivienda, pérdida de calidad de vida, estrés, congestión del transporte…", añadía.

Por todo el mundo se están probando recetas para contrarrestar la tendencia. Una de las más extremas es la puesta en marcha hace más de 60 años por el Partido Comunista Chino, que ha intentado controlar los flujos migratorios internos utilizando todo lo que tenía a su alcance: abriendo y cerrando espitas industriales, burocráticas y logísticas; consagrando a la causa el urbanismo y las infraestructuras, e incluso poniendo barreras a quienes deciden emigrar a las grandes ciudades, donde vive la élite del país asiático. Con tal de repartir sus 1.400 millones de habitantes —muy concentrados en las costas—, han proyectado de la nada ciudades como Xiongan, cerca de Pekín, que espera alojar tres veces más gente que Nueva York. Y se han llegado a prohibir muchas migraciones internas, práctica que se sigue manteniendo aunque con mecanismos menos estrictos que los utilizados en las épocas duras del maoísmo.

Es muy difícil valorar cuánto de efectivo ha resultado el dique. Y aunque ha sido cuestionado en los últimos años, varias grandes metrópolis, como la propia Pekín, han endurecido últimamente las cosas para los llamados 'mingong' -inmigrantes rurales-. Incluso, persiguiéndolos con operaciones policiales, demoliciones y agresivos planes urbanísticos para finiquitar los negocios y trabajos con los que subsisten, así como las redes comunitarias que sustituyen al aparato estatal: guarderías, escuelas, clínicas, asociaciones... constriudas en los márgenes de la legalidad.

Aunque el fenómeno, en China, casi nunca se aborda desde la óptica de los territorios que pierden población, sino desde los que soportan el peso demográfico de la aglomeración. Quizá porque en las grandes ciudades viven quienes escriben, analizan y legislan al respecto. Quizá porque es más apremiante evitar ahogarse que evitar vaciarse. O quizá porque allí hay un exceso de población... mal repartida, mientras que en España hay un déficit de población... mal repartida.

Sea como sea, los inmigrantes rurales siguen llegando en masa a ciudades como Pekín, Shanghái, Chongqing o el propio Río Perla. Hablamos con el sinólogo Xulio Ríos para entender mejor el fenómeno.

PREGUNTA. Quizá la medida más importante para frenar las migraciones internas es el llamado 'hukou', una suerte de permiso de residencia que necesitan los chinos para cambiar de residencia, para irse a vivir y trabajar a otro lugar de su propio país. ¿Cómo funciona y cuáles son las perspectivas de reforma?

RESPUESTA. Es una tarjeta de residencia permanente que provee el acceso a los servicios básicos. Sin ella, estás fuera del sistema. El 'hukou' fue introducido en 1958, en pleno maoísmo, y fue concebido como un instrumento para controlar los movimientos de población. En los últimos años, se habla mucho de su reforma y hasta de su supresión. El 1 de marzo de 2010, un editorial publicado conjuntamente por 13 periódicos reclamaba en China la supresión del 'hukou'. Un hecho tan inédito como significativo. Pero aunque todos admiten que se trata de un dilema moral, sus implicaciones políticas y económicas desaconsejan un cambio brusco. Existe voluntad de integración de los inmigrantes rurales, en parte porque es indispensable para promover la urbanización y el consumo, activos del nuevo modelo de desarrollo, pero lo ingente de esta transformación influye en su ralentización.

P. En ciudades como Pekín, últimamente están cerrando a la fuerza muchos de los pequeños comercios informales de inmigrantes rurales, persiguiendo el modo de vida que han desarrollado al margen de la ley. ¿Está funcionando?

R. Las dinámicas de expulsión han permitido un mayor control de la población residente, pero no han supuesto una solución efectiva. A 50 km de la capital, uno puede encontrarse a muchos de estos colectivos sobreviviendo en precarias condiciones. Otros buscan su lugar en otras provincias. No falta quien pronostica su vuelta en la medida en que su presencia resolvía eficientemente problemas cotidianos que ahora se resisten. Oficialmente, al cierre de 2018, la población migrante en Beijing era de 7,65 millones de personas, con un descenso del 3,74% interanual. Dicha estadística cayó un 1,84% en 2016 y un 1,63% en 2017, según el informe publicado por el Instituto de Administración de Beijing y la Editorial Académica de Ciencias Sociales.

P. ¿Y cómo ha evolucionado el éxodo rural chino en los últimos años?

R. Según el Instituto Nacional de Estadísticas de China, a finales de 2016, los inmigrantes rurales sumaban 288 millones, es decir, aumentaron en 4,2 millones respecto al año anterior, representando el 36% de la mano de obra china. Aunque numerosos análisis apuntaban a una importante reducción, lo cierto es que esta no se ha producido.

P. ¿Las grandes migraciones internas chinas ponen en riesgo la estabilidad del país?

R. Los 'mingong' han sido los principales artesanos del desarrollo acelerado de las ciudades de la costa este. Las primeras generaciones celebraban su cambio de estatus, por cuanto, a pesar de su dureza, las nuevas condiciones de vida suponían una mejora. Las nuevas generaciones son más exigentes y quieren acceder a mayores cotas de bienestar, para lo cual es indispensable no solo el aumento de los salarios sino el acceso a los servicios. En esa perspectiva, un freno a la integración puede provocar conflictos. Por el momento, no es el caso, ya que el ritmo de urbanización sigue avanzando. La tasa de urbanización era del 53,7% en 2015 y en 2020 puede superar el 60%.

El enfoque de la gestión de las migraciones es inseparable de la reforma económica e industrial en curso y de la modernización del tejido urbano y de las conexiones interurbanas. Esa urbanización aspira a impedir la consolidación de los cinturones de miseria en las periferias de las ciudades, y en ese sentido la reforma del 'hukou' vía su reducción paulatina trata de evitar ese escenario. Por otra parte, la reforma del 'hukou' es un rompecabezas político, por cuanto en él confluyen muchas variables nada fáciles de gestionar. La financiación adecuada de la urbanización y de las obligaciones sociales añadidas es un reto enorme para unos gobiernos locales por lo general muy endeudados.

P. Los problemas de las megalópolis europeas palidecen en comparación con los de China. El millón de personas que viven en el subsuelo de Pekín, la mayoría en búnkeres adaptados y sacados al mercado inmobiliario... O la red de guarderías, escuelas y clínicas médicas 'ilegales' de la economía informal, para dar servicio a quienes no tienen 'hukou', son problemas que vistos desde Europa parecen increíbles.

R. Es otra escala, sin duda. A eso habría que añadir el de los 60 millones de hijos de migrantes que se quedan en su lugar de origen cuando sus padres se marchan a trabajar a la gran ciudad, tantas veces víctimas de desatención y abusos. Tampoco debemos pasar por alto las resistencias de los residentes urbanos a una regularización rápida que pueda afectar a la calidad de su acceso a los servicios básicos. Todo ello advierte de la complejidad del problema y de la necesidad de implementar soluciones progresivas.

P. ¿Hay alguna alternativa a las políticas drásticas que aplica China para sostener la demografía de un país tan enorme y tan complejo?

R. La superación del terrible foso que dificulta la integración de la población flotante en las ciudades chinas es inevitable, pero debe ser progresiva. Según un estudio de la Academia China de Ciencias Sociales, la inserción urbana de un solo inmigrante tiene un costo de 7.000 euros. Esto da una idea de la magnitud del desafío. Más de 160 ciudades chinas superan el millón de habitantes. La capacidad en materia de vivienda y de infraestructuras y servicios de todo tipo (educación, sanidad, transportes, calefacción, suministro de agua, etc.) no dispone de la holgura necesaria para encajar de golpe una migración de tal amplitud. Ahora bien, no habrá modernización justa sin la integración y, a la postre, la supresión del 'hukou'.

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